Capítulo 1
I. PREPARACIÓN DEL MINISTERIO DE JESÚS (1,1-13)
Ministerio de San Juan Bautista (1,1-8)
1,19-34) 1 Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
2Como está escrito en el profeta Isaías: Mira que envío a mi mensajero delante de t i, para que vaya preparando tu camin o.
3Voz del que clama en el desiert o: «Preparad el camino del Seño r, haced rectas sus sendas ».
4Apareció Juan Bautista en el desierto predicando un bautismo de penitencia para remisión de los pecados.
5Y toda la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.
6Juan llevaba un vestido de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura y comía langostas y miel silvestre.
7Y predicaba: —Después de mí viene el que es más poderoso que yo, ante quien yo no soy digno de inclinarme para desatarle la correa de las sandalias.
8Yo os he bautizado en agua, pero él os bautizará en el Espíritu Santo. (Mt 3,13-17; Lc 3,21-22)
Bautismo de Jesús (1,9-11)
9Y sucedió que en aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán.
10Y nada más salir del agua vio los cielos abiertos y al Espíritu que, en forma de paloma, descendía sobre él;
11y se oyó una voz desde los cielos: —Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido. (Mt 4,1-11; Lc 4,1-13)
Tentaciones de Jesús (1,12-13)
12Enseguida el Espíritu lo impulsó hacia el desierto.
13Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás. Estaba con los animales, y los ángeles le servían. (Mt 4,12-17; Lc 4,14-15)
PRIMERA PARTE MINISTERIO DE JESUS EN GALILEA (§ 1,14-8,30)
II. COMIENZOS DEL MINISTERIO DE JESÚS (1,14-3,35)
Predicación de Jesús (1,14-15)
14Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios,
15y diciendo: —El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio. (Mt 4,18-25; Lc 5,1-11; Jn 1,35-51)
Vocación de los primeros discípulos (1,16-20)
16Y, mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores.
17Y les dijo Jesús: —Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres.
18Y, al momento, dejaron las redes y le siguieron.
19Y pasando un poco más adelante, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano, que estaban en la barca remendando las redes;
20y enseguida los llamó. Y dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él.
Jesús en la sinagoga de Cafarnaún (1,21-28)
Lc 4,31-37
21Entraron en Cafarnaún y, en cuanto llegó el sábado, fue a la sinagoga y se puso a enseñar.
22Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas.
23Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro,
24que comenzó a gritar: —¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!
25Y Jesús le conminó: —¡Cállate, y sal de él!
26Entonces, el espíritu impuro, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él.
27Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos: —¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen.
28Y su fama corrió pronto por todas partes, en toda la región de Galilea. (Mt 8,14-15; Lc 4,38-39)
Curación de la suegra de San Pedro (1,29-34)
29En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan.
30La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella.
31Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles. Otras curaciones (Mt 8,16-17; Lc 4,40-41)
32Al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos los enfermos y a los endemoniados.
33Y toda la ciudad se agolpaba en la puerta.
34Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios, y no les permitía hablar porque sabían quién era.
Sale a un lugar solitario para orar (1,35-39)
Lc 4,42-44
35De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración.
36Salió a buscarle Simón y los que estaban con él,
37y cuando lo encontraron le dijeron: —Todos te buscan.
38Y les dijo: —Vámonos a otra parte, a las aldeas vecinas, para que predique también allí, porque para esto he venido.
39Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios. (Mt 8,1-4; Lc 5,12-16)
Curación de un leproso (1,40-45)
40Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: —Si quieres, puedes limpiarme.
41Y, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: —Quiero, queda limpio.
42Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.
43Enseguida le conminó y le despidió.
44Le dijo: —Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés por tu curación, para que les sirva de testimonio.
45Sin embargo, en cuanto se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Pero acudían a él de todas partes. (Mt 9,1-8; Lc 5,17-26)
Notas de la Facultad de Teología (12)
1,1-13Estos versículos son una especie de prólogo. Nos presentan a Jesús en su doble naturaleza: como Dios cuya venida a su pueblo debía ser precedida por su mensajero (vv. 2-3; (cfr Ml 3,1), y como hombre sometido a la tentación e igual en todo a los hombres, excepto en el pecado (vv. 12-13; cfr Hb 4,15). El Bautismo de Jesús, centro de la narración, manifiesta su condición de Hijo de Dios. El versículo inicial viene a ser como el pórtico de todo el Evangelio según San Marcos: Jesús de Nazaret es el Mesías («Jesucristo») y también Hijo de Dios; con Él llega el momento de la salvación («comienzo») ya que El mismo es la Buena noticia de la salvación («Evangelio»).
1,1-8San Juan Bautista es presentado, por medio de una cita de los profetas y también por sus acciones de signo profético, como el nexo de continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: es el último de los Profetas y el primero de los testigos de Cristo. La descripción de la vida sobria del Bautista es acorde con el contenido de su predicación: es necesaria una purificación para recibir al Mesías. La grandeza de Jesús como Mesías la señala Juan cuando no se considera digno de desatar a Jesús la correa de las sandalias (v. 7). Si se tiene presente que desatar la correa de las sandalias a alguien se consideraba tan humillante que estaba prohibido exigirlo a un esclavo judío, se comprende mejor la expresividad de las palabras del Bautista.
1,9-11El relato del Bautismo de Jesús recuerda que Éste acudió a ser bautizado por Juan aun cuando no tenía necesidad de un bautismo de penitencia. El evangelista se fija sobre todo en la manifestación, por parte de la Trinidad, de Jesús como Hijo y como Mesías. Así lo indican tanto la voz de los cielos como el descenso del Espíritu sobre Jesucristo. Los Padres de la Iglesia entendieron la manifestación del Espíritu Santo en forma de paloma como un signo de paz y de reconciliación (cfr Gn 8,10-11) ofrecida por Dios a los hombres en Cristo. Por parte de Jesús, el Bautismo representa «la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29); anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta. Viene ya a «cumplir toda justicia» (Mt 3,15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. (CCE 536).
1,12-13Marcos sólo cuenta el hecho de las tentaciones; no describe cada una como hacen Mateo y Lucas. De esta forma pasa enseguida a narrar la actividad pública para la que Jesús se había preparado en el desierto.
1,14-8,30El Evangelio de Marcos es semejante en su estructura a la primera predicación de los Apóstoles: «Vosotros sabéis lo ocurrido por toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan: cómo a Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y poder, y cómo pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,37-38). En esta primera parte (1,14-8,30) el evangelista nos va describiendo la actividad docente y curativa de Jesús por Galilea y regiones vecinas. Ante sus milagros y sus palabras, las gentes se preguntan: «¿Quién es éste?», (cfr 1,27; 2,7.12; 3,32; 4,41; 6,2.14-16, etc.) y no aciertan a descubrirlo. Sólo San Pedro (cfr 8,29) sabrá hacerlo confesando que Jesús es el Mesías. Pero, aun entonces, Jesús pide a sus discípulos que no lo proclamen porque su mesianismo debe pasar por la cruz.
1,14-3,35La narración del ministerio público de Jesús se abre presentando el resumen de su predicación (1,14-15): la urgencia de conversión para entrar en el reino de Dios. Después se ofrecen algunos episodios de la actividad inicial de Cristo en Cafarnaún y en algunos lugares vecinos. Esta actuación suscita el asombro y la admiración de la gente (1,27-28.37.45; 2,2.12, etc.) y la oposición de escribas y fariseos (2,6.16.23-24; 3,6, etc.). También se recoge aquí la llamada del Señor a sus discípulos hasta formar después el grupo de los Doce Apóstoles (3,13-19). De esta manera quedan presentados todos los personajes que intervendrán después en el drama que llevó a Jesús a la muerte. Nosotros, lectores del evangelio, podemos contemplar cómo actuaba y enseñaba Jesús en su primera etapa de ministerio público: se nos narra, por ejemplo, una jornada en la vida del Maestro (1,21-38), su trabajo agotador, sus sentimientos de compasión (1,41) o de indignación (3,5), etc.
1,14-15Que Jesús comience su predicación cuando cesó la del Bautista está indicando que la etapa de las promesas ha finalizado ya, y que con Él y sus palabras comienza el Reino de Dios y, por tanto, la salvación: «Jesús mismo, Evangelio de Dios, ha sido el primero y el más grande evangelizador» (Pablo VI, Evang. nunt. 7).
1,16-20La elección de los Doce por Jesús fue original. En su tiempo, los jóvenes judíos piadosos que deseaban profundizar en el conocimiento y práctica de la Ley de Moisés, procuraban ser admitidos entre el grupo de algún maestro o rabino. Eran los discípulos los que elegían al maestro. En cambio, Jesús es el que llama a algunos, a los que Él quiere, para que sean sus discípulos, y hace esa llamada con autoridad. Dios pasa y llama. Si no se le responde «al momento» (v. 18), Él puede seguir su camino y nosotros perderlo de vista.
1,21-28Tanto el evangelista (v. 22) como la muchedumbre (v. 27) proclaman con admiración que Jesús enseñaba «con potestad». A lo largo de estos primeros capítulos del evangelio, Jesús irá mostrando que su potestad abarca muchas más cosas: las enfermedades y los demonios (1,29-34), las leyes rituales (2,18-28), etc.
1,29-34Ahora Jesús manifiesta también su poder sobre la enfermedad y sobre el demonio. Al final del pasaje se recoge la prohibición a los demonios de divulgar su identidad. Esta prohibición se repite, como un estribillo, en los primeros pasos de la actividad de Cristo: así, ordena silencio a los discípulos (8,30; 9,9), a los enfermos que cura (1,44; 5,43; 7,36; 8,26), y a los demonios que le reconocen (1,25.34; 3,12), pero de los que no acepta el testimonio. Este proceder puede explicarse como pedagogía divina para purificar la idea del Mesías que tenían la mayoría de sus contemporáneos: Jesús quiere que se entienda su misión a la luz de la cruz.
1,35-39Son muchos los lugares en los que el Nuevo Testamento refiere la oración de Jesús, mostrando así el modelo de conducta para el cristiano. San Marcos presenta explícitamente la oración de Jesucristo «a solas» en tres momentos solemnes: aquí, al comienzo de su ministerio público (1,35), en el centro de su actividad (6,46), y al final, en Getsemaní (14,32). «Al emprender cada jornada para trabajar junto a Cristo, y atender a tantas almas que le buscan, convéncete de que no hay más que un camino: acudir al Señor. –¡Solamente en la oración, y con la oración, aprendemos a servir a los demás!» (S. Josemaría Escrivá, Forja, 72).
1,40-45En la lepra, enfermedad repugnante, se veía un castigo de Dios (cfr Nm 12,10-15; Lv 13ss.). El enfermo era declarado impuro por la Ley y por eso se le obligaba a vivir aislado para no transmitir la impureza a las personas y a las cosas que tocaba (Nm 5,12; 12,14ss.). La desaparición de esta enfermedad se consideraba una de las bendiciones del momento de la llegada del Mesías (cfr Is 35,8; Mt 11,5; Lc 7,22). En los gestos y palabras del leproso se percibe su oración, llena de fe, y el entusiasmo por haber sido sanado; en los gestos y palabras de Jesús, su misericordia, grandeza y majestad al curarle: «Aquel hombre se arrodilla postrándose en tierra –lo que es señal de humildad y de vergüenza–, para que cada uno se avergüence de las manchas de su vida. Pero la vergüenza no ha de impedir la confesión: el leproso mostró la llaga y pidió el remedio. Su confesión está llena de piedad y de fe. «Si quieres», dice, «puedes»: esto es, reconoció que el poder curarse estaba en manos del Señor» (S. Beda, In Mc Ev. exp. in loc.).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
