Juan

Capítulo 9

Curación del ciego de nacimiento (9,1-23)

1Y al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

2Y le preguntaron sus discípulos: –Rabbí, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?

3Respondió Jesús: —Ni pecó éste ni sus padres, sino que eso ha ocurrido para que las obras de Dios se manifiesten en él.

4Es necesario que nosotros hagamos las obras del que me ha enviado mientras es de día, porque llega la noche cuando nadie puede trabajar.

5Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo.

6Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, lo aplicó en sus ojos

7y le dijo: —Anda, lávate en la piscina de Siloé –que significa: «Enviado». Entonces fue, se lavó y volvió con vista.

8Los vecinos y los que le habían visto antes, cuando era mendigo, decían: —¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna?

9Unos decían: —Sí, es él. Otros en cambio: —De ningún modo, sino que se le parece. Él decía: —Soy yo.

10Y le preguntaban: —¿Cómo se te abrieron los ojos?

11Él respondió: —Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: «Vete a Siloé y lávate». Así que fui, me lavé y comencé a ver.

12Le dijeron: —¿Dónde está ése? Él respondió: —No lo sé.

13Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego.

14El día en que Jesús hizo el lodo y le abrió los ojos era sábado.

15Y los fariseos empezaron otra vez a preguntarle cómo había comenzado a ver. Él les respondió: —Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo.

16Entonces algunos de los fariseos decían: —Ese hombre no es de Dios, porque no guarda el sábado. Pero otros decían: —¿Cómo es que un hombre pecador puede hacer semejantes prodigios? Y había división entre ellos.

17Le dijeron, pues, otra vez al ciego: —¿Tú qué dices de él, puesto que te ha abierto los ojos? —Que es un profeta –respondió.

18No creyeron los judíos que aquel hombre habiendo sido ciego hubiera llegado a ver, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista,

19y les preguntaron: —¿Es éste vuestro hijo que decís que nació ciego? ¿Entonces cómo es que ahora ve?

20Respondieron sus padres: —Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego.

21Lo que no sabemos es cómo es que ahora ve. Tampoco sabemos quién le abrió los ojos. Preguntádselo a él, que edad tiene. Él podrá decir de sí mismo.

22Sus padres dijeron esto porque tenían miedo de los judíos, pues ya habían acordado que si alguien confesaba que él era el Cristo fuese expulsado de la sinagoga.

23Por eso sus padres dijeron: «Edad tiene, preguntádselo a él». veo.

Ceguera de los judíos (9,24-41)

24Y llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: —Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.

25Él les contestó: —Yo no sé si es un pecador. Sólo sé una cosa: que yo era ciego y que ahora

26Entonces le dijeron: —¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?

27—Ya os lo dije y no lo escuchasteis –les respondió–. ¿Por qué lo queréis oír de nuevo? ¿Es que también vosotros queréis haceros discípulos suyos?

28Ellos le insultaron y dijeron: —Discípulo suyo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés.

29Sabemos que Dios habló a Moisés, pero ése no sabemos de dónde es.

30Aquel hombre les respondió: —Esto es precisamente lo asombroso: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto los ojos.

31Sabemos que Dios no escucha a los pecadores. En cambio, si uno honra a Dios y hace su voluntad, a ése le escucha.

32Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.

33Si éste no fuera de Dios no hubiese podido hacer nada.

34Ellos le replicaron: —Has nacido en pecado y ¿nos vas a enseñar tú a nosotros? Y le echaron fuera.

35Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo: —¿Crees tú en el Hijo del Hombre?

36—¿Y quién es, Señor, para que crea en él? –respondió.

37Le dijo Jesús: —Si lo has visto: el que está hablando contigo, ése es.

38Y él exclamó: —Creo, Señor –y se postró ante él.

39Dijo Jesús: —Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos,

40Algunos de los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: —¿Es que nosotros también somos ciegos?

41Les dijo Jesús: —Si fuerais ciegos no tendríais pecado, pero ahora decís: «Nosotros vemos»; por eso vuestro pecado permanece.

Notas de la Facultad de Teología (4)

1,19-12,50Juan presenta a Jesús que se manifiesta progresivamente mediante sus milagros –signos de su divinidad– y mediante sus palabras, en las que se declara Mesías, Hijo de Dios e igual al Padre. Todo esto se desarrolla en un crescendo dramático hasta llegar a la «hora» de Jesús, que culmina en su muerte y resurrección, objeto de la segunda parte del evangelio. Teniendo cuenta estos contenidos, la primera parte del Evangelio de Juan ha sido llamada con razón «el libro de los signos».

7,1-10,21La quinta sección del evangelio comprende casi cuatro capítulos. En ellos se recoge la actividad de Jesús en Jerusalén durante la celebración de la fiesta de los Tabernáculos, cuando sube de nuevo a la Ciudad Santa. En contraste con el significado que esa fiesta tenía para los judíos, Jesús es presentado como el Mesías que instaura un nuevo orden salvífico centrado en la gracia, superior al que existía entre los israelitas centrado en la Ley (cfr 1,17). Se reafirma que Jesús ha sido enviado por el Padre y se habla del envío del Espíritu Santo (cap. 7). Jesús es Juez que perdona a la mujer adúltera (cap. 8), y Luz del mundo que devuelve la vista al ciego de nacimiento, pero que condena, en cambio, a los que no quieren ver (cap. 9). Él es la Puerta por la que se entra a la Vida Eterna y el Buen Pastor que da su vida por todos los hombres (10,1-21).

9,1-23Este milagro demuestra que Jesús es la luz del mundo, ratificando la afirmación del Prólogo: «Era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo» (1,9). Jesús no sólo da la luz a los ojos del ciego, sino que le ilumina interiormente llevándole a un acto de fe en su divinidad (9,38). A la vez el relato deja patente el drama profundo de quienes se obcecan en su ceguera. Jesús corrige las opiniones en boga que atribuían la enfermedad, y las desgracias en general, a los pecados personales o a las faltas de los padres. Al mismo tiempo muestra, mediante la curación del ciego, que Él ha venido a quitar el pecado del mundo, causa en último término de todas las desgracias que aquejan a la humanidad. Juan se apoya en el sentido amplio de la etimología de Siloé, para revelar a Jesús como el «Enviado» del Padre, con gestos y palabras que evocan el milagro de Naamán, el general sirio curado de su lepra por el profeta Eliseo (cfr 2 R 5,1 ss.), Jesús exige la fe en él. «¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! (...) ¿Qué poder encerraba el agua, para que al humedecer los ojos fueran curados? Hubiera sido más apropiado un misterioso colirio, una preciosa medicina preparada en el laboratorio de un sabio alquimista. Pero aquel hombre cree; pone por obra el mandato de Dios, y vuelve con los ojos llenos de claridad (S. Josemaría Escrivá, Hom. 2. 193). En el episodio aparecen las diversas posturas que los hombres toman ante Jesús y sus milagros. Los de corazón sencillo, como el ciego, creen en Jesús como enviado, profeta (v. 17; cfr 9,33) e Hijo de Dios (cfr 9,38). Los que se encierran voluntariamente en sí mismos y pretenden no tener necesidad de salvación, como estos fariseos, se obstinan en no querer ver ni creer, incluso ante la evidencia de los hechos. La Tradición de la Iglesia ha visto simbolizado en este milagro el sacramento del Bautismo, en el cual, por medio del agua, el alma queda limpia y recibe la luz de la fe. «Este ciego representa a la raza humana. (...) Si la ceguera es la infidelidad, la iluminación es la fe. (...) Lava sus ojos en el estanque cuyo nombre significa «el Enviado»: fue bautizado en Cristo» (S. Agustín, In loann. Ev. 44,1-2).

9,24-41El diálogo del recién curado con las autoridades judías manifiesta que quien acepta a Cristo cumple la voluntad de Dios. La expresión «dar gloria a Dios» (v. 24) era una solemne declaración, a modo de juramento, con la que se exhortaba a decir la verdad. La expulsión del ciego por confesar a Cristo es también una exhortación a mantenerse fieles aun cuando ser cristiano lleve consigo ser rechazado por otros. La actitud del que había sido ciego culmina, como en el diálogo de Jesús con la samaritana, en la confesión de la condición divina de Jesús. Para los que se resisten a creer, en cambio, Jesucristo será causa de perdición. Él no ha sido enviado para condenar al mundo, sino para salvarlo (cfr 3,17); pero su presencia entre nosotros comporta ya un juicio, porque cada hombre ha de tomar frente a Él una de estas dos actitudes: de aceptación o de rechazo.

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Juan 9 — Parroquia Jesús Obrero