Capítulo 22
XII. PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESÚS (22,1-24-53)
Traición de Judas (22,1-6)
1Se acercaba la fiesta de los Ácimos, que se llama Pascua,
2y los príncipes de los sacerdotes y los escribas buscaban cómo acabar con él, pero temían al pueblo.
3Entró Satanás en Judas, el llamado Iscariote, que era uno de los doce.
4Fue y habló con los príncipes de los sacerdotes y los magistrados sobre el modo de entregárselo.
5Ellos se alegraron y convinieron en darle dinero.
6Él se comprometió, y buscaba la ocasión propicia para entregárselo a espaldas de la gente. (Mt 26,17-19; Mc 14,12-16)
Preparación de la última Cena (22,7-20)
7Llegó el día de los Ácimos, en el que había que sacrificar el cordero pascual.
8Envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: —Id a prepararnos la cena de Pascua.
9Ellos le dijeron: —¿Dónde quieres que la preparemos?
10Y les respondió: —Mirad, cuando entréis en la ciudad, os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidle hasta la casa en que entre,
11y decidle al dueño de la casa: «El Maestro te dice: «¿Dónde está la sala donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?»»
12Y él os mostrará una habitación en el piso de arriba, grande, ya lista. Preparadla allí.
13Marcharon y lo encontraron todo como les había dicho y prepararon la Pascua. dijo: Institución de la Sagrada Eucaristía (Mt 26,26-29; Mc
14,22-25; 1 Co 11,23-26) 14 Cuando llegó la hora, se puso a la mesa y los apóstoles con él.
15Y les —Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer,
16porque os digo que no la volveré a comer hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de Dios.
17Y tomando el cáliz, dio gracias y dijo: —Tomadlo y distribuidlo entre vosotros;
18pues os digo que a partir de ahora no beberé del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.
19Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: —Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía.
20Y del mismo modo el cáliz, después de haber cenado, diciendo: —Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros. (Mt 26,20-25; Mc 14,17-21; Jn 13,21-32)
Anuncio de la traición de Judas (22,21-30)
21»Pero mirad que la mano del que me entrega está conmigo a la mesa.
22Porque el Hijo del Hombre se va, según está decretado; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado!
23Y empezaron a preguntarse entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer tal cosa. Discusión entre los Apóstoles
24Entonces se suscitó entre ellos una disputa sobre quién sería considerado el mayor.
25Pero él les dijo: —Los reyes de las naciones las dominan, y los que tienen potestad sobre ellas son llamados bienhechores.
26Vosotros no seáis así; al contrario: que el mayor entre vosotros se haga como el menor, y el que manda como el que sirve.
27Porque ¿quién es mayor: el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como quien sirve.
28»Vosotros sois los que habéis permanecido junto a mí en mis tribulaciones.
29Por eso yo os preparo un Reino como mi Padre me lo preparó a mí,
30para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino, y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. (Mt 26,30-35; Mc 14,26-31; Jn 13,36-38)
Jesús predice las negaciones de San Pedro (22,31-38)
31»Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo.
32Pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos.
33Él le dijo: —Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y hasta la muerte.
34Pero Jesús le respondió: —Te aseguro, Pedro, que no cantará hoy el gallo sin que bayas negado tres veces haberme conocido.
35Y les dijo: Exhortación a los Apóstoles —Cuando os envié sin bolsa ni alforjas ni calzado, ¿acaso os faltó algo? —Nada –le respondieron.
36Entonces les dijo: —Ahora, en cambio, el que tenga bolsa, que la lleve; y lo mismo con la alforja; y el que no tenga, que venda su túnica y compre una espada.
37Porque os aseguro que debe cumplirse en mí lo que está escrito: Y fue contado entre los malhechore s. Porque lo que se refiere a mí llega a su fin.
38Ellos dijeron: —Señor, aquí hay dos espadas. Y él les dijo: —Ya basta. (Mt 26,36-46; Mc 14,32-42)
Oración y agonía de Jesús en el huerto (22,39-46)
39Salió y como de costumbre fue al monte de los Olivos. Le siguieron también los discípulos.
40Cuando llegó al lugar, les dijo: —Orad para no caer en tentación.
41Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, de rodillas, oraba
42diciendo: —Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
43Se le apareció un ángel del cielo que le confortaba. Y entrando en agonía oraba con más intensidad.
44Y le sobrevino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo.
45Cuando se levantó de la oración y llego hasta los discípulos, los encontró adormilados por la tristeza.
46Y les dijo: —¿Por qué dormís? Levantaos y orad para no caer en tentación. (Mt 26,47-56; Mc 14,43-52; Jn 18,1-12)
Prendimiento de Jesús (22,47-53)
47Todavía estaba hablando, cuando de pronto llegó un tropel de gente. El que se llamaba Judas, uno de los doce, los precedía y se acercó a Jesús para besarle.
48Jesús le dijo: —Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?
49Los que estaban a su alrededor, al ver lo que iba a suceder, dijeron: —Señor, ¿atacamos con la espada?
50Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha.
51Pero Jesús, en respuesta, dijo: —¡Dejadlo ya! –y tocándole la oreja, lo curó.
52Dijo después Jesús a los que habían venido contra él, príncipes de los sacerdotes, oficiales del Templo y ancianos: —¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos?
53Mientras estaba con vosotros todos los días en el Templo, no alzasteis las manos contra mí. Pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas. (Mt 26,69-75; Mc 14,66-72; Jn 18,15-18.25-27)
Las negaciones de San Pedro (22,54-71)
54Después de apresarlo, se lo llevaron y lo metieron en casa del sumo sacerdote. Pedro le seguía de lejos.
55Habían encendido fuego en medio del atrio y estaban sentados alrededor. Pedro estaba sentado en medio de ellos.
56Una criada, al verlo sentado a la lumbre, fijándose en él dijo:
57—También éste estaba con él. Pero él lo negó:
58—No lo conozco, mujer. Al poco tiempo, viéndole otro dijo: —Tú también eres de ellos. Pero Pedro replicó: —Hombre, no lo soy.
59Y pasada como una hora, otro aseguró: —Cierto, éste estaba con él, porque también es galileo.
60Y dijo Pedro: —No sé, hombre, lo que dices. Y al instante, cuando todavía estaba hablando cantó un gallo.
61El Señor se volvió y miró a Pedro. Y recordó Pedro las palabras que el Señor le había dicho: «Antes que cante el gallo hoy, me habrás negado tres veces».
62Y salió afuera y lloró amargamente. Ultrajes a Jesús (Mt 26,67-68; Mc 14,65)
63Los hombres que custodiaban a Jesús se mofaban de él y le golpeaban.
64Entonces, tapándole la cara, le preguntaban: —Profetiza, ¿quién es el que te ha pegado?
65Y decían contra él otras muchas injurias. Interrogatorio ante los príncipes de los sacerdotes (Mt 26,57-68; Mc 14,53-65; Jn 18,13-24)
66Al hacerse de día se reunieron los ancianos del pueblo, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y le condujeron al Sanedrín.
67Y le dijeron: —Si tú eres el Cristo, dínoslo. Y les contestó: —Si os lo digo, no me creeréis;
68y si hago una pregunta, no me responderéis.
69No obstante, desde ahora estará el Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dio s.
70Entonces dijeron todos: —Por tanto, ¿tú eres el Hijo de Dios? —Vosotros lo decís: yo soy –les respondió.
71Pero ellos dijeron: —¿Qué necesidad tenemos ya de testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca. (Mt 27,11-14; Mc 15,1-5; Jn 18,28-40)
Notas de la Facultad de Teología (9)
19,28-24,53El relato de la última semana de Jesús en Jerusalén es muy semejante en los tres evangelios sinópticos: comprende la entrada en Jerusalén y la purificación del Templo (19,28-48), las controversias de Jesús con las autoridades judías (20,1-44), el discurso escatológico (21,5-36), y la extensa narración de la pasión (22,1-23,56) y la resurrección (24,1-53). En este conjunto, Lucas destaca los sentimientos de piedad (19,41-44) y misericordia (22,51,61; 23,28-29.34.43) de Jesús, su grandeza de ánimo (22,21-30.47-53; 23,26-49; etc.) y su recurso constante a la oración(22,32.39-46; 23,34.46). En estos rasgos, Jesús se nos presenta como el modelo de conducta para el cristiano. La narración termina con el mandato del Señor a sus Apóstoles de permanecer en Jerusalén hasta la venida del Espíritu Santo, y con la Ascensión (24,49-53): los mismos acontecimientos con los que comienza el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,4-9) donde se relatan la manifestación pública de la Iglesia y su expansión.
22,1-24-53El relato de la pasión, muerte y resurrección de Jesús posee gran intensidad dramática en todos los evangelios. Al narrar la pasión, Lucas resalta especialmente la misericordia de Jesús en medio de sus sufrimientos, se preocupa de aquellos con quienes se encuentra: cura al siervo herido de espada (22,51), consuela a las mujeres (23,28ss.) y promete el paraíso al ladrón arrepentido (23,43). Tras la resurrección el tercer evangelio es, de entre los sinópticos, quien relata las apariciones con más detalle. Lucas, a diferencia de los otros evangelistas, cuenta las apariciones en Jerusalén. En esa ciudad se han producido la pasión y la muerte de Cristo y desde allí la salvación se extiende a toda la tierra.
22,1-6Al final de la tercera tentación en el desierto el diablo se apartó de Cristo «hasta el momento oportuno» (4,13). Ahora, sirviéndose de Judas (v. 3) vuelve a entrar en escena. Es su hora, la hora del «poder de las tinieblas» (22,53). Sin embargo, ese aparente triunfo fue su derrota, pues Cristo aniquiló con su muerte al que tenía el poder sobre ella, es decir, al diablo, y liberó así a todos los que con el miedo a la muerte estaban toda su vida sujetos a la esclavitud (cfr Hb 2,14-15).
22,7-20Lucas relata la cena Pascual con más detalles que los otros dos sinópticos, que presentan una narración de los acontecimientos más estilizada. La preparación de la Pascua llevaba consigo un conjunto de operaciones laboriosas: la inmolación del cordero en el Templo al comienzo de la tarde, quemar todo lo fermentado que hubiera en la casa y procurarse los otros componentes necesarios para la cena: cinco tipos de hierbas amargas, perejil, vino, aceite, pan ácimo, miel, higos y almendras. Es posible que las indicaciones de Jesús (vv. 10-12) se deban a su deseo de que el Sanedrín no supiera dónde iba a celebrar la Pascua. La cena Pascual era un rito que tenía carácter de memorial: hacía presente –también con las oraciones que se recitaban (Dt 26,5-10)– la liberación por parte de Dios de cada uno de los miembros de su pueblo. Con las primeras palabras (vv. 15-18) el Señor indica que el antiguo rito ha acabado; con las palabras que pronuncia sobre el pan y sobre el vino (vv. 19-20) instituye una nueva realidad: su cuerpo entregado, su sangre derramada «por vosotros» fundan la Nueva Alianza entre Dios y los hombres que supone la salvación de éstos. Por ello, Jesús establece también este rito como memorial: «Haced esto en memoria mía» (v. 19). «Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y ésta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual: «cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención» (Lum. gent. 3)» (CCE 1364).
22,21-30A lo largo de su evangelio –y especialmente en el relato de la pasión– a Lucas le gusta señalar el carácter ejemplar que tiene para el cristiano la conducta de Jesús ante las dificultades. Estos dos episodios, en contraste con el relato de la Cena, dejan entrever la soledad de Cristo y los diferentes sentimientos que animan su vida, tan distintos de los que tienen sus discípulos. Con todo, las palabras de Jesús a éstos son un hálito de esperanza. A pesar de la pequeñez de horizontes que ahora tienen (v. 24: cfr Mt 20,20-28; Mc 10,35-45 y notas), al estar asociados a la humillación de Cristo (v. 28), lo estarán también en su exaltación (vv. 29-30).
22,31-38Después de la Cena, antes del prendimiento en Getsemaní, Jesús previene a sus discípulos, y a Pedro en particular, sobre la prueba que va a sufrir su fe (vv. 31-32), ya que no han entendido el sentido redentor de su vida y su muerte (vv. 37-38). San Lucas refiere el episodio con más detalles que los otros dos sinópticos y recoge la oración de Jesús por Pedro. La Iglesia ha entendido siempre que esta asistencia especial de Jesús sobre Pedro para «la misión de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus hermanos» (CCE 552) se continúa en la persona del Romano Pontífice como sucesor de Pedro.
22,39-46La oración de Jesús en el huerto expresa su aceptación de la muerte afrentosísima en cumplimiento del designio de Dios. La oración de Jesús se debió prolongar largo tiempo, aunque San Lucas sólo recoge los momentos más trascendentales: prácticamente, en cada versículo hay una mención de la oración; el pasaje se inicia y se termina con la recomendación de Jesús de orar para no caer en tentación; finalmente, Jesús mismo nos da ejemplo pues, al entrar en agonía oraba con más intensidad, (v. 43). La oración del Señor es así una lección perfecta de abandono y de unión con la voluntad de Dios: «¿Estás sufriendo una gran tribulación? –¿Tienes contradicciones? Di, muy despacio, como paladeándola esta oración recia y viril: «Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. –Amén. –Amén.» Yo te aseguro que alcanzarás la paz» (S. Josemaría Escrivá, Camino 691).
22,47-53Los cuatro evangelistas, al narrar este episodio, guardan el recuerdo tanto de la grandeza de Jesús como de los acontecimientos de aquel momento: la muchedumbre desbocada, la traición de Judas, la herida al criado del sumo sacerdote, etc. En este contexto Lucas se fija además en dos cosas: en la misericordia del Señor que cura al criado herido (v. 51) y en la aparente victoria del diablo (v. 53).
22,54-71Los dos primeros evangelios (cfr Mt 26,57-75; Mc 14,53-72 y notas) relatan en contraste los interrogatorios a Jesús y a Pedro. La narración de Lucas sigue un orden más lógico en lo que se refiere a la cronología de los acontecimientos: por la noche Jesús es llevado a casa de Caifás donde, mientras Pedro le niega, los criados le afrentan; a la mañana siguiente (v. 66) se reúnen en el Sanedrín y le condenan a muerte. De los acontecimientos de la noche, Lucas es el único evangelista que recuerda la mirada del Señor a Pedro (v. 61) que provocó su contrición. La mirada de Cristo, frecuentemente descrita en el evangelio (5,20.27; 6,10.20, etc.), ha sido motivo de meditación en los santos: «Considero yo muchas veces, Cristo mío, cuán sabrosos y cuán deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama, y Vos, bien mío, queréis mirar con amor. Paréceme que una sola vez de este mirar tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años de servicio (...). Ya sabéis, Señor mío, que muchas veces me hacía a mí más temor acordarme si había de ver vuestro divino rostro airado contra mí en este espantoso día del juicio final, que todas las penas y furias del infierno que se me representaban» (S. Teresa de Jesús, Exclam. 14). En el interrogatorio del Sanedrín queda claro el doble titulo de Jesús: es Cristo y es Hijo de Dios. Sin embargo, para aceptar esto es necesaria la fe. Los miembros del Sanedrín no la tenían (vv. 67-68) y condenan a Jesús.
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
