Capítulo 8
Las santas mujeres (8,1-3)
1Sucedió, después, que él pasaba por ciudades y aldeas predicando y anunciando el Evangelio del Reino de Dios. Le acompañaban los doce
2y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios;
3y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que le asistían con sus bienes. (Mt 13,1-23; Mc
Parábola del sembrador. Sentido de las parábolas (8,4-18)
4,1-20) 4 Reuniéndose una gran muchedumbre que de todas las ciudades acudía a él, dijo esta parábola:
5—Salió el sembrador a sembrar su semilla; y al echar la semilla, parte cayó junto al camino, y fue pisoteada y se la comieron las aves del cielo.
6Parte cayó sobre piedras, y cuando nació se secó por falta de humedad.
7Otra parte cayó en medio de las espinas, y habiendo crecido con ella las espinas la ahogaron.
8Y otra cayó en la tierra buena, y cuando nació dio fruto al ciento por uno. Dicho esto, exclamó: —El que tenga oídos para oír, que oiga.
9Entonces sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola.
10Él les dijo: —A vosotros se os ha concedido el conocer los misterios del Reino de Dios, pero a los demás, sólo a través de parábolas, de modo que viendo no vean y oyendo no entienda n.
11»El sentido de la Parábola es éste: la semilla es la palabra de Dios.
12Los que están junto al camino son aquellos que han oído; pero viene luego el diablo y se lleva la palabra de su corazón, no sea que creyendo se salven.
13Los que están sobre piedras son aquellos que, cuando oyen, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; éstos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás.
14Lo que cayó entre espinos son los que oyeron, pero en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida y no llegan a dar fruto.
15Y lo que cayó en tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la perseverancia. Parábola de la lámpara
Mc 4,21-25
16»Nadie que ha encendido una lámpara la oculta con una vasija o la pone debajo de la cama, sino que la pone sobre un candelero para que los que entran vean la luz.
17Porque nada hay escondido que no acabe por saberse; ni secreto que no acabe por conocerse y hacerse público.
18Mirad, pues, cómo oís: porque al que tiene se le dará; y al que no tiene incluso lo que piensa tener se le quitará. (Mt 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 11,27-28)
El verdadero parentesco con Jesús (8,19-21)
19Vinieron a verle su madre y sus hermanos, y no podían acercarse a él a causa de la muchedumbre.
20Y le avisaron: —Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.
21Él, en respuesta, les dijo: —Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen.
La tempestad calmada (8,22-25)
22Un día, subió él a una barca con sus discípulos y les dijo: —Crucemos a la otra orilla del lago. Y partieron.
23Mientras ellos navegaban, se durmió. Y se desencadenó una tempestad de viento en el lago, de modo que se llenaban de agua y corrían peligro.
24Se le acercaron para despertarle diciendo: —¡Maestro, Maestro, que perecemos! Puesto en pie, increpó al viento y a las olas, que cesaron; y sobrevino la calma.
25Entonces les dijo: —¿Dónde está vuestra fe? Ellos, llenos de temor, se asombraron y se decían unos a otros: —¿Quién es éste que manda a los vientos y al agua, y le obedecen? (Mt 8,28-34; Mc 5,1-20)
El endemoniado de Gerasa (8,26-39)
26Navegaron hasta la región de los gerasenos, que está al otro lado, enfrente de Galilea.
27Y cuando saltó a tierra, vino a su encuentro un hombre de la ciudad endemoniado; desde hacía mucho tiempo no llevaba ropa, ni habitaba en casas sino en los sepulcros.
28Al ver a Jesús, cayó ante él gritando y dijo con gran voz: —¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te suplico que no me atormentes.
29Pues Jesús mandaba al espíritu impuro que saliera de aquel hombre; porque muchas veces se apoderaba de él, y aunque le sujetaban con cadenas y le ponían grillos para custodiarle, rotas las ataduras, era impulsado por el demonio al desierto.
30Jesús le preguntó: —¿Cuál es tu nombre? Él dijo: —Legión –porque habían entrado en él muchos demonios.
31Y le suplicaban que no les ordenase ir al abismo.
32Había por allí una gran piara de cerdos que estaban paciendo en el monte; y le suplicaron que les permitiese entrar en ellos. Y se lo permitió.
33Los demonios salieron del hombre y entraron en los cerdos; y la piara se lanzó corriendo por la pendiente hacia el lago y se ahogó.
34Al ver los porqueros lo ocurrido, huyeron, y lo contaron por la ciudad y por los campos.
35Salieron a ver lo que había pasado, llegaron hasta Jesús, y encontraron al hombre del que habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio, y les entró miedo.
36Los que lo habían presenciado les contaron cómo había sido salvado el endemoniado.
37Y toda la gente de la región de los gerasenos le pidió que se alejara de ellos, porque estaban sobrecogidos de temor. Él subió a la barca y se volvió.
38El hombre de quien habían salido los demonios le pedía quedarse con él; pero lo despidió diciendo:
39—Vuelve a tu casa y cuenta las grandes cosas que Dios ha hecho contigo. Y se marchó proclamando por toda la ciudad lo que Jesús había hecho con él.
Resurrección de la hija de Jairo y curación de la hemorroisa (8,40-56)
40Al volver Jesús le recibió la muchedumbre, porque todos estaban esperándole.
41Entonces llegó un hombre, llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga, y se postró a los pies de Jesús suplicándole que entrase en su casa,
42porque tenía una hija única de unos doce años que se estaba muriendo. Mientras iba, la multitud le apretujaba.
43Y una mujer que tenía un flujo de sangre desde hacía doce años y que había gastado toda su hacienda en médicos sin que ninguno hubiese podido curarla
44se acercó por detrás, le tocó el borde del manto y al instante cesó el flujo de sangre.
45Entonces dijo Jesús: —¿Quién es el que me ha tocado? Al negarlo todos, dijo Pedro: —Maestro, la muchedumbre te aprieta y te empuja.
46Pero Jesús dijo: —Alguien me ha tocado, porque yo me he dado cuenta de que una fuerza ha salido de mí.
47Viendo la mujer que aquello no había quedado oculto, se acercó temblando, se postró ante él y declaró delante de todo el pueblo la causa por la que le había tocado, y cómo al instante había quedado curada.
48Él entonces le dijo: —Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz.
49Todavía estaba él hablando, cuando vino uno de la casa del jefe de la sinagoga diciendo: —Tu hija ha muerto, no molestes más al Maestro.
50Al oírlo Jesús, le respondió: —No temas, tan sólo ten fe y se salvará.
51Cuando llegó a la casa, no permitió que nadie entrara con él, excepto Pedro, Juan y Santiago, y el padre y la madre de la niña.
52Todos lloraban y se lamentaban por ella. Pero él dijo: —No lloréis; no ha muerto, sino que duerme.
53Y se burlaban de él, sabiendo que estaba muerta.
54Él, tomándola de la mano, dijo en voz alta: —Niña, levántate.
55Volvió a ella su espíritu y al instante se levantó, y Jesús mandó que le dieran de comer.
56Y sus padres quedaron asombrados; pero él les ordenó que no dijeran a nadie lo que había sucedido. (Mt 10,5-15; Mc 6,6-13)
Notas de la Facultad de Teología (8)
4,14-9,50En esta primera parte de su evangelio Lucas relata los inicios del magisterio público de Jesús en Galilea. La escena –Jesús en la sinagoga de Nazaret (4,16-30)– presenta el programa de su actuación. El «hoy» de la salvación (4,21) anunciado en ese momento se cumple enseguida con su actuación taumatúrgica (4,38-41; 5,12-26; 7,1-23; 8,26-56, etc.), con el perdón de los pecados (5,17-26; 7,36-50), con su acción misericordiosa sobre los hombres (7,13; 9,11), etc. La misión para la que ha sido enviado (4,18) es la de evangelizar. En el centro de su predicación están el Discurso del Llano (6,17-49) y las Parábolas del Reino (8,4-18). Al evangelista le gusta señalar la eficacia y la singularidad de las palabras de Jesús (4,31-37; 5,17-26; etc.) que provocan la aglomeración de las gentes en torno suyo (4,37.40.42; 5,1.15.19.29; etc.). Para el cumplimiento de ese programa salvador, el Señor elige a unos discípulos (5,1-11.27-32; 6,12-16) de entre los que constituye el grupo apostólico. A éstos les forma con una dedicación particular (8,10; 9,21; etc.), les muestra su gloria (9,28-36) y les envía a predicar (9, 1-6) en un anticipo de lo que será la misión universal de la Iglesia (Hch 1, 8). Finalmente, el discurso de Jesús en la sinagoga de Nazaret alude también a la universalidad de su misión salvadora (4,25-27). Esa cualidad de su misión se pondrá de manifiesto en el episodio del centurión (7,1-10), pero, sobre todo, será el motivo central de la parte siguiente del evangelio (9,51-19,27).
6,12-8,56Con la institución del colegio apostólico comienza una nueva sección del evangelio. Jesús realiza su misión con los Apóstoles en Galilea. Esa misión comprende la predicación –de la que son reflejo sobre todo el Discurso del Llano (6,17-49) y el de las parábolas (8,4-18)– y la actividad taumatúrgica de Jesús. Lucas recoge prácticamente los mismos milagros que los otros dos sinópticos, pero tiene como propio el milagro de la resurrección del hijo de la viuda de Naín, que el Señor realiza movido por la misericordia (7,13), precisamente la virtud que compendia la enseñanza del Discurso del Llano (6,36).
8,1-3El Señor acoge la dedicación y la asistencia de estas mujeres (cfr v. 3) que cooperaban así en la tarea apostólica de la predicación del Reino de Dios (v. 1). Solamente Lucas recoge este dato y da el nombre de tres de ellas: María Magdalena, el primer testigo de la resurrección (Jn 20,11-18; Mc 16,9); Juana, de posición acomodada y también testigo de la resurrección (24,10); y Susana, de la que no tenemos otra noticia que esta mención.
8,4-18Los evangelios sinópticos se hacen eco de la predicación de Jesús en parábolas. Los dos primeros (cfr Mt 13,1-52; Mc 4,1-34) recogen en un largo discurso las llamadas parábolas del Reino. Lucas condensa en estos pocos versículos el contenido del discurso de Jesús transmitido por los otros evangelistas, ya que prefiere subrayar la idea de que en muchas ocasiones Jesús enseñaba con parábolas (cfr 7,36-50; 10,25-37; 11,5-13; 12,13-21; etc.). Para el sentido de estas parábolas, cfr nota a Mt 13,1-52; Mc 4,1-34.
8,19-21Las palabras de Jesús reflejan el valor de la fe en el nuevo orden de cosas que ha establecido con su venida al mundo. Para Jesús, y para el lector del Evangelio de San Lucas (cfr 1,38), esas palabras incluyen en primer lugar a María, modelo de fe: «Durante toda su vida, y hasta su última prueba, cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el «cumplimiento» de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe» (CCE 149).
8,22-25Este milagro manifiesta con nitidez el poder de Jesús sobre los elementos naturales. Cfr notas a Mt 8,23-27 y Mc 4,35-41.
8,26-39El episodio muestra con claridad el poder de Jesús sobre los demonios y la universalidad de su misión. Cfr notas a Mt 8,28-34; Mc 5,1-20.
8,40-56El milagro, común a los tres evangelios sinópticos, muestra la necesidad y el valor de la fe a la hora de acercarse a Jesús (cfr notas a Mt 9,18-26; Mc 5,21-43). Pero los evangelios se complacen en señalar que la misma fe se puede expresar de muchas formas: «Nunca faltan enfermos que imploran, como Bartimeo, con una fe grande, que no tienen reparos en confesar a gritos. Pero mirad cómo, en el camino de Cristo, no hay dos almas iguales. Grande es también la fe de esta mujer, y ella no grita: se acerca sin que nadie la note. Le basta tocar un poco la ropa de Jesús, porque está segura de que será curada» (S. Josemaría Escrivá, Hom. 2. 199). Lucas, al narrar este milagro, recuerda a Pedro como portavoz de los discípulos (v. 45), y no omite el cuidado de Jesús de que dieran de comer a la niña (v. 55).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
