Capítulo 10
VII. HACIA JUDEA Y JERUSALÉN (10,1-52)
Indisolubilidad del matrimonio (10,1-12)
1Saliendo de allí llegó a la región de Judea, al otro lado del Jordán, y de nuevo se congregó ante él la multitud. Y, como era también su costumbre, se puso a enseñarles.
2Se acercaron entonces unos fariseos que le preguntaban, para tentarle, si le es lícito al marido repudiar a su mujer.
3Él les respondió: —¿Qué os mandó Moisés?
4—Moisés permitió darle escrito el libelo de repudio y despedirla –dijeron ellos.
5Pero Jesús les dijo: —Por la dureza de vuestro corazón os escribió este precepto.
6Pero en el principio de la creación los hizo hombre y muje r.
7Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su muje r,
8y serán los dos una sola carn e. De modo que ya no son dos, sino una sola carne.
9Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
10Una vez en la casa, sus discípulos volvieron a preguntarle sobre esto.
11Y les dijo: —Cualquiera que repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla;
12y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio. (Mt 19,13-15; Lc 18,15-17)
Jesús bendice a los niños (10,13-16)
13Le presentaban unos niños para que los tomara en sus brazos; pero los discípulos les reñían.
14Al verlo Jesús se enfadó y les dijo: —Dejad que los niños vengan conmigo, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios.
15En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él.
16Y abrazándolos, los bendecía imponiéndoles las manos. (Mt 19,16-30; Lc 18,18-30)
El joven rico. Pobreza y entrega cristianas (10,17-31)
17Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó: —Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?
18Jesús le dijo: —¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios.
19Ya conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimoni o, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madr e.
20—Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia –respondió él.
21Y Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él. Y le dijo: —Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.
22Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones.
23Jesús, mirando a su alrededor, les dijo a sus discípulos: —¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!
24Los discípulos se quedaron impresionados por sus palabras. Y hablándoles de nuevo, dijo: —Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios!
25Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.
26Y ellos se quedaron aún más asombrados diciéndose unos a otros: —Entonces, ¿quién puede salvarse?
27Jesús, con la mirada fija en ellos, les dijo: —Para los hombres es imposible, pero para Dios no; porque para Dios todo es posible.
28Comenzó Pedro a decirle: —Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
29Jesús respondió: —En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio,
30que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna.
31Porque muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros. (Mt 20,17-19; Lc 18,31-34)
Tercer anuncio de la Pasión (10,32-45)
32Iban de camino subiendo a Jerusalén. Jesús los precedía y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo. Tomó de nuevo consigo a los doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder:
33—Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles;
34se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará. Petición de los hijos de Zebedeo
Mt 20,20-28
35Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: —Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.
36Él les dijo: —¿Qué queréis que os haga?
37Y ellos le contestaron: —Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.
38Y Jesús les dijo: —No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado?
39—Podemos –le dijeron ellos. Jesús les dijo: —Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado;
40pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto.
41Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan.
42Entonces Jesús les llamó y les dijo: —Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan.
43No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor;
44y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos:
45porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos. (Mt 20,29-34; Lc 18,35-43)
Curación del ciego Bartimeo (10,46-52)
46Llegan a Jericó. Y cuando salía él de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna.
47Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos: —¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!
48Y muchos le reprendían para que se callara. Pero él gritaba mucho más: —¡Hijo de David, ten piedad de mí!
49Se paró Jesús y dijo: —Llamadle. Llamaron al ciego diciéndole: —¡Ánimo!, levántate, te llama.
50El, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
51Jesús le preguntó: —¿Qué quieres que te haga? —Rabboni, que vea –le respondió el ciego.
TERCERA PARTE
52Entonces Jesús le dijo: —Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino. (Mt 21,1-11; Lc 19,28-40; Jn 12,12-19)
Notas de la Facultad de Teología (7)
8,31-10,52Tras la confesión de Pedro, el horizonte del evangelio cambia. Desde ese momento Jesús se dedica con mayor intensidad a la formación de sus discípulos mostrándoles la necesidad de su pasión para entrar en su gloria (8,31-9,13). Los tres anuncios de la pasión (8,31; 9,31; 10,33-34) son como el estribillo de esta parte del evangelio. Junto a esta nota, el relato está repleto de enseñanzas de Jesús sobre las virtudes y actitudes que deben presidir la vida de sus discípulos: la oración (9,14-29), la humildad (9,33-50), la pobreza (10,17-31), etc.
10,1-52La marcha de Jesús hacia Judea y Jerusalén (10,1) da un nuevo giro a la narración evangélica. Comienza con una controversia con los fariseos (10,2-12) que prepara la confrontación abierta en la Ciudad Santa (11,1-12,44). Jesús continúa las enseñanzas sobre su pasión a sus discípulos (10,32-45), aunque la mayor parte de la sección se dedica a diferentes aspectos de la vida del cristiano: el matrimonio, el seguimiento de Cristo, la pobreza, etc.
10,1-12El marco de la escena es frecuente en el evangelio. La actitud malintencionada de ciertos fariseos contrasta con la sencillez de la multitud que escucha con atención las enseñanzas. Cristo conoce la doblez de sus tentadores y por eso les pregunta qué «mandó» Moisés (v. 3). Los fariseos saben que no existe tal mandato, y por eso contestan que Moisés «permitió» el libelo de repudio (v. 4). Establecidas las condiciones de diálogo, Jesucristo explica que el verdadero mandato es el que Dios instituyó en el momento de la creación (Gn 2,24): «El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: «De manera que ya no son dos sino una sola carne» (Mt 19,6). «Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total» (Juan Pablo II, Fam. cons. 19). Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del matrimonio. Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común» (CCE 1644).
10,13-16El episodio, lleno de espontaneidad y viveza, recoge la actitud del Señor hacia los niños. Parece que al evangelista le faltan las palabras (cfr v. 16) para describir el cariño que les tiene Jesús. Pero del suceso saca también una enseñanza: el Reino de los Cielos es de los que lo reciben como un niño, es decir, no como algo merecido sino como un don recibido de Dios Padre: «Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños... rezar como rezan los niños» (S. Josemaría Escrivá, Sto. Rosar. prolog.).
10,17-31El relato recoge rasgos semejantes a los de la vocación de los discípulos (1,16-20; 2,14): la mirada del Señor y la llamada imperativa a seguirle (v. 21). El evangelista subraya además con viveza peculiar el aprecio de Jesús al joven por su conducta (vv. 20-21) y la tristeza de éste (v. 22), al no responder con generosidad a lo que le pedía Dios. La conducta del joven rico da ocasión a Jesús para volver a exponer la doctrina sobre el uso de los bienes materiales (vv. 23-31). El apego a ellos puede ser una verdadera idolatría (Mt 6,24; cfr Col 3,5) que impide el acceso al Reino de Dios (Lc 6,20.24). El Señor utiliza aquí una imagen (v. 25) que, sin duda, debió de suscitar la sonrisa de sus oyentes: las tribulaciones de un camello intentando pasar por un lugar que le queda demasiado estrecho. Por contra, la pobreza cristiana es un bien tan alto que llevaba a San Francisco de Asís a considerarla la «dama de su corazón»: «Ésta es aquella virtud que hace que el alma, viviendo en la tierra, converse en el cielo con los ángeles; ella acompañó a Cristo en la cruz, con Cristo fue sepultada, con Cristo resucitó, con Cristo subió al cielo; las almas que se enamoran de ella reciben, aun en esta vida, ligereza para volar al cielo, porque ella templa las armas de la amistad, de la humildad y de la caridad» (S. Francisco de Asís, Florecillas 13). Respondiendo a la pregunta de Pedro, Jesús expresa la parte positiva de la entrega por Él y por el Evangelio: además de la vida eterna, el discípulo, al ser y saberse hijo de Dios y hermano de sus hermanos, multiplica por cien lo que entregó. En esa promesa el Señor incluye las persecuciones (v. 30), pero aun éstas, como ya vivieron Pedro y los Apóstoles (Hch 5,40-41), engendran alegría cuando se sufren por Cristo.
10,32-45Camino ya de Jerusalén suceden estos dos episodios estrechamente enlazados también por sus contenidos. Jesús marcha decidido hacia Jerusalén (cfr v. 32). Sabe lo que va a ocurrir allí (vv. 33-34) y el sentido redentor que tiene su muerte (v. 45). Con la imagen del cáliz y el Bautismo (v. 38) evoca también lo doloroso de ese trance (cfr 14,36; Rm 6,4-5). Jesús asocia a sus discípulos en su destino particular pero recordándoles que, si Él vino a servir (v. 45), es el servicio lo que caracterizará a quien haga sus veces (v. 43; cfr Jn 13,14-17): «No se mueve la Iglesia por ninguna ambición terrena, sólo pretende una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito, la obra del mismo Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (C. Vat. II, Gaud. et sp. 3).
10,46-52Marcos relata en este milagro un sinnúmero de detalles que informan sobre la condición de Bartimeo (v. 46) y su actitud ante Jesús: la fuerza y la insistencia de su petición (vv. 47-48), la despreocupación por sus cosas ante la llamada (v. 50), la fe y la sencillez en su diálogo con el Señor (v. 51). Como consecuencia de su fe, la situación de Bartimeo cambia radicalmente: de estar ciego y junto al camino (v. 46) ha pasado a recobrar la vista y a seguir a Jesús por su camino (v. 52). «La fe que Él nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba» (S. Josemaría Escrivá, Hom. 2. 198).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
