Juan

Capítulo 20

XI. APARICIONES DE JESÚS RESUCITADO (20,1-21,25)

El sepulcro vacío (20,1-10)

1El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro.

2Entonces echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo: —Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.

3Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro.

4Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro.

5Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró.

6Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados,

7y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio.

8Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó.

9No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos.

10Y los discípulos se marcharon de nuevo a casa. (Mt 28,1-10; Mc 16,9-11)

Aparición a María Magdalena (20,11-18)

11María estaba fuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro,

12y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús.

13Ellos dijeron: —Mujer, ¿por qué lloras? —Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto –les respondió.

14Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús.

15Le dijo Jesús: —Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: —Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.

16Jesús le dijo: —¡María! Ella, volviéndose, exclamó en hebreo: ¡Rabbuni! –que quiere decir: «Maestro».

17Jesús le dijo: —Suéltame, que aún no he subido a mi Padre; pero vete donde están mis hermanos y diles: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».

18Fue María Magdalena y anunció a los discípulos: —¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas. (Mt 28,16-20; Mc 16,14-18; Lc 24,36-49)

Jesús se aparece a los discípulos (20,19-31)

19Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: —La paz esté con vosotros.

20Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron.

21Les repitió: —La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo.

22Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo;

23a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.

24Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.

25Los otros discípulos le dijeron: —¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: —Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.

26A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: —La paz esté con vosotros.

27Después le dijo a Tomás: —Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.

28Respondió Tomás y le dijo: —¡Señor mío y Dios mío!

29Jesús contestó: —Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.

30Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro.

31Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Notas de la Facultad de Teología (5)

13,1-21,25Se pueden distinguir tres secciones en razón del tema que trata cada una: Última Cena y discursos de adiós; pasión y muerte; y resurrección del Señor. En las tres volvemos a encontrar la manifestación y revelación de Cristo, y las distintas reacciones de fe o de incredulidad ante Él. Esta segunda parte del evangelio suele denominarse «libro de la Gloria».

20,1-21,25La última sección del evangelio completa la manifestación gloriosa de Jesús como Mesías e Hijo de Dios, que Juan ha narrado para fortalecer la fe de los creyentes. Incluye las apariciones del Señor resucitado a los apóstoles haciéndoles comprender el sentido de las escrituras a la luz de sus palabras y de sus obras (20,8-9), y la donación del Espíritu con el poder de perdonar los pecados (20,22-23). El relato de la pesca milagrosa en el lago de Tiberíades (21,1-14) prefigura ya la multitud de pueblos que el apostolado de la Iglesia ganará para Cristo. En esta dimensión eclesiológica se inserta el resto del cap. 21, que narra la entrega del primado de la Iglesia a San Pedro (21,15-19). El evangelio concluye ratificando la veracidad del testimonio del evangelista que ha visto y oído las cosas narradas (21,24-25).

20,1-10Los cuatro evangelios relatan los testimonios de las santas mujeres y de los discípulos acerca de la resurrección gloriosa de Cristo. Tales testimonios se refieren a dos realidades: el sepulcro vacío y las apariciones de Jesús Resucitado. San Juan destaca que, aunque fue María Magdalena la primera en ir al sepulcro, son los Apóstoles los primeros en entrar y percibir los detalles externos que mostraban que Cristo había resucitado (el sepulcro vacío, los lienzos caídos, el sudario aparte...). El discípulo amado constata la ausencia del cuerpo de Jesús. El estado del sepulcro, especialmente de los lienzos «plegados» (literalmente, «yacentes», «aplanados», «caídos») revelaba que lo sucedido no había podido ser obra humana, y que Jesús no había podido volver a una vida terrena como Lázaro. Por eso anota que «vio» y «creyó» (v. 8).

20,11-18El evangelio enseña que Jesús se manifiesta a quienes le buscan de verdad. María es modelo de los que buscan a Jesús. En esta escena Jesús aparece como el Buen Pastor que «llama a sus propias ovejas por su nombre» (10,3): «María», y ellas «conocen su voz» (10,4): «Rabbuni». María, a su vez, debe dar testimonio de la resurrección y trasmitir a los demás que ha visto al Señor. Mientras, Él, cuyo cuerpo humano glorioso es ya inaprensible, debe volver al Padre. Por otra parte, los Apóstoles no son «siervos» sino «hermanos» (v. 17): tras la muerte y resurrección gloriosa de Jesús los que creemos en Él recibimos el don de la filiación divina (cfr 1,12) por el que somos constituidos en hijos de Dios y hermanos de Cristo.

20,19-31La aparición de Jesús glorioso a los discípulos y la efusión del Espíritu Santo sobre ellos viene a equivaler, en el Evangelio de Juan, a la Pentecostés en el libro de los Hechos, de Lucas. La misión que el Señor da a los Apóstoles (vv. 22-23), similar a la del final del Evangelio de Mateo (Mt 28,18ss.), manifiesta el origen divino de la misión de la Iglesia y su poder para perdonar los pecados. «El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: «Recibid el Espíritu Santo...» Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo» (C. de Trento, De Paenit. 1). En la nueva aparición ocho días más tarde (vv. 24-29) destaca la figura de Tomás. Así como María Magdalena era modelo de los que buscan Jesús, Tomás llega a ser la figura de los que dudan de Él, tanto de su divinidad como de su humanidad, pero luego se convierten sin reservas. El Resucitado es el mismo que el crucificado. El Señor manifiesta nuevamente que la fe en Él ha de apoyarse en el testimonio de quienes le han visto. Los vv. 30-31 constituyen el primer epílogo o conclusión del evangelio. Exponen la finalidad que perseguía Juan al escribir su obra: que los hombres creamos que Jesús es el Mesías, el Cristo anunciado en el Antiguo Testamento por los profetas, y el Hijo de Dios, y que esa fe nos lleve a participar ya aquí de la vida eterna.

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Juan 20 — Parroquia Jesús Obrero