Capítulo 9
V. VIAJE DE JESÚS CON SUS APÓSTOLES (9,1-50)
Misión de los Apóstoles (9,1-6)
1Convocó a los doce y les dio poder y potestad sobre todos los demonios, y para curar enfermedades.
2Los envió a predicar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos.
3Y les dijo: —No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas.
4En cualquier casa que entréis, quedaos allí hasta que de allí os vayáis.
5Y si nadie os acoge, al salir de aquella ciudad, sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos.
6Se marcharon y pasaban por las aldeas evangelizando y curando por todas partes. (Mt 14,1-2; Mc 6,14-16)
Opinión de Herodes sobre Jesús (9,7-9)
7El tetrarca Herodes oyó todo lo que ocurría y estaba perplejo, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos,
8otros que Elías había aparecido, otros que había resucitado alguno de los antiguos profetas.
9Y dijo Herodes: —A Juan lo he decapitado yo, ¿quién es, entonces, éste del que oigo tales cosas? Y deseaba verlo. (Mt 14,13-21; Mc 6,30-44; Jn 6,1-15)
Regreso de los Apóstoles. Multiplicación de los panes (9,10-17)
10Cuando volvieron los apóstoles, le contaron todo lo que habían hecho; y, tomándolos consigo, se retiró aparte hacia una ciudad llamada Betsaida.
11Cuando la gente se dio cuenta, le siguió. Y les acogió y les hablaba del Reino de Dios, y sanaba a los que tenían necesidad.
12Empezaba a declinar el día, y se acercaron los doce para decirle: —Despide a la muchedumbre, para que se vayan a los pueblos y aldeas de alrededor, a buscar albergue y a proveerse de alimentos; porque aquí estamos en un lugar desierto.
13Él les dijo: —Dadles vosotros de comer. Pero ellos dijeron: —No tenemos más que cinco panes y dos peces, a no ser que vayamos nosotros y compremos comida para todo este gentío
14–había unos cinco mil hombres. Entonces les dijo a sus discípulos: —Hacedlos sentar en grupos de cincuenta.
15Así lo hicieron, y acomodaron a todos.
16Tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo y pronunció la bendición sobre ellos, los partió y empezó a dárselos a sus discípulos, para que los distribuyeran entre la muchedumbre.
17Comieron hasta que todos quedaron satisfechos. Y de los trozos que sobraron, ellos recogieron doce cestos. (Mt 16,13-20; Mc 8,27-30)
Confesión de San Pedro (9,18-21)
18Cuando estaba haciendo oración a solas, y se encontraban con él los discípulos, les preguntó: —¿Quién dicen las gentes que soy yo?
19Ellos respondieron: —Juan el Bautista. Pero hay quienes dicen que Elías, y otros que ha resucitado uno de los antiguos profetas.
20Pero él les dijo: —Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro: —El Cristo de Dios.
21Pero él les amonestó y les ordenó que no dijeran esto a nadie. Jesús predice su Pasión y su Gloria (Mt 16,21-28; Mc 8,31-9,1)
Necesidad de la abnegación para seguir a Jesús (9,22-27)
22Y añadió que el Hijo del Hombre debía padecer mucho y ser rechazado por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.
23Y les decía a todos: —Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga.
24Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará.
25»Porque ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero si se destruye a sí mismo o se pierde?
26Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de él se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria y en la del Padre y en la de los santos ángeles.
27Os aseguro de verdad que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean el Reino de Dios. (Mt 17,1-9; Mc 9,2-13)
La Transfiguración (9,28-36)
28Unos ocho días después de estas palabras, se llevó con él a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a un monte para orar.
29Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro, y su vestido se volvió blanco y muy brillante.
30En esto, dos hombres comenzaron a hablar con él: eran Moisés y Elías
31que, aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jesús que iba a cumplirse en Jerusalén.
32Pedro y los que estaban con él se encontraban rendidos por el sueño. Y al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban a su lado.
33Cuando éstos se apartaron de él, le dijo Pedro a Jesús: —Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías –pero no sabía lo que decía.
34Mientras así hablaba, se formó una nube y los cubrió con su sombra. Al entrar ellos en la nube, se atemorizaron.
35Y se oyó una voz desde la nube que decía: —Éste es mi Hijo, el elegido: escuchadle.
36Cuando sonó la voz, se quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y a nadie dijeron por entonces nada de lo que habían visto. (Mt 17,14-20; Mc 9,14-29)
Curación del muchacho lunático (9,37-43)
37Sucedió al día siguiente que, al bajar ellos del monte, le salió al encuentro una gran muchedumbre.
38Y en medio de ella un hombre clamó diciendo: —Maestro, te ruego que veas a mi hijo, porque es el único que tengo:
39un espíritu se apodera de él, y enseguida grita, le hace retorcerse entre espumarajos y a duras penas se aparta de él, dejándolo maltrecho.
40Y les he rogado a tus discípulos que lo expulsen, pero no han podido.
41Jesús contestó: —¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar entre vosotros y soportaros? Trae aquí a tu hijo.
42Y al acercarse, el demonio lo revolcó por el suelo y le hizo retorcerse. Entonces Jesús increpó al espíritu impuro y curó al niño, devolviéndolo a su padre.
Segundo anuncio de la Pasión (9,43-45)
43Todos quedaron asombrados de la grandeza de Dios. (Mt 17,22-27; Mc 9,30-32) Y estando todos admirados por cuantas cosas hacía, dijo a sus discípulos:
44—Grabad en vuestros oídos estas palabras: el Hijo Hombre va a ser entregado en manos de los hombres.
45Pero ellos no entendían este lenguaje, y les resultaba tan oscuro, que no lo comprendían; y temían preguntarle sobre este asunto. (Mt 18,1-14; Mc 9,33-50)
Humildad y tolerancia (9,46-50)
46Les vino al pensamiento cuál de ellos sería el mayor.
47Pero Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, acercó a un niño, lo puso a su lado
48y les dijo: —El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado: pues el menor entre todos vosotros, ése es el mayor.
49Entonces dijo Juan: —Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros.
50Y Jesús le dijo: —No se lo prohibáis, pues el que no está contra vosotros con vosotros está.
SEGUNDA PARTE
MINISTERIO EN LA SUBIDA A JERUSALÉN (§ 9,51-19,27)
VI. INICIO DEL VIAJE (9,51-10,24)
Los samaritanos no reciben a Jesús (9,51-56)
51Y cuando iba a cumplirse el tiempo de su partida, Jesús decidió firmemente marchar hacia Jerusalén.
52Y envió por delante a unos mensajeros, que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje,
53pero no le acogieron porque llevaba la intención de ir a Jerusalén.
54Al ver esto, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: —Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consum a?
55Pero él se volvió hacia ellos y les reprendió.
56Y se fueron a otra aldea.
Exigencias para el que sigue a Jesús (9,57-62)
Mt 8,18-22
57Mientras iban de camino, uno le dijo: —Te seguiré adonde vayas.
58Jesús le dijo: —Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
59A otro le dijo: —Sígueme. Pero éste contestó: —Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.
60—Deja a los muertos enterrar a sus muertos –le respondió Jesús–; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
61Y otro dijo: —Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa.
62Jesús le dijo: —Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.
Notas de la Facultad de Teología (15)
4,14-9,50En esta primera parte de su evangelio Lucas relata los inicios del magisterio público de Jesús en Galilea. La escena –Jesús en la sinagoga de Nazaret (4,16-30)– presenta el programa de su actuación. El «hoy» de la salvación (4,21) anunciado en ese momento se cumple enseguida con su actuación taumatúrgica (4,38-41; 5,12-26; 7,1-23; 8,26-56, etc.), con el perdón de los pecados (5,17-26; 7,36-50), con su acción misericordiosa sobre los hombres (7,13; 9,11), etc. La misión para la que ha sido enviado (4,18) es la de evangelizar. En el centro de su predicación están el Discurso del Llano (6,17-49) y las Parábolas del Reino (8,4-18). Al evangelista le gusta señalar la eficacia y la singularidad de las palabras de Jesús (4,31-37; 5,17-26; etc.) que provocan la aglomeración de las gentes en torno suyo (4,37.40.42; 5,1.15.19.29; etc.). Para el cumplimiento de ese programa salvador, el Señor elige a unos discípulos (5,1-11.27-32; 6,12-16) de entre los que constituye el grupo apostólico. A éstos les forma con una dedicación particular (8,10; 9,21; etc.), les muestra su gloria (9,28-36) y les envía a predicar (9, 1-6) en un anticipo de lo que será la misión universal de la Iglesia (Hch 1, 8). Finalmente, el discurso de Jesús en la sinagoga de Nazaret alude también a la universalidad de su misión salvadora (4,25-27). Esa cualidad de su misión se pondrá de manifiesto en el episodio del centurión (7,1-10), pero, sobre todo, será el motivo central de la parte siguiente del evangelio (9,51-19,27).
9,1-50La misión de los Apóstoles marca el comienzo de una nueva sección. El motivo que la recorre son las relaciones de Jesús con ellos. La escena central de la sección es la confesión de Pedro (vv. 18-21). Hasta ese momento, los Apóstoles estaban con el Señor y colaboraban en su misión; desde entonces, Jesús dedica una especial atención a enseñarles el sentido de los acontecimientos que van a ocurrir en Jerusalén y lo que debe ser la vida del discípulo de Cristo.
9,1-6En breves trazos el texto describe cómo los Apóstoles colaboran en la misión de Cristo y la continúan. Lucas ha ido describiendo el poder y la autoridad con que Jesús proclamaba el Evangelio y curaba a los enfermos; ahora descubre que esas mismas cualidades (v. 1) y esa misma misión (v. 2) se las dio el Señor a los Doce. Éstos la cumplieron (v. 6) y la transmitieron a la Iglesia: «Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los Apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es «enviada» al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. «La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado» (C. Vat. II, Apost. actuo. 2)» (CCE 863). Cfr nota a Lc 6,12-16.
9,7-9La actividad de Jesús suscita una pregunta capital: «¿Quién es éste?». En el evangelio se señala que la gente no acertaba con la respuesta (vv. 7-8; cfr 9,18-19), que Herodes estaba perplejo (v. 7), y que Pedro le confesó como Mesías (9,20). Pero también se anota que el motivo que impulsaba a Herodes era la mera curiosidad (v. 9; cfr 23,8), mientras que Pedro hacía un auténtico acto de fe en el que comprometía su propia vida.
9,10-17Las acciones salvadoras de Cristo se simbolizan de modo eminente en este milagro que acabará por provocar la confesión de Pedro. Antes del milagro (v. 11) vemos a Jesús realizando obras características de su misión como Mesías: la proclamación del Reino de Dios y la realización de señales (cfr 4,18). Con el milagro de la multiplicación de los panes se añade una nota más: la sobreabundancia de los dones en los tiempos mesiánicos (cfr Is 25,6; Sal 78,19-20; etc.). La acción de alimentar al pueblo en un lugar desierto (v. 12) evoca, sin duda, los episodios del Éxodo en los que Dios sustenta a su pueblo (cfr Ex 16) y prefigura la Eucaristía, alimento del cristiano en su camino hacia Dios: «La Sagrada Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo acrecienta la unión del comulgante con el Señor, le perdona los pecados veniales y lo preserva de pecados graves. Puesto que los lazos de caridad entre el comulgante y Cristo son reforzados, la recepción de este sacramento fortalece la unidad de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo» (CCE 1416).
9,18-21Los tres primeros evangelios recogen la confesión de fe de San Pedro. Lucas narra el episodio de manera más condensada que los otros dos evangelistas (cfr notas a Mt 16,13-20; Mc 8,27-30). Por otra parte el tercer evangelista señala de nuevo la oración de Jesús (v. 18) presente en los momentos más trascendentales de su ministerio público (cfr 3,21; 6,12; 9,28; etc.).
9,22-27Jesús explica que su misión pasa por la cruz. Por tanto, quien quiera seguirle, no puede pretender otro camino. El cristiano debe renovar ese ejercicio «cada día» (v. 23): «Me preguntas: ¿Por qué esa cruz de palo? –y copio de una carta: «Al levantar la vista del microscopio, la mirada va a tropezar con la cruz negra y vacía. Esta Cruz sin crucificado es un símbolo. Tiene una significación que los demás no verán. Y el que, cansado, estaba a punto de abandonar la tarea, vuelve a acercar los ojos al ocular y sigue trabajando; porque la Cruz solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella»» (S. Josemaría Escrivá, Camino 277).
9,28-36La Transfiguraciónes uno de los más bien escasos episodios del evangelio conectado cronológicamente con otro: fue «unos ocho días después» (v. 28; «seis días después» según Mt 17,1 y Mc 9,2) de la confesión de Pedro: «Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para «entrar en su gloria» es necesario pasar por la cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como Siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: «Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa» (S. Tomás de Aquino, S. th. 3, 45, 4 ad 2)» (CCE 555).
9,37-43A propósito de este milagro los otros evangelistas han señalado la enseñanza de Jesús sobre el valor de la fe (cfr Mt 17,14-20 y nota) y de la oración (cfr Mc 9,14-29 y nota). Lucas, por su parte, señala la tribulación del padre ante su único hijo (v. 38; cfr 7,12) y el reconocimiento de las gentes a Dios (v. 43; cfr 4,32; 8,25; 11,14).
9,43-45De nuevo, tras unos momentos de gloria, Jesús insiste en su pasión y muerte, y, de nuevo, sus discípulos no lo comprenden: «Nadie se escandalice de ver tan imperfectos a los apóstoles. Todavía no se había consumado el misterio de la Cruz, todavía no se les había dado la gracia del Espíritu Santo» (S. Juan Crisóstomo, Hom. in Mt. 65,2).
9,46-50Dos episodios ponen de manifiesto las miras humanas de los Apóstoles. Jesús las contrapone a la sencillez del niño y a la apertura de corazón, virtudes que se recuerdan a menudo en los primeros escritos cristianos: «Serás sencillo de corazón y rico de espíritu. (...) No te enaltecerás a ti mismo, sino que serás humilde en todo. No te arrogarás gloria. No concebirás una determinación perversa contra tu prójimo, ni infundirás a tu alma temeridad» (Epist. Barnab. 19,2-3).
9,51-19,27Los tres sinópticos mencionan el viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén. Sin embargo, la narración de San Lucas es mucho más extensa –casi diez capítulos– y recoge muchas enseñanzas del Señor que no están presentes en los otros evangelios: la parábola del buen samaritano (10,25-37), las parábolas de la misericordia (15,1-32), la del fariseo y el publicano (18,9-14), la conversión de Zaqueo (19,1-10), etc. Estos pasajes reflejan con claridad los rasgos característicos del tercer evangelio: la misericordia de Dios, la universalidad de la salvación predicada por Jesús, la alegría de la conversión, etc. Al dedicarle tanta extensión a esta subida a Jerusalén Lucas señala de una manera gráfica la importancia de la Ciudad Santa en la historia de la salvación. En efecto, los comienzos de la actividad pública del Señor se realizan en Galilea (4,14-9-50); de ahí va el Señor a Jerusalén a través de Samaría (9,51-19,27), y en Jerusalén se consuma nuestra salvación (19,28-24,53). De modo inverso procederá en su segundo libro, los Hechos de los Apóstoles. Allí contemplamos como germina la Iglesia en Jerusalén (Hch 1,1-7,60 y se expande después a Samaría (8,1-25), y hasta el fin de la tierra (8,26-28,31).
9,51-10,24La marcha de Jesús hacia Jerusalén rememora acontecimientos que ya se habían dado en la misión de Jesús en Galilea. El rechazo de los samaritanos (9,53) recuerda el rechazo que sufrió Jesús en Nazaret (4,28-30); la misión de los setenta y dos (10,1-12.17-20) evoca la de los Doce (9,1-6.10); finalmente, los reproches a las ciudades incrédulas (10,13-16) son un eco de los dirigidos contra la incredulidad de los hombres de su generación (7,31-35).
9,51-56Al encaminarse decididamente a Jerusalén, hacia la cruz, Jesús cumple voluntariamente el designio del Padre (cfr 9,31), que había determinado que por su pasión y muerte llegase a la resurrección y ascensión gloriosas. En el comienzo de su ministerio Jesús había sido rechazado por los de Nazaret (cfr 4,16-30); ahora, al iniciar esta nueva etapa, lo es por los samaritanos. Ambos rechazos indican que el cumplimiento de su misión evangelizadora y salvadora no será tarea fácil.
9,57-62Como en los inicios de su actividad (cfr 5,1-11), también ahora hay personas que se sienten llamadas a seguir a Jesús. Pedro y los demás Apóstoles dejaron «todas las cosas» (cfr 5,11.28) para seguirle; éstos personajes, en cambio, tienen todavía que desprenderse de algo. Seguir a Jesús exige radicalidad: «A veces [la voluntad] parece resuelta a servir a Cristo, pero buscando al mismo tiempo el aplauso y el favor de los hombres. (...) Se empeña en ganar los bienes futuros, pero sin dejar de escapar los presentes. Una voluntad así no nos permitirá llegar nunca a la verdadera santidad» (J. Casiano, Collat. 4,12).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
