Capítulo 8
La mujer adúltera (8,1-11)
1Jesús marchó al Monte de los Olivos.
2Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles.
3Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.
4Maestro –le dijeron–, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
5Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices?
6—se lo decían tentándole, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra.
7Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: —El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero.
8Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra.
9Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio.
10Jesús se incorporó y le dijo: —Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?
11—Ninguno, Señor –respondió ella. Le dijo Jesús: —Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más.
Jesucristo, Luz del mundo (8,12-20)
12De nuevo les dijo Jesús: —Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
13Le dijeron entonces los fariseos: —Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero.
14Jesús les respondió: sé de dónde vengo y adónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy.
15Vosotros juzgáis según la carne, yo no juzgo a nadie;
16y si yo juzgo, mi juicio es verdadero porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me ha enviado.
17En vuestra Ley está escrito que el testimonio de dos personas es verdadero.
18Yo soy el que da testimonio de sí mismo, y el Padre, que me ha enviado, también da testimonio de mí.
19Entonces le decían: —¿Dónde está tu Padre? —Ni me conocéis a mí ni a mi Padre –respondió Jesús–; si me conocierais a mí conoceríais también a mi Padre.
20Estas palabras las dijo Jesús en el gazofilacio, enseñando en el Templo; y nadie le prendió porque aún no había llegado su hora.
Jesús reprende la incredulidad de los judíos (8,21-59)
21Jesús les dijo de nuevo: —Yo me voy y me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado; adonde yo voy vosotros no podéis venir.
22Los judíos decían: —¿Es que se va a matar y por eso dice: «Adonde yo voy vosotros no podéis venir»?
23Y les decía: —Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo.
24Os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados.
25Entonces le decían: —¿Tú quién eres? Jesús les respondió: —Ante todo, lo que os estoy diciendo.
26Tengo muchas cosas que hablar y juzgar de vosotros, pero el que me ha enviado es veraz, y yo, lo que le he oído, eso hablo al mundo.
27Ellos no entendieron que les hablaba del Padre.
28Les dijo por eso Jesús: —Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que como el Padre me enseñó así hablo.
29Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada.
30Al decir estas cosas, muchos creyeron en él.
31Decía Jesús a los judíos que habían creído en él: —Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad discípulos míos,
32conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.
33Le respondieron: —Somos linaje de Abrahán y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo es que tú dices: «Os haréis libres»?
34Jesús les respondió: —En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado, esclavo es del pecado.
35El esclavo no se queda en casa para siempre; mientras que el hijo se queda para siempre;
36Luego si el Hijo os da libertad, seréis verdaderamente libres. — Torres Amat (1823)
37Yo sé que sois hijos de Abrahán; pero también sé que tratáis de matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros. — Torres Amat (1823)
38»Yo hablo lo que vi en mi Padre, y vosotros hacéis lo que oísteis a vuestro padre.
39Le respondieron: —Nuestro padre es Abrahán. —Si fueseis hijos de Abrahán –les dijo Jesús– haríais las obras de Abrahán.
40Pero ahora queréis matarme, a mí, que os he dicho la verdad que oí de Dios; Abrahán no hizo esto.
41Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Le respondieron: —Nosotros no hemos nacido de fornicación, tenemos un solo padre, que es Dios.
42—Si Dios fuese vuestro padre, me amaríais –les dijo Jesús–; pues yo he salido de Dios y he venido aquí. Yo no he salido de mí mismo sino que Él me ha enviado.
43¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis oír mi palabra.
44Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis cumplir las apetencias de vuestro padre; él era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla la mentira, de lo suyo habla, porque es mentiroso y el padre de la mentira.
45Sin embargo, a mí, que digo la verdad, no me creéis.
46¿Quién de vosotros podrá acusarme de que he pecado? Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis?
47El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios.
48Los judíos le respondieron: —¿No tenemos razón cuando decimos que tú eres samaritano y estás endemoniado?
49Jesús respondió: —Yo no estoy endemoniado, sino que honro a mi Padre; y vosotros me deshonráis a mí.
50Yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga.
51En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi palabra jamás verá la muerte.
52Los judíos le dijeron: —Ahora sabemos que estás endemoniado. Abrahán murió y también los profetas, y tú dices: «Si alguno guarda mi palabra, jamás experimentará la muerte».
53¿Es que tú eres más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes tú?
54Jesús respondió: —Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada vale. Mi Padre es el que me glorifica, el que decís que es vuestro Dios,
55y no le conocéis; yo, sin embargo, le conozco. Y si dijera que no le conozco mentiría como vosotros, pero le conozco y guardo su palabra.
56Abrahán, vuestro padre, se llenó de alegría porque iba a ver mi día; lo vio y se alegró.
57Los judíos le dijeron: —¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abrahán?
58Jesús les dijo: —En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán naciese, yo soy.
59Entonces recogieron piedras para tirárselas; pero Jesús se escondió y salió del Templo.
8,36 no llegó en el archivo de esta edición y se repone desde Torres Amat (1823). 8,37 no llegó en el archivo de esta edición y se repone desde Torres Amat (1823).
Notas de la Facultad de Teología (5)
1,19-12,50Juan presenta a Jesús que se manifiesta progresivamente mediante sus milagros –signos de su divinidad– y mediante sus palabras, en las que se declara Mesías, Hijo de Dios e igual al Padre. Todo esto se desarrolla en un crescendo dramático hasta llegar a la «hora» de Jesús, que culmina en su muerte y resurrección, objeto de la segunda parte del evangelio. Teniendo cuenta estos contenidos, la primera parte del Evangelio de Juan ha sido llamada con razón «el libro de los signos».
7,1-10,21La quinta sección del evangelio comprende casi cuatro capítulos. En ellos se recoge la actividad de Jesús en Jerusalén durante la celebración de la fiesta de los Tabernáculos, cuando sube de nuevo a la Ciudad Santa. En contraste con el significado que esa fiesta tenía para los judíos, Jesús es presentado como el Mesías que instaura un nuevo orden salvífico centrado en la gracia, superior al que existía entre los israelitas centrado en la Ley (cfr 1,17). Se reafirma que Jesús ha sido enviado por el Padre y se habla del envío del Espíritu Santo (cap. 7). Jesús es Juez que perdona a la mujer adúltera (cap. 8), y Luz del mundo que devuelve la vista al ciego de nacimiento, pero que condena, en cambio, a los que no quieren ver (cap. 9). Él es la Puerta por la que se entra a la Vida Eterna y el Buen Pastor que da su vida por todos los hombres (10,1-21).
8,1-11Aunque este episodio falta en bastantes códices antiguos, la Tradición de la Iglesia lo considera inspirado y canónico. Su omisión podría haberse debido a que la misericordia de Jesús hacia esta mujer había parecido a algunos espíritus demasiado rigoristas una ocasión de relajamiento en las exigencias morales. En todo caso, el episodio viene a confirmar cómo es el juicio de Jesús (cfr v. 15): siendo el Justo, no condena; en cambio aquéllos, siendo pecadores, dictan sentencia de muerte. «Conviene avisar que nunca de tal manera nos transportemos en mirar la divina misericordia, que no nos acordemos de la justicia; ni de tal manera miremos la justicia, que no nos acordemos de la misericordia; porque ni la esperanza carezca de temor, ni el temor de la esperanza» (Fray Luis de Granada, Vid. de Jes. 13). La respuesta de Jesús alude al modo de practicar la lapidación entre los judíos: los testigos del delito tenían que arrojar las primeras piedras, después seguía la comunidad, para, de algún modo, borrar colectivamente el oprobio que recaía sobre el pueblo (cfr Dt 17,7).
8,12-20Jesús se revela ahora como Luz del mundo. En la primera noche de la fiesta de los Tabernáculos se iluminaba intensamente el «atrio de las mujeres» del Templo con cuatro enormes lámparas que daban cierta claridad a toda Jerusalén. Con ello recordaban la nube luminosa, señal de la presencia de Dios, que guió a los israelitas por el desierto a su salida de Egipto. Tal vez en este contexto Jesús se presenta como «la Luz», imagen empleada en otros lugares (Mt 4,16) para designar al Mesías (cfr además Lc 1,78; 2,30-32). Jesucristo es la Luz bajo un doble aspecto: Él es luz que ilumina la inteligencia por ser la plenitud de la Revelación divina; y es también luz que ilumina el interior del hombre para que pueda aceptar esa Revelación y hacerla vida suya. «En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor trascendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia» (Juan Pablo II, Redemp. hom. 11).
8,21-59Ante la actitud de repulsa por parte de las autoridades judías, Jesús les advierte que se marchará al Cielo de donde procede y ellos continuarán esperando al Mesías; pero ni encontrarán al Mesías porque le buscan fuera de Él, ni ahora le pueden seguir porque no le creen (vv. 21-30). La expresión «Yo soy», repetida en numerosas ocasiones en el evangelio, designa la condición divina de Jesús. Éste era el nombre de Dios revelado a Moisés: «Yo soy el que soy» (Ex 3,14). «El Nombre Divino «Yo soy» o «Él es» expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merece, «mantiene su amor por mil generaciones» (Ex 34,7). Dios revela que es «rico en misericordia» (Ef 2,4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del pecado, revelará que Él mismo lleva el Nombre divino: «cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy» (Jn 8,28)» (CCE 211). La fe en Jesús no debe quedarse en un entusiasmo superficial: se trata de ser verdaderos discípulos, de modo que sus palabras informen nuestra vida para siempre. El fruto de esa fe profunda será el conocimiento de la verdad y una vida auténticamente libre (vv. 31-41): «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (v. 32). «Según la fe cristiana y la doctrina de la Iglesia, solamente la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona consiste en estar en la Verdad y en realizar la Verdad» (Juan Pablo II, Verit. spl. 84). Evocando a los dos hijos de Abrahán (cfr Gn 21,1-21), Ismael, nacido de la esclava (Agar), que no tendrá parte en la herencia, e Isaac, nacido de la libre (Sara), que será heredero de las promesas de Dios, Jesús manifiesta que la libertad no se basa ya en pertenecer al linaje de Abrahán, sino en conocer la verdad, que, en definitiva, es conocer al mismo Cristo. Ese conocimiento es el único que realmente nos hace libres, porque nos saca de la esclavitud del pecado, causa de todas las servidumbres humanas. Quienes se oponen conscientemente a la verdad manifestada por Jesús en sus obras y en sus palabras, actúan como partidarios o hijos del enemigo de Dios, el diablo (vv. 42-59). Éste es el padre de la mentira: mintiendo sedujo a nuestros primeros padres, y engaña ahora a quienes siguen sus insinuaciones y permanecen en sus pecados. Por eso, el Hijo de Dios se manifestó «para destruir las obras del diablo». (1 Jn 3,8). En oposición al padre de la mentira que prometió a Adán y Eva ser inmortales Jesús promete verdaderamente la vida eterna a quienes acogen sus enseñanzas y permanecen fieles a ellas (v. 51). Frente a las violentas acusaciones de posesión diabólica (cfr también Mt 12,24 y Mc 3,21-22) y de que era un «samaritano» (v. 48), es decir, un hereje, violador de la Ley, San Juan muestra a Jesús actuando con mansedumbre y dejando aquella disputa al juicio divino. Él no busca fama humana, sino la gloria del Padre. Por eso se presenta como lo que es: el cumplimiento de las esperanzas de los patriarcas del Antiguo Testamento. Abrahán recibió en el nacimiento de su hijo Isaac las primicias proféticas de la alegría mesiánica, especialmente cuando, tras la prueba a la que Dios somete al patriarca, su hijo único le es devuelto vivo (Gn 22,11ss.); se prefiguraba así la resurrección de Cristo una vez cumplido el sacrificio en el que se realizaría la Redención. Abrahán exultó de gozo al pensar que vería el día de la salvación.
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
