Juan

Capítulo 19

Flagelación y coronación de espinas (19,1-3)

1Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran.

2Y los soldados le pusieron en la cabeza una corona de espinas que habían trenzado y lo vistieron con un manto de púrpura.

3Y se acercaban a él y le decían: —Salve, Rey de los judíos. Y le daban bofetadas. (Mt 27,15-26; Mc 15,6-15; Lc 23,13-25)

Pilato entrega a Jesús (19,4-16)

4Pilato salió otra vez fuera y les dijo: —Mirad, os lo voy a sacar para que sepáis que no encuentro en él culpa alguna.

5Entonces Jesús salió fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: —Aquí tenéis al hombre.

6Cuando le vieron los príncipes de los sacerdotes y los servidores, gritaron: —¡Crucifícalo, crucifícalo! Pilato les respondió: —Tomadlo vosotros y crucificadlo porque yo no encuentro culpa en él.

7Los judíos contestaron: —Nosotros tenemos una Ley, y según la Ley debe morir porque se ha hecho Hijo de Dios.

8Cuando oyó Pilato estas palabras tuvo más miedo.

9Y volvió a entrar en el pretorio y le dijo a Jesús: —¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le dio respuesta alguna.

10Pilato le dijo: —¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo potestad para soltarte y potestad para crucificarte?

11Jesús respondió: —No tendrías potestad alguna sobre mí, si no se te hubiera dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado.

12Desde entonces Pilato buscaba cómo soltarlo. Pero los judíos gritaban diciendo: —¡Si sueltas a ése no eres amigo del César! ¡Todo el que se hace rey va contra el César!

13Pilato, al oír estas palabras, condujo fuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Litóstrotos, en hebreo Gabbatá.

14Era la Parasceve de la Pascua, más o menos la hora sexta, y les dijo a los judíos: —Aquí está vuestro Rey.

15Pero ellos gritaron: —¡Fuera, fuera, crucifícalo! Pilato les dijo: —¿A vuestro Rey voy a crucificar? —No tenemos más rey que el César –respondieron los príncipes de los sacerdotes.

16Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Y se llevaron a Jesús. (Mt 27,32-56; Mc 15,21-41; Lc 23,26-49)

Crucifixión y muerte de Jesús (19,17-30)

17Y cargando con la cruz, salió hacia el lugar que se llama la Calavera, en hebreo Gólgota.

18Allí le crucificaron con otros dos, uno a cada lado de Jesús.

19Pilato mandó escribir el título y lo hizo poner sobre la cruz. Estaba escrito: «Jesús Nazareno, el Rey de los judíos».

20Muchos de los judíos leyeron este título, pues el lugar, donde Jesús fue crucificado se hallaba cerca de la ciudad. Y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego.

21Los príncipes de los sacerdotes de los judíos decían a Pilato: —No escribas: «El Rey de los judíos», sino que él dijo: «Yo soy Rey de los judíos».

22—Lo que he escrito, escrito está –contestó Pilato.

23Los soldados, después de crucificar a Jesús, recogieron sus ropas e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y además la túnica. La túnica no tenía costuras, estaba toda ella tejida de arriba abajo.

24Se dijeron entonces entre sí: —No la rompamos. Mejor, la echamos a suertes a ver a quién le toca –para que se cumpliera la Escritura cuando dice: Se repartieron mis ropas y echaron suertes sobre mi túnic a. Y los soldados así lo hicieron.

25Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena.

26Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre: —Mujer, aquí tienes a tu hijo.

27Después le dice al discípulo: —Aquí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa.

28Después de esto, como Jesús sabía que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: —Tengo sed.

29Había por allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca.

30Jesús, cuando probó el vinagre, dijo: —Todo está consumado. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. (Mt 27,57-66; Mc 15,42-47; Lc 23,50-56)

Lanzada y sepultura de Jesús (19,31-42)

31Como era la Parasceve, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, los judíos rogaron a Pilato que les rompieran las piernas y los retirasen.

32Vinieron los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que había sido crucificado con él.

33Pero cuando llegaron a Jesús, al verle ya muerto, no le quebraron las piernas,

34sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza. Y al instante brotó sangre y agua.

35El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad para que también vosotros creáis.

36Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: No le quebrantarán ni un hues o.

37Y también otro pasaje de la Escritura dice: Mirarán al que traspasaro n.

38Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque a escondidas por temor a los judíos, le rogó a Pilato que le dejara retirar el cuerpo de Jesús. Y Pilato se lo permitió. Así que fue y retiró su cuerpo.

39Nicodemo, el que había ido antes a Jesús de noche, fue también llevando una mixtura de mirra y áloe, de unas cien libras.

40Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, con los aromas, como es costumbre dar sepultura entre los judíos.

41En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no había sido colocado nadie.

42Como era la Parasceve de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús. (Mt 28,1-10; Mc 16,1-8; Lc 24,1-12)

Notas de la Facultad de Teología (6)

13,1-21,25Se pueden distinguir tres secciones en razón del tema que trata cada una: Última Cena y discursos de adiós; pasión y muerte; y resurrección del Señor. En las tres volvemos a encontrar la manifestación y revelación de Cristo, y las distintas reacciones de fe o de incredulidad ante Él. Esta segunda parte del evangelio suele denominarse «libro de la Gloria».

18,1-19,42El evangelio de Juan presenta la pasión y muerte de Jesús como una glorificación. Con numerosos detalles destaca que en la pasión se realiza la suprema manifestación de Jesús como el Mesías Rey. Así cuando dice «yo soy», los que van a prenderle retroceden y caen por tierra (18,5-8); ante Pilato se declara Rey (18,33-37; cfr 19,2-3.19-22) y, en todo momento, con actitud de serena majestad, manifiesta su pleno conocimiento y dominio de los acontecimientos (18,4; 19,28) en los que se cumple la Voluntad del Padre (18,11; 19,30). La Pasión es, por otra parte, la hora en que culmina el odio de sus adversarios y del mundo hacia Jesús; la hora del poder de las tinieblas que alcanza incluso a sus discípulos pues le abandonan o le niegan (18, 25-27). Pero al pie de la cruz se da también la suprema confesión de fe en Él; la fe de la Santísima Virgen, a la que el Señor entrega como Madre de los hombres representados en el discípulo amado (19,25-27). Cristo es el nuevo Cordero Pascual que con su muerte redentora quita el pecado del mundo (19,31; cfr 1,29); junto con la sangre, del costado del Señor brota agua, símbolo del Bautismo y del Espíritu Santo prometido (cfr 7,37-39).

19,1-3Con este episodio, situado en el centro de la narración, se pone de relieve la realeza de Cristo, aunque aquellos soldados le aclamen como Rey de los judíos sólo de modo sarcástico. En Cristo revestido con las insignias reales se vislumbra, bajo aquella trágica parodia, la grandeza del Rey de Reyes. La imagen de Cristo maltratado se convierte así en fuente de oración y desagravio para el cristiano. «Donde hay amor hay dolor. Pues, ¿cómo dice que tiene amor de Cristo quien no tiene compasión de Cristo, viéndolo en esta figura?» (Fray Luis de Granada, Libr. de la or. 1,2,4).

19,4-16Pilato reconoce la inocencia de Jesús. Éste no era un revolucionario político, como querían presentarlo sus acusadores. Ya que el procurador no quería juzgar sobre asuntos religiosos, las autoridades judías conducen la acusación al terreno político, aunque para ello deban traicionar su conciencia reconociendo al César como su verdadero rey. La majestad de Cristo queda de nuevo subrayada por la respuesta de Jesús a Pilato sobre el origen divino de la autoridad (vv. 8-11). El evangelista hace notar que condenaron a Jesús a la hora sexta, como si quisiera resaltar que Jesús era el nuevo Cordero Pascual, pues a esa hora en las casas se sustituía todo pan fermentado por el pan ácimo y en el Templo se sacrificaba oficialmente el cordero.

19,17-30La escena de la crucifixión es como una recapitulación condensada de la vida y doctrina de Jesús. La universalidad de la realeza de Cristo queda simbolizada por el «título» escrito en varios idiomas (vv. 19-20). La túnica que los soldados no rasgan (v. 24) simboliza la unidad de la Iglesia y recuerda la oración sacerdotal de Jesús. La presencia de la Santísima Virgen y del discípulo amado (vv. 25-27), junto con la sangre y el agua que brota del costado de Cristo (v. 34), recuerda las bodas de Caná, a la vez que simboliza a la Iglesia y a los creyentes que se incorporan a Ella por el Bautismo y la Eucaristía. La sed de Jesús (v. 28) trae a la memoria la imagen de la samaritana y las palabras de Cristo durante la fiesta de los Tabernáculos, y muestra su deseo de salvar a todas las almas. Las palabras con las que entrega su Espíritu (v. 30) manifiestan que Él muere realmente; insinúan también que entrega el Espíritu Santo, prometido en tantos momentos de su vida pública. Además entrega también a su Madre, como Madre de los discípulos, representados en el discípulo amado. Las palabras de Jesús a su Madre y al discípulo revelan el amor filial de Jesús a la Santísima Virgen. Al declarar a María como Madre del discípulo amado, la introduce de un modo nuevo en la obra salvífica, que, en ese momento, queda culminada. Jesús establece así la maternidad espiritual de María. «Entregándonos filialmente a María, el cristiano, como el Apóstol Juan, «acoge entre sus cosas propias» a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su «yo» humano y cristiano». (Juan Pablo II, Redemp. Mat. 45).

19,31-42En la víspera de la Pascua se inmolaban oficialmente en el Templo los corderos pascuales a los que, según la Ley, no se podía romper ningún hueso (cfr Ex 12,46). La referencia a la Parasceve y el hecho de que no le quebraran las piernas subraya que Cristo es el verdadero Cordero pascual que quita el pecado del mundo. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, de todos los sacramentos, y de la misma Iglesia. «Allí se abría la puerta de la vida, de donde manaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la vida que es verdadera vida (...). Este segundo Adán se durmió en la cruz para que de allí le fuese formada una esposa que salió del costado del que dormía. ¡Oh muerte que da vida a los muertos! ¿Qué cosa más pura que esta Sangre? ¿Qué herida más saludable que ésta?» (S. Agustín, In loann. Ev. 120,2). Termina el relato de la pasión con la cita de Za 12,10. Juan evoca con este texto profético (v. 37) la salvación realizada por Jesucristo que, clavado en la cruz, ha cumplido la promesa divina de redención. Todo aquel que le mire con fe recibe los frutos de su pasión; así se ve en la valentía de quienes antes pudieron tener miedo de confesar a Jesús, como José de Arimatea y Nicodemo.

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Juan 19 — Parroquia Jesús Obrero