Capítulo 11
MINISTERIO EN JERUSALÉN (§ 11,1-16-20)
VIII. PURIFICACIÓN DEL TEMPLO Y CONTROVERSIAS (11,1-12,44)
Entrada del Mesías en la Ciudad Santa (11,1-11)
1Al acercarse a Jerusalén, a Betfagé y Betania junto al Monte de los Olivos, envió a dos de sus discípulos
2y les dijo: —Id a la aldea que tenéis enfrente y nada más entrar en ella encontraréis un borrico atado, en el que todavía no ha montado nadie; desatadlo y traedlo.
3Y si alguien os dice: «¿Por qué hacéis eso?», respondedle: «El Señor lo necesita y enseguida lo devolverá aquí».
4Se marcharon y encontraron un borrico atado junto a una puerta, fuera, en un cruce de caminos, y lo desataron.
5Algunos de los que estaban allí les decían: —¿Qué hacéis desatando el borrico?
6Ellos les respondieron como Jesús les había dicho, y se lo permitieron.
7Entonces llevaron el borrico a Jesús, echaron encima sus mantos, y se montó sobre él.
8Muchos extendieron sus mantos en el camino, otros el ramaje que cortaban de los campos.
9Los que iban delante y los que seguían detrás gritaban: —¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
10¡Bendito el Reino que viene, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!
11Y entró en Jerusalén en el Templo; y después de observar todo atentamente, como ya era hora tardía, salió para Betania con los doce. (Mt 21,12-22; Lc 19,45-48; Jn 2,13-25)
Maldición de la higuera y expulsión de los mercaderes del Templo (11,12-25)
12Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre.
13Viendo de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó por si encontraba algo en ella, pero cuando llegó no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos.
14Y la increpó: —Que nunca jamás coma nadie fruto de ti. Y sus discípulos lo estaban escuchando.
15Llegaron a Jerusalén. Y, entrando en el Templo, comenzó a expulsar a los que vendían y a los que compraban en el Templo, y volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas.
16Y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo.
17Y les enseñaba diciendo: —¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las nacione s? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en una cueva de ladrone s.
18Lo oyeron los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y buscaban el modo de acabar con él; pues le temían, ya que toda la muchedumbre quedaba admirada de su enseñanza.
19Y al atardecer salieron de la ciudad.
20Por la mañana, al pasar, vieron que la higuera se había secado de raíz.
21Y acordándose Pedro, le dijo: —Rabbí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.
22Jesús les contestó: —Tened fe en Dios.
23En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: «Arráncate y échate al mar», sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido.
24Por tanto os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá.
25Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad si tenéis algo contra alguno, a fin de que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestros pecados. (
26) (Mt 21,23-27; Lc 20,1-8)
Potestad de Jesús (11,27-33)
27Llegaron de nuevo a Jerusalén. Y mientras paseaba por el Templo, se le acercaron los príncipes de los sacerdotes, los escribas y los ancianos,
28y le dijeron: —¿Con qué potestad haces estas cosas? ¿O quién te ha dado tal potestad para hacerlas?
29Jesús les contestó: —Os voy a hacer una pregunta. Respondedme, y os diré con qué potestad hago estas cosas:
30el bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme.
31Y deliberaban entre sí: «Si decimos que del cielo replicará: «¿Por qué, pues, no le creísteis?»
32Pero ¿vamos a decir que de los hombres?» Temían a la gente; pues todos tenían a Juan como a un verdadero profeta.
33Y respondieron a Jesús: —No lo sabemos. Entonces Jesús les dijo: —Pues tampoco yo os digo con qué potestad hago estas cosas. (Mt 21,33-46; Lc 20,9-19)
Notas de la Facultad de Teología (5)
11,1-16-20Los seis últimos capítulos del Evangelio de Marcos relatan la actividad de Jesús durante la última semana de su vida terrena en Jerusalén. La importancia que el evangelista concede a los acontecimientos ocurridos viene señalada por la multitud de detalles cronológicos y topográficos que recoge. El primer día (11,1-19), Jesús entra triunfalmente en Jerusalén y realiza la purificación del Templo. La pregunta de los fariseos sobre la potestad con la que hizo esa purificación (11,28) inicia las controversias con los príncipes de los sacerdotes, los escribas, los ancianos, los herodianos y los saduceos (11,27-12,40); controversias que se interrumpen para dar paso al discurso escatológico. Junto a las controversias, el evangelista ha recogido en dos ocasiones (11,18; 12,12) la indicación de que los jefes religiosos buscaban prender a Jesús. La ocasión se presenta con Judas (14,1-2.10-11), y desde entonces el evangelio va anotando las afrentas que sufre Jesús hasta su muerte. Pero no muere por una decisión de sus perseguidores, sino porque así estaba escrito (14,21). Por eso la última palabra no la tiene la muerte sino la resurrección (14,28). Si la primera parte del evangelio concluía con la confesión de Pedro en la que proclamaba que Jesús era el Cristo (cfr 8,29), esta tercera parte tendrá su culminación en la frase del centurión al confesar que Jesús es «Hijo de Dios» (15,39). Estos eran precisamente los dos títulos de Jesús con los que Marcos abría el evangelio (cfr 1,1).
11,1-12,44Comienza el relato con la entrada en Jerusalén y sigue con la purificación del Templo y las controversias con los judíos. Con los dos primeros actos, Jesús realiza las obras del Mesías anunciado (11,1-33). La parábola de los viñadores homicidas (12,1-12) da la clave para interpretar todos los sucesos que el evangelista sitúa en esos días: Israel ha rechazado el don de Dios y, por ello, Dios se creará un nuevo pueblo a través de una Nueva Alianza en su Hijo.
11,1-11Con la entrada en Jerusalén, Jesús se manifiesta como el Mesías prometido (cfr Za 9,9). Pero además, con sus gestos, deja intuir la grandeza de su ser. En efecto, las multitudes, como antes Bartimeo (10,47-48), le tienen como el Mesías descendiente de David. Jesús anticipa ahora una corrección a ese título que después hará explícita (12,35-37), llamándose a sí mismo «Señor» (v. 3) y mostrando su efectivo señorío sobre las criaturas. «Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo» (CCE 450).
11,12-25El segundo día de la semana Jesús realiza otros signos reveladores de su carácter de Mesías Salvador: en el Templo con sus acciones aparentemente violentas cumple las profecías según las cuales éste tenía que ser purificado (Ml 3,1-5; Za 14,21) para ser lugar de oración para todas las gentes (Is 56,7). El episodio está enmarcado en otro que le es afín: la maldición de la higuera. Con un gesto simbólico semejante al que realizaron los profetas (Jr 19,1 13;Ez 4,1-3; 5,1-6; etc.), Jesús indica que Israel, como aquella higuera, no ha dado los frutos que Dios esperaba (cfr 12,1-12); la destrucción del Templo (cfr 13,2) no es más que la purificación necesaria. Este culto externo sin la adecuada disposición interior es también una tentación para nosotros y objeto de meditación en los Padres: «También tú, si no quieres ser condenado por Cristo, debes guardarte de ser árbol estéril, para poder ofrecer a Jesús, que se ha hecho pobre, el fruto de piedad que necesita» (S. Beda, In Mc Ev. exp. in loc.). Muchos manuscritos añaden (v. 26): «Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados», tomándolo tal vez de Mt 6,15.
11,27-33Comienza la tercera jornada en Jerusalén. Se compone de diversas enseñanzas de Jesús, muchas de las cuales están enmarcadas en polémica con los miembros del judaísmo oficial. Éstos buscaban el modo de perderle (cfr 11,18) y por eso le piden cuentas de su acción en el Templo. Jesús, entonces, les sitúa ante la verdadera cuestión: aceptar o no el ministerio de Juan Bautista como Precursor. Porque aceptar a Juan es reconocer también el ministerio de Jesucristo. Aquellos hombres, como anota el evangelista, no estaban dispuestos a este reconocimiento y su ceguera condujo a Jesús a la muerte.
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
