Marcos

Capítulo 3

Curación del hombre de la mano seca (3,1-6)

1De nuevo entró en la sinagoga. Había allí un hombre que tenía la mano seca.

2Le observaban de cerca por si lo curaba en sábado, para acusarle.

3Y le dice al hombre que tenía la mano seca: —Ponte de pie en medio.

4Y les dice: —¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o quitársela? Ellos permanecían callados.

5Entonces, mirando con ira a los que estaban a su alrededor, entristecido por la ceguera de sus corazones, le dice al hombre: —Extiende la mano. La extendió, y su mano quedó curada.

6Nada más salir, los fariseos con los herodianos llegaron a un acuerdo contra él, para ver cómo perderle.

Sana a muchos junto al mar de Galilea (3,7-12)

7Jesús se alejó con sus discípulos hacia el mar. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea y de Judea.

8También de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán y de los alrededores de Tiro y de Sidón, vino hacia él una gran multitud al oír las cosas que hacía.

9Y les dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una pequeña barca, por causa de la muchedumbre, para que no le aplastasen;

10porque sanaba a tantos, que todos los que tenían enfermedades se le echaban encima para tocarle.

11Y los espíritus impuros, cuando lo veían, se arrojaban a sus pies y gritaban diciendo: —¡Tú eres el Hijo de Dios!

12Y les ordenaba con mucha fuerza que no le descubriesen. (Mt 10,1-4; Lc 6,12-16)

Elección de los Doce Apóstoles (3,13-19)

13Y subiendo al monte llamó a los que él quiso, y fueron donde él estaba.

14Y constituyó a doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar

15con potestad de expulsar demonios:

16a Simón, a quien le dio el nombre de Pedro;

17a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes les dio el nombre de Boanerges, es decir, «hijos del trueno»;

18a Andrés, a Felipe, a Bartolomé, a Mateo, a Tomás, a Santiago el de Alfeo, a Tadeo, a Simón el Cananeo

19y a Judas Iscariote, el que le entregó.

Inquietud de los parientes de Jesús (3,20-30)

20Entonces llegó a casa; y se volvió a juntar la muchedumbre, de manera que no podían ni siquiera comer.

21Se enteraron sus parientes y fueron a llevárselo porque decían que había perdido el juicio. Calumnia de los escribas. Pecado contra el Espíritu Santo (Mt 12,22-32; Lc 11,14-26)

22Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: —Tiene a Beelzebul, y expulsa los demonios por el príncipe de los demonios.

23Y convocándolos les decía con parábolas: —¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás?

24Si un reino está dividido en su interior, ese reino no puede sostenerse;

25y si una casa está dividida en su interior, esa casa no podrá sostenerse.

26Y si Satanás se levanta contra sí mismo, entonces se encuentra dividido y no puede sostenerse, sino que ha llegado su fin.

27Pues nadie puede entrar en la casa de uno que es fuerte y arrebatarle sus bienes, si antes no ata al que es fuerte. Sólo entonces podrá arrebatarle su casa.

28»En verdad os digo que todo se les perdonará a los hijos de los hombres: los pecados y cuantas blasfemias profieran;

29pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo jamás tendrá perdón, sino que será reo de delito eterno.

30Porque ellos decían: —Tiene un espíritu impuro. (Mt 12,46-50; Lc 8,19-21)

El verdadero parentesco con Jesús (3,31-35)

31Vinieron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, enviaron a llamarlo.

32Y estaba sentada a su alrededor una muchedumbre, y le dicen: —Mira, tu madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan fuera.

33Y, en respuesta, les dice: —¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos?

34Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dice: —Éstos son mi madre y mis hermanos:

35quien hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre. Parábola del sembrador (Mt 13,1-23; Lc 8,4-18)

Notas de la Facultad de Teología (7)

1,14-8,30El Evangelio de Marcos es semejante en su estructura a la primera predicación de los Apóstoles: «Vosotros sabéis lo ocurrido por toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan: cómo a Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y poder, y cómo pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,37-38). En esta primera parte (1,14-8,30) el evangelista nos va describiendo la actividad docente y curativa de Jesús por Galilea y regiones vecinas. Ante sus milagros y sus palabras, las gentes se preguntan: «¿Quién es éste?», (cfr 1,27; 2,7.12; 3,32; 4,41; 6,2.14-16, etc.) y no aciertan a descubrirlo. Sólo San Pedro (cfr 8,29) sabrá hacerlo confesando que Jesús es el Mesías. Pero, aun entonces, Jesús pide a sus discípulos que no lo proclamen porque su mesianismo debe pasar por la cruz.

1,14-3,35La narración del ministerio público de Jesús se abre presentando el resumen de su predicación (1,14-15): la urgencia de conversión para entrar en el reino de Dios. Después se ofrecen algunos episodios de la actividad inicial de Cristo en Cafarnaún y en algunos lugares vecinos. Esta actuación suscita el asombro y la admiración de la gente (1,27-28.37.45; 2,2.12, etc.) y la oposición de escribas y fariseos (2,6.16.23-24; 3,6, etc.). También se recoge aquí la llamada del Señor a sus discípulos hasta formar después el grupo de los Doce Apóstoles (3,13-19). De esta manera quedan presentados todos los personajes que intervendrán después en el drama que llevó a Jesús a la muerte. Nosotros, lectores del evangelio, podemos contemplar cómo actuaba y enseñaba Jesús en su primera etapa de ministerio público: se nos narra, por ejemplo, una jornada en la vida del Maestro (1,21-38), su trabajo agotador, sus sentimientos de compasión (1,41) o de indignación (3,5), etc.

3,1-6Este episodio viene a ratificar que Jesús es «señor del sábado». Es el Mesías con poder divino y lo manifiesta en las curaciones que realiza. Los que levantan acusaciones contra él no saben leer la evidencia. La actitud hipócrita de fariseos y herodianos justifica la indignación y la tristeza del Señor.

3,7-12El anuncio del Evangelio, con obras y palabras, ha traspasado las estrechas fronteras de Galilea y congrega junto a Jesús a multitudes de toda Palestina: es un preludio de la universalidad del Evangelio (vv. 7-8). Las gentes se agolpan en torno al Señor (vv. 9-10): esto no es sino una imagen de lo que se repite en todos los cristianos de cualquier época, porque la Humanidad Santísima del Señor es el único camino para nuestra salvación y el medio insustituible para unirnos con Dios.

3,13-19Junto a los grupos señalados antes –las muchedumbres, los discípulos, y también los espíritus inmundos– el evangelio presentará ahora a otros grupos: los escribas y fariseos, los parientes de Jesús, su Madre, etc. Cada uno de ellos se caracteriza por su reacción ante Jesús. El evangelista subraya de una manera especial el grupo de los Doce (v. 14). El que Jesús elija precisamente Doce Apóstoles tiene un profundo significado. Su número corresponde al de los doce Patriarcas de Israel: los Apóstoles representan al nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia fundada por Cristo (cfr nota a Mt 10,1-4). En la descripción de lo que son los Apóstoles, el evangelio señala cuatro características: llamada voluntaria y gratuita de parte del Señor, respuesta de los hombres, unión con Cristo y envío al mundo para predicar (cfr 1,16-18; 16,20). Se advierte de esta manera la importancia del trato con Jesús para la eficacia apostólica: «Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo» (CCE 864).

3,20-30La actividad del Redentor aparece a los ojos humanos como una locura (v. 21). Así se presenta también en otros lugares del Nuevo Testamento (cfr 6,3), de modo semejante a como fue vista muchas veces la actuación de los profetas (cfr por ejemplo Jr 12,6). Peor que lo que piensan los parientes de Jesús es la acusación de los escribas bajados de Jerusalén. Ellos reconocen el poder de Jesús sobre los demonios, pero llegan a imputar al diablo lo que son obras de Dios. Jesús explica, con unas comparaciones (vv. 23-27), la contradicción de la acusación de los escribas. Después, ante la ceguera de sus corazones, Jesús, que había mostrado su misericordia perdonando a los pecadores y comiendo con ellos, advierte cuan difícil será el perdón para quienes voluntariamente se cierran al conocimiento de la verdad (cfr nota a Mt 12,22-37).

3,31-35Este pasaje distingue explícitamente a la Madre y a los «hermanos» de Jesús (v. 31) de los otros parientes (v. 21) que le tomaban por loco. Para la expresión «hermanos de Jesús», cfr nota a Mt 12,46-50. La escena aquí relatada señala una característica primordial del cristiano: el cumplimiento de la voluntad de Dios supone un parentesco con Cristo más estrecho que el parentesco natural de sangre. Por eso la inclusión aquí de la Madre de Jesús es muy significativa ya que Ella, más que nadie, «acogió las palabras con las que el Hijo, exaltando el Reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que escuchan y guardan la palabra de Dios como ella lo hacía fielmente» (C. Vat. II, Lum. gent. 58).

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Marcos 3 — Parroquia Jesús Obrero