Juan

Capítulo 12

VIII. JESÚS, ACLAMADO REY MESIÁNICO (12,1-50)

María unge al Señor (12,1-11)

1Jesús, seis días antes de la Pascua, marchó a Betania, donde estaba Lázaro, al que Jesús había resucitado de entre los muertos.

2Allí le prepararon una cena. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él.

3María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se llenó de la fragancia del perfume.

4Dijo Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que le iba a entregar:

5—-¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?

6Pero esto lo dijo no porque él se preocupara de los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella.

7Entonces dijo Jesús: —Dejadle que lo emplee para el día de mi sepultura,

8porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis.

9Una gran multitud de judíos se enteró de que estaba allí, y fueron no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.

10Y los príncipes de los sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro,

11porque muchos, por su causa, se apartaban de los judíos y creían en Jesús. (Mt 21,1-11; Mc 11,1-11; Lc 19,28-40)

Entrada triunfal en Jerusalén (12,12-19)

12Al día siguiente las muchedumbres que iban a la fiesta, oyendo que Jesús se acercaba a Jerusalén,

13tomaron ramos de palmas, salieron a su encuentro y se pusieron a gritar: —¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel!

14Jesús encontró un borriquillo y se montó sobre él, conforme a lo que está escrito:

15No temas, hija de Sión. Mira a tu rey que llega montado en un borrico de asn a.

16Al principio sus discípulos no comprendieron esto, pero cuando Jesús fue glorificado, entonces recordaron que estas cosas estaban escritas acerca de él, y que fueron precisamente éstas las que le hicieron.

17La gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro y le resucitó de entre los muertos, daba testimonio.

18Por eso las muchedumbres le salieron al encuentro, porque oyeron que Jesús había hecho este signo.

19Entonces los fariseos se dijeron unos a otros: —Ya veis que no adelantáis nada; mirad cómo todo el mundo se ha ido tras él.

Jesús anuncia su glorificación (12,20-36)

20Entre los que subieron a adorar a Dios en la fiesta había algunos griegos.

21Así que éstos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y comenzaron a rogarle: —Señor, queremos ver a Jesús.

22Vino Felipe y se lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús.

23Jesús les contestó: —Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre.

24En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto.

25El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna.

26Si alguien me sirve, que me siga, y donde yo estoy allí estará también mi servidor. Si alguien me sirve, el Padre le honrará.

27»Ahora mi alma está turbada; y ¿qué voy a decir?: «¿Padre, líbrame de esta hora?» ¡Pero si para esto he venido a esta hora!

28¡Padre, glorifica tu nombre! Entonces vino una voz del cielo: —Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré.

29La multitud que estaba presente y la oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: —Le ha hablado un ángel.

30Jesús respondió: —Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros.

31Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera.

32Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.

33Decía esto señalando de qué muerte iba a morir.

34La multitud le replicó: —Nosotros hemos oído en la Ley que el Cristo permanece para siempre; entonces, ¿cómo dices tú: «Es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre»? ¿Quién es este «Hijo del Hombre»?

35Jesús les dijo: —Todavía estará un poco de tiempo la luz entra vosotros. Caminad mientras tenéis la luz, para que las tinieblas no os sorprendan; porque el que camina en tinieblas no sabe adónde va.

36Mientras tenéis la luz, creed en la luz para que seáis hijos de la luz. Jesús les dijo estas cosas, y se marchó y se ocultó de ellos.

Incredulidad de los judíos (12,37-50)

37Aunque había hecho Jesús tantos signos delante de ellos, no creían en él,

38de modo que se cumplieran las palabras que dijo el profeta Isaías: Señor, ¿quién ha creído nuestro mensaje? y el brazo del Señor, ¿a quién ha sido revelado?

39Por eso no podían creer, porque también dijo Isaías:

40Les ha cegado los ojos y les ha endurecido el corazón de modo que no vean con los ojos ni entiendan con el corazón ni se conviertan, y yo los san e.

41Isaías dijo esto cuando vio su gloria y habló sobre él.

42Sin embargo, creyeron en él incluso muchos de los judíos principales, pero no le confesaban a causa de los fariseos, para no ser expulsados de la sinagoga,

43porque amaron más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.

44Jesús clamó y dijo: —El que cree en mí, no cree en mí, sino en Aquel que me ha enviado;

45y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado.

46Yo soy la luz que ha venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas.

47Y si alguien escucha mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo.

48Quien me desprecia y no recibe mis palabras tiene quien le juzgue: la palabra que he hablado, ésa le juzgará en el último día.

49Porque yo no he hablado por mí mismo, sino que el Padre que me envió, Él me ha ordenado lo que tengo que decir y hablar.

SEGUNDA PARTE MANIFESTACIÓN DE JESÚS COMO EL MESÍAS, HIJO DE DIOS, EN SU PASIÓN,

50Y sé que su mandato es vida eterna; por tanto, lo que yo hablo, según me lo ha dicho el Padre, así lo hablo.

Notas de la Facultad de Teología (6)

1,19-12,50Juan presenta a Jesús que se manifiesta progresivamente mediante sus milagros –signos de su divinidad– y mediante sus palabras, en las que se declara Mesías, Hijo de Dios e igual al Padre. Todo esto se desarrolla en un crescendo dramático hasta llegar a la «hora» de Jesús, que culmina en su muerte y resurrección, objeto de la segunda parte del evangelio. Teniendo cuenta estos contenidos, la primera parte del Evangelio de Juan ha sido llamada con razón «el libro de los signos».

12,1-50Con esta sección acaba la primera parte del evangelio, centrada en la revelación que Jesús hace de Sí mismo mediante sus palabras y los signos (milagros) que realiza. La unción en Betania y la posterior entrada triunfal en Jerusalén anuncian la muerte redentora de Cristo y la glorificación de Jesús Resucitado. El mismo Señor anuncia que ha llegado la hora de su glorificación por la muerte en la cruz y la resurrección (vv. 23-33). Tras la última invitación de Jesús a que crean en Él, muchos creyeron, pero otros prefirieron la gloria de los hombres (v. 42).

12,1-11La unción en Betania, inmediatamente antes de la Pascua, anticipa el embalsamamiento que Cristo había de recibir en su sepultura. Esta escena, narrada también por Mateo y Marcos, tiene aquí un carácter más personal. Se indican el nombre de quien unge a Jesús, María (v. 3), y de quien murmura contra ella, Judas (v 4). La presencia de lázaro, recientemente resucitado, y la referencia a la sepultura de Jesucristo (v. 7) también sugieren que Jesús va a morir para dar la vida a todos los hombres. La Tradición de la Iglesia ha visto en el gesto de la hermana de Lázaro una muestra de la generosidad con que se debe corresponder al amor de Cristo por la humanidad. «¡Qué prueba tan clara de magnanimidad el derroche de María! (...). No seáis mezquinos ni tacaños con quien tan generosamente se ha excedido con nosotros, hasta entregarse totalmente, sin tasa» (S. Josemaría Escrivá, Hom. 2. 126).

12,12-19La entrada triunfal en Jerusalén es anticipo de la glorificación de Jesús en la resurrección. Cuando la muchedumbre proclama «Bendito el que viene en nombre del Señor» (Sal 118,26) está aclamando a Jesús como el Mesías. La frase «el Rey de Israel», que no recogen los otros evangelios, subraya un aspecto relevante en San Juan: la condición real de Cristo; el Mesías es el rey por antonomasia, pero de un Reino que no es de este mundo (cfr 18,36). El gesto de Jesús de entrar en Jerusalén montado en un asno tenía un significado preciso: Él era el rey de paz anunciado por los profetas (cfr Za 9,9). Sólo después de su muerte en la cruz y de su resurrección los discípulos entendieron el verdadero significado de aquel signo. Así lo atestigua el mismo evangelista (v. 16). Cristo adquiere su reinado por la humildad y por la cruz.

12,20-36Los «griegos» que desean ver a Jesús representan al mundo gentil. Tal hecho motiva el anuncio acerca de su próxima glorificación, y la explicación del carácter universal de su misión: Jesús es como una semilla que perece y que, por lo mismo, lleva abundante fruto (v. 24). Él atrae a todos hacia sí (v. 32). Ante la inminencia de la «hora» de Jesús, Juan presenta la oración del Señor (vv. 27-28) con unos tonos que recuerdan la de Getsemaní relatada por los otros evangelios. Jesús se turba y se dirige filialmente al Padre para fortalecerse y ser fiel a su misión. La «gloria» indica la santidad y el poder de Dios. La voz del Padre, que evoca las manifestaciones divinas del bautismo de Cristo (cfr Mt 3,13-17 y par.) y de la Transfiguración (Mt 17,1-13 y par.), es una ratificación solemne de que en Jesucristo habita la plenitud de la divinidad (Col 2,9). En la cruz, el mundo y el príncipe de este mundo (Satanás) serán juzgados (vv. 31-33). Jesús, clavado en la cruz, es el supremo signo de contradicción para todos los hombres: quienes le reconocen como Hijo de Dios se salvan; quienes le rechazan se condenan (cfr 3,14-18). Por eso, es tarea del cristiano manifestar la fuerza salvadora de la cruz. «La Cruz hay que insertarla también en las entrañas del mundo. Jesús quiere ser levantado en alto, ahí: en el ruido de las fábricas y de los talleres, en el silencio de las bibliotecas, en el fragor de las calles, en la quietud de los campos, en la intimidad de las familias, en las asambleas, en los estadios... Allí donde un cristiano gaste su vida honradamente, debe poner con su amor la Cruz de Cristo, que atrae a Sí todas las cosas» (S. Josemaría Escrivá, V. Cruc. 11,3). La revelación de Jesús suscita en sus oyentes una pregunta acerca del Mesías (v. 34). Aunque Jesús no da una explicación clara y directa, insinúa que su presencia entre ellos es luz suficiente para que vayan entreviendo el misterio y crean en Él.

12,37-50San Juan explica el motivo de la incredulidad de muchos judíos, a pesar de haber sido testigos de los milagros y de las palabras de Jesucristo. Cita dos profecías de Isaías. De la primera (Is 53,1) se deduce que la fe es un don de Dios «un acto por el que el hombre presta a Dios mismo obediencia libre, consintiendo y cooperando con su gracia, a la que podría resistir» (C. Vat. I, Dei Filius 3). Con la segunda profecía (Is 6,9-10), a la que aluden también otros libros del Nuevo Testamento, se explica que la incredulidad de los judíos, posible escándalo para los de las primeras generaciones de cristianos, ya estaba prevista y anunciada. En contraste con el ciego de nacimiento que, curado por Jesús no se había retraído de confesarlo públicamente a pesar del rechazo de las autoridades judías (cfr 9,35-41), ahora aparece la cobardía (vv. 42-43) de quienes, por las dificultades que comporta, no se atreven a confesar su fe en Jesús. En estas palabras se contiene un reproche permanente a quienes por respetos humanos prefieren la gloria propia a la gloria de Dios. El evangelio termina la predicación pública de Jesús con una recopilación de los temas fundamentales desarrollados en capítulos anteriores: necesidad de la fe en Cristo (v. 44); unidad y distinción entre el Padre y el Hijo (v. 45); Jesús como Luz y Vida del mundo (vv. 46.50); juicio de los hombres según su aceptación o repulsa del Hijo de Dios (vv. 47-49).

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Juan 12 — Parroquia Jesús Obrero