Capítulo 1
Prólogo (1,1-4)
1Ya que muchos han intentado poner en orden la narración de las cosas que se han cumplido entre nosotros,
2conforme nos las transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra,
3me pareció también a mí, después de haberme informado con exactitud de todo desde los comienzos, escribírtelo de forma ordenada, distinguido Teófilo,
4para que conozcas la indudable certeza de las enseñanzas que has recibido.
I. NACIMIENTO E INFANCIA
DE JUAN BAUTISTA Y DE JESÚS (1,5-2,52)
Anunciación de San Juan Bautista (1,5-25)
5Hubo en tiempos de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, del turno de Abías, cuya mujer, descendiente de Aarón, se llamaba Isabel.
6Los dos eran justos ante Dios y caminaban intachables en todos los mandamientos y preceptos del Señor;
7no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos de edad avanzada.
8Sucedió que, al ejercer él su ministerio sacerdotal delante de Dios, cuando le tocaba el turno,
9le cayó en suerte, según la costumbre del Sacerdocio, entrar en el Templo del Señor para ofrecer el incienso;
10y toda la concurrencia del pueblo estaba fuera orando durante el ofrecimiento del incienso.
11Se le apareció un ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso.
12Y Zacarías se inquietó al verlo y le invadió el temor.
13Pero el ángel le dijo: —No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada, así que tu mujer Isabel te dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Juan.
14Será para ti gozo y alegría; y muchos se alegrarán con su nacimiento,
15porque será grande ante el Señor. No beberá vino ni licor, estará lleno del Espíritu Santo ya desde el vientre de su madre
16y convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios;
17e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías para convertir los corazones de los padres hacia los hijo s, y a los desobedientes a la prudencia de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo perfecto.
18Entonces Zacarías le dijo al ángel: —¿Cómo podré yo estar seguro de esto? Porque ya soy viejo y mi mujer de edad avanzada.
19Y el ángel le respondió: —Yo soy Gabriel, que asisto ante el trono de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta buena nueva.
20Desde ahora, pues, te quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas porque no has creído en mis palabras, que se cumplirán a su tiempo.
21El pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaba de que se demorase en el Templo.
22Cuando salió no podía hablarles y comprendieron que había tenido una visión en el Templo. Él intentaba explicarse por señas, y permaneció mudo.
23Y cuando se cumplieron los días de su ministerio, se marchó a su casa.
24Después de estos días Isabel, su mujer, concibió y se ocultaba durante cinco meses, diciéndose:
25«Así ha hecho conmigo el Señor, en estos días en los que se ha dignado borrar mi oprobio entre los hombres».
Anunciación y Encarnación del Hijo de Dios (1,26-38)
Mt 1,18-25
26En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret,
27a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.
28Y entró donde ella estaba y le dijo: —Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.
29Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo.
30Y el ángel le dijo: —No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios:
31concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.
32Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre,
33reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin.
34María le dijo al ángel: —¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?
35Respondió el ángel y le dijo: —El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios.
36Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes,
37porque para Dios no hay nada imposibl e.
38Dijo entonces María: —He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia.
Visitación de María a Isabel (1,39-56)
39Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá;
40y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
41Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo;
42y exclamando en voz alta, dijo: —Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre.
43¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?
44Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno;
45y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor. El Cántico de María: Magnificat
46María exclamó: —Proclama mi alma las grandezas del Seño r,
47y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvado r:
48porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclav a; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.
49Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo;
50su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.
51Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.
52Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes.
53Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos.
54Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia,
55como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre.
56María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.
Nacimiento y circuncisión de San Juan Bautista (1,57-80)
57Entretanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo.
58Y sus vecinos y parientes oyeron la gran misericordia que el Señor le había mostrado y se congratulaban con ella.
59El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías.
60Pero su madre dijo: —De ninguna manera, sino que se llamará Juan.
61Y le dijeron: —No hay nadie en tu familia que tenga este nombre.
62Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase.
63Y él, pidiendo una tablilla, escribió: «Juan es su nombre». Lo cual llenó a todos de admiración.
64En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios.
65Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea;
66y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo: —¿Qué va a ser, entonces, este niño? Porque la mano del Señor estaba con él. El Cántico de Zacarías: Benedictus
67Y Zacarías, su padre, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó diciendo:
68—Bendito sea el Señor, Dios de Israe l, porque ha visitado y redimido a su pueblo,
69y ha suscitado para nosotros el poder salvador en la casa de David su siervo,
70como lo había anunciado desde antiguo por boca de sus santos profetas;
71para salvarnos de nuestros enemigos y de la mano de cuantos nos odian:
72ejerciendo su misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santa alianza,
73y del juramento que hizo a Abrahán, nuestro padre,
74para concedernos que, libres de la mano de los enemigos, le sirvamos sin temor,
75con santidad y justicia en su presencia todos los días de nuestra vida.
76Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo: porque irás delante del Señor a preparar sus camino s,
77enseñando a su pueblo la salvación para el perdón de sus pecados;
78por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, el Sol naciente nos visitará desde lo alto,
79para iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombra de muert e, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
Mt 1,18-25
80Mientras tanto el niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y habitaba en el desierto hasta el tiempo en que debía darse a conocer a Israel.
Notas de la Facultad de Teología (6)
1,1-4Este prólogo, muy breve, expone en un excelente lenguaje literario la intención que ha movido a San Lucas a componer su obra: escribir una historia bien ordenada y documentada (cfr v. 3) de la vida de Cristo desde sus orígenes, explicando también el significado salvífico de las cosas que se «han cumplido». (v. 1).
1,5-2,52El evangelio de la infancia según San Lucas comprende seis episodios estructurados de dos en dos, referentes al nacimiento y a la infancia de Juan Bautista y de Jesús: dos anunciaciones (1,5-38), dos nacimientos y circuncisiones (1,39-2,21) y dos escenas en el Templo (2,22-52). Las narraciones incluyen también unos cánticos –el del «Magnificat» (1,46-55), el «Benedictus» (1,68-79), el Gloria (2,14) y el «Nunc Dimittis» (2,29-32)– que expresan el gozo experimentado ante las acciones de Dios en favor de los hombres. Tanto las narraciones como los cánticos están llenos de alusiones a textos del Antiguo Testamento señalando así que se está cumpliendo (cfr 1,1) la salvación prometida por Dios. La escena central del conjunto es la Anunciación a María y la Encarnación del Verbo cuando la Virgen acepta su vocación. Estas dos dimensiones –cristológica y mariológica– se ponen de manifiesto en cada uno de los episodios. El Niño que nace en Belén es el Salvador prometido (1,71.77; 2,11.30), el Mesías, el Señor (1,76; 2,11.26), a quien corresponde una misión salvadora (2,38); sin embargo, será signo de contradicción, ruina y resurrección «de muchos en Israel» (2,34), que sólo podrán salvarse creyendo en Él. Junto al Niño está siempre su Madre que representa, a su vez, a la humanidad fiel a Dios (1,46-56). Ella colabora en el plan salvador divino (1,38) con una fe inquebrantable (1,45). Por eso Dios la asocia no sólo a la misión de su Hijo, sino también al doloroso trance con el que se realizará ese plan de salvación (2,35).
1,5-25Como en otras ocasiones (cfr 2,1ss.; 3,1ss.), Lucas, conocedor de las formas narrativas de la Historia, comienza su relato inscribiendo los hechos en el marco de la historia profana (v. 5). Con referencia a este acontecimiento, situará después la anunciación a la Virgen, ocurrida seis meses más tarde (cfr 1,26). Por medio del arcángel, Dios interviene de forma extraordinaria en la vida de Zacarías e Isabel. Pero lo que se anuncia sobrepasa el ámbito de la intimidad familiar (v. 14). Isabel, ya anciana, va a tener un hijo que se llamará Juan (v. 13) —nombre que significa «Dios es misericordioso»– y que tendrá una santidad extraordinaria (v. 15), ya que su misión como precursor del Mesías esperado (v. 17) le llevará a ser instrumento de la salvación de Dios (v. 16): «con Juan Bautista, el Espíritu santo inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la «semejanza» divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento» (CCE 720). Por lo demás, la escena, tanto en la forma –intervención divina, turbación, anuncio, dificultad, señal– como en los contenidos, parece concebida en paralelo y como preparación de la anunciación a María, que queda de esta manera resaltada. En efecto, Zacarías quería tener descendencia (v. 13) pero no podía; la Virgen, en cambio, no la pedía (cfr 1,34) pero Dios se la da; tanto Zacarías como María se turban ante el saludo del ángel (1,12.29), pero Ella no tiene miedo (1,29), mientras que Zacarías, sí (v. 12); finalmente Zacarías duda (v. 20) y pide una señal (v. 18), mientras que María cree (1,38) y se le ofrece una señal que no había pedido (1,36).
1,26-38La narración es de una densidad extraordinaria. Prácticamente cada palabra lleva aneja una profundidad de significado sorprendente. Los Padres y la Tradición de la Iglesia no han dejado de notarlo, y los cristianos revivimos cada día este misterio a la hora del Ángelus. El mensaje del ángel expresa la acción singular, soberana y omnipotente de Dios al encarnarse para nuestra salvación. Esta acción divina (cfr v. 35) evoca la de la creación (cfr Gn 1,2), cuando el Espíritu descendió sobre las aguas para dar vida; y la del desierto, cuando creó al pueblo de Israel y hacía notar su presencia con una nube que cubría el Arca de la Alianza (cfr Ex 40,34-36). La actitud de Nuestra Señora, –una «virgen» de Nazaret (v. 27)– señala la correspondencia de la criatura a la acción salvadora de Dios. En efecto, «enriquecida desde el primer instante de su concepción con una resplandeciente santidad del todo singular, la Virgen de Nazaret es saludada por el ángel de la Anunciación, por encargo de Dios, como «llena de gracia». Y ella responde al enviado del cielo: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra» (Lc 1,38). Así, María, hija de Adán, dando su consentimiento a la palabra de Dios, se convirtió en Madre de Jesús. Abrazando la voluntad salvadora de Dios con todo el corazón y sin ningún obstáculo de pecado, se entregó totalmente a sí misma, como esclava del Señor, a la Persona y a la obra de su Hijo. Con Él y en dependencia de Él, se puso, por la gracia de Dios todopoderoso, al servicio del misterio de la redención. Con razón, pues, creen los Santos Padres que Dios no utilizó a María como un instrumento puramente pasivo, sino que ella colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres» (C. Vat. II, Lum. gent. 56).
1,39-56Contemplamos ahora la grandeza de María desde otros puntos de vista. Isabel, llena del Espíritu Santo, proclama que María es «madre de mi Señor» (v. 43). Pero esta realidad es también objeto de fe para María, y por ello Isabel la felicita (v. 45). Sin embargo, la fe de la Virgen traspasa la mera virtud personal, pues da origen a la Nueva Alianza: «Como Abrahán «esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones» (Rm 4,18), así María, en el instante de la Anunciación, después de haber manifestado su condición de virgen (...) creyó que por el poder del Altísimo, por obra del Espíritu Santo, se convertiría en Madre del Hijo de Dios según la revelación del ángel» (Juan Pablo II, Redemp. Mat. 14). La escena concluye con el canto del Magnificat por parte de María. El cántico, que evoca algunos pasajes del Antiguo Testamento (cfr 1 S 2,1-10), es, sobre todo, una oración y un modelo de oración. «En estas sublimes palabras (...) se vislumbra la experiencia personal de María, el éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del hombre» (ibid. 36).
1,57-80El evangelio relata en dos pasajes seguidos (1,57-2,21) el nacimiento y la circuncisión de Juan Bautista y de Jesús. Resulta conveniente leerlos en contraste: mientras Juan nace en su casa en un clima de alegría y admiración (vv. 58.63.64.66), Jesús nacerá fuera de su casa, con un pesebre por cuna y reconocido sólo por sus padres y por unos pastores (2,1-20). En el caso de Juan Bautista, el evangelio se centra más en la circuncisión, ya que ahí se manifiesta la intervención de Dios. Cuando Zacarías (v. 63) cumple lo que le había mandado el ángel (1,13) comienza a hablar: «Con razón su lengua se desató, porque, atada por la incredulidad, fue desatada por la fe» (S. Ambrosio, Exp. Ev. sec. Lc. in loc.). La intervención de Dios en los acontecimientos suscita la pregunta de las gentes acerca de la misión que Dios ha destinado a Juan. Zacarías, conocedor de la misión de su hijo como Precursor del Dios encarnado (1,14-17), entona un canto de alabanza a Dios –el Benedictus–, en el que reconoce la acción salvadora de Dios con Israel (vv. 68-75), que culmina en la venida del Señor mismo preparada por el hijo de Zacarías (vv. 76-79). Estas dos atribuciones de Dios –Señor (v. 76) y Salvador (cfr vv. 69.71.77)– son las mismas que el ángel asignará a Jesús en su anuncio a los pastores (2,11).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
