Juan

Capítulo 5

III. JESÚS MANIFIESTA SU DIVINIDAD (5,1-47)

Curación del paralítico (5,1-18)

1Después de esto se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.

2Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina, llamada en hebreo Betzata, que tiene cinco pórticos,

3bajo los que yacía una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. (

5Estaba allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años.

6Jesús, al verlo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: —¿Quieres curarte?

7El enfermo le contestó: —Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo.

8Le dijo Jesús: —Levántate, toma tu camilla y ponte a andar.

9Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Aquel día era sábado.

10Entonces le dijeron los judíos al que había sido curado: —Es sábado y no te es lícito llevar la camilla.

11Él les respondió: —El que me ha curado es el que me dijo: «Toma tu camilla y anda».

12Le interrogaron: —¿Quién es el hombre que te dijo: «Toma tu camilla y anda»?

13El que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada.

14Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: —Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor.

15Se marchó aquel hombre y les dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado.

16Por eso perseguían los judíos a Jesús, porque había hecho esto un sábado.

17Jesús les replicó: —Mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo.

18Por esto los judíos con más ahínco intentaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

El poder del Hijo de Dios (5,19-47)

19Respondió Jesús y les dijo: —En verdad, en verdad os digo que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; pues lo que Él hace, eso lo hace del mismo modo el Hijo.

20Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él hace, y le mostrará obras mayores que éstas para que vosotros os maravilléis.

21Pues así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida a quienes quiere.

22El Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha dado al Hijo,

23para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que le ha enviado.

24»En verdad, en verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna, y no viene a juicio sino que de la muerte pasa a la vida.

25En verdad, en verdad os digo que llega la hora, y es ésta, en la que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán,

26pues como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo tener vida en sí mismo.

27Y le dio la potestad de juzgar, ya que es el Hijo del Hombre.

28No os maravilléis de esto, porque viene la hora en la que todos los que están en los sepulcros oirán su voz;

29y los que hicieron el bien saldrán para la resurrección de la vida; y los que practicaron el mal, para la resurrección del juicio.

30Yo no puedo hacer nada por mi mismo: según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad sino la voluntad del que me envió.

31»Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería verdadero.

32Otro es el que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí.

33Vosotros habéis enviado mensajeros a Juan y él ha dado testimonio de la verdad.

34Pero yo no recibo el testimonio de hombre, sino que os digo esto para que os salvéis.

35Aquél era la antorcha que ardía y alumbraba, y vosotros quisisteis alegraros por un momento con su luz.

36Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan, pues las obras que me ha dado mi Padre para que las lleve a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio acerca de mí, de que el Padre me ha enviado.

37Y el Padre que me ha enviado, Él mismo ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz ni habéis visto su rostro;

38ni permanece su palabra en vosotros, porque no creéis en éste a quien Él envió.

39Examinad las Escrituras, ya que vosotros pensáis tener en ellas la vida eterna: ellas son las que dan testimonio de mí.

40Y no queréis venir a mí para tener vida.

41»Yo no busco recibir gloria de los hombres;

42pero os conozco y sé que no hay amor de Dios en vosotros.

43Yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibís; si otro viniera en nombre propio, a ése lo recibiríais.

44¿Cómo podéis creer vosotros, que recibís gloria unos de otros, y no queréis la gloria que procede del único Dios?

45No penséis que yo os acusaré ante el Padre; hay quien os acusa: Moisés, en quien vosotros tenéis puesta la esperanza.

46En efecto, si creyeseis a Moisés, tal vez me creeríais a mí, pues él escribió sobre mí.

47Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras? (Mt 14,13-21; Mc 6,30-44; Lc 9,10-17)

5,4 no lo traen los manuscritos más antiguos y esta edición lo deja en blanco.

Notas de la Facultad de Teología (4)

1,19-12,50Juan presenta a Jesús que se manifiesta progresivamente mediante sus milagros –signos de su divinidad– y mediante sus palabras, en las que se declara Mesías, Hijo de Dios e igual al Padre. Todo esto se desarrolla en un crescendo dramático hasta llegar a la «hora» de Jesús, que culmina en su muerte y resurrección, objeto de la segunda parte del evangelio. Teniendo cuenta estos contenidos, la primera parte del Evangelio de Juan ha sido llamada con razón «el libro de los signos».

5,1-47Esta sección contiene la curación de un paralítico en la piscina de Betzata, o probática («de las Ovejas»), y un discurso de Jesús, en el que, por ser el Hijo, revela que actúa en unión con el Padre. Todo ello sucede en «una fiesta de los judíos» (v. 1), que podría ser la Pascua o bien la fiesta de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua. Juan enseña aquí abiertamente la condición divina de Jesús, manifestada tanto en el milagro como en el discurso. Da cuenta al mismo tiempo de cómo se suscita el odio abierto de algunos judíos que traman su muerte desde el momento en que se presenta como el Hijo de Dios (v. 18).

5,1-18En la curación del paralítico Jesús ejerce un poder exclusivo de Dios. Por ello puede estar por encima del sábado y liberar a los hombres del pecado. El diálogo de Jesús en el Templo con el hombre que había quedado curado enseña la exigencia de no caer en pecado tras haber recibido la gracia de la fe en Cristo. La Ley de Moisés señalaba el sábado como el día de descanso semanal. De esta forma los judíos pensaban imitar la manera de obrar de Dios en la Creación. Sin embargo, Jesús enseña que Dios no deja de actuar después de la Creación. Por eso, al curar al paralítico en sábado y afirmar que su Padre trabaja siempre y que Él también trabaja (v. 17), Jesús está revelando de manera implícita su naturaleza divina. Manifiesta en este día santo la acción salvífica de Dios que es amor misericordioso hacia los hombres. La Neovulgata omite los vv. 3b-4 de la Vulgata, consignándolos a pie de página, porque faltan en importantes códices y papiros griegos, y en muchas versiones antiguas. Dicen así: «Que aguardaban el movimiento del agua. Pues un ángel del Señor descendía de vez en cuando a la piscina y movía el agua. El primero que se metiera en la piscina después del movimiento del agua quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese».

5,19-47Este largo discurso de defensa trata algunos de los temas preferidos por el evangelista: Cristo revela al Padre y recibe de Éste el poder de dar verdadera Vida. Jesús habla de la igualdad y al mismo tiempo de la distinción entre el Padre y el Hijo (vv. 19-30). Los dos son iguales: todo el poder del Hijo es el poder del Padre, las obras del Hijo son las obras del Padre. Al mismo tiempo son distintos. Cuando Jesucristo realiza obras que son propias de Dios testifica con ellas su condición divina (cfr v. 36). El signo, el milagro por excelencia de Jesús es su propia resurrección, causa y primicia de la nuestra (cfr 1 Co 15.20ss.). Por ello ha recibido del Padre el poder de juzgar. «Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. «Adquirió» este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado «todo juicio al Hijo» (Jn 5,22). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor» (CCE 679). En la segunda parte del discurso (vv. 31-40), Jesús ante la posible objeción de los judíos de que el testimonio de una persona en su propia causa no es suficiente (cfr Dt 19,15), enseña que sus palabras están avaladas por cuatro testimonios: el de Juan Bautista (cfr 1,34), el de los milagros, el del Padre (cfr 1,31-34; 12,28-30), y el de las escrituras. Finalmente (vv. 41-47), Jesús echa en cara a sus oyentes tres impedimentos que tienen para reconocerle como el Mesías e Hijo de Dios: la falta de amor a Dios, la búsqueda de la gloria humana y la interpretación interesada de los textos sagrados. Para reconocer quién es de verdad Cristo, se necesitan mejores disposiciones: «Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. —Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios... —Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!» (S. Josemaría Escrivá, Camino 212).

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Juan 5 — Parroquia Jesús Obrero