Capítulo 4
III. PARÁBOLAS DEL REINO DE DIOS (4,1-34)
1De nuevo comenzó a enseñar al lado del mar. Y se reunió en torno a él una muchedumbre tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, en el mar, mientras toda la muchedumbre permanecía en tierra, en la orilla.
2Les explicaba con parábolas muchas cosas, y les decía en su enseñanza:
3—Escuchad: salió el sembrador a sembrar.
4Y ocurrió que, al echar la semilla, parte cayó junto al camino, y vinieron los pájaros y se la comieron.
5Parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotó pronto, por no ser hondo el suelo;
6pero cuando salió el sol se agostó, y se secó porque no tenía raíz.
7Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron, y no dio fruto.
8Y otra cayó en tierra buena, y comenzó a dar fruto: crecía y se desarrollaba; y producía el treinta por uno, el sesenta por uno y el ciento por uno.
9Y decía: —El que tenga oídos para oír, que oiga.
Sentido de las parábolas (4,10-12)
10Y cuando se quedó solo, los que le acompañaban junto con los doce le preguntaron por el significado de las parábolas.
11Y les decía: —A vosotros se os ha concedido el misterio del Reino de Dios; en cambio, a los que están fuera todo se les anuncia con parábolas,
12de modo que los que miran miren y no vea n, y los que oyen oigan pero no entienda n, no sea que se conviertan y se les perdon e.
13Y les dice: —¿No entendéis esta parábola? ¿Y cómo podréis entender las demás parábolas?
14El que siembra, siembra la palabra.
15Los que están junto al camino donde se siembra la palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, al instante viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos.
16Los que reciben la semilla sobre terreno pedregoso son aquellos que, cuando oyen la palabra, al momento la reciben con alegría,
17pero no tienen en sí raíz, sino que son inconstantes; y después, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropiezan y caen.
18Hay otros que reciben la semilla entre espinos: son aquellos que han oído la palabra,
19pero las preocupaciones de este mundo, la seducción de las riquezas y los apetitos de las demás cosas les asedian, ahogan la palabra y queda estéril.
20Y los que han recibido la semilla sobre la tierra buena son aquellos que oyen la palabra, la reciben y dan fruto: el treinta por uno, el sesenta por uno y el ciento por uno.
21Y les decía: Parábolas de la lámpara y de la medida (Mt 7,1-2; Lc 8,16-18) —¿Acaso se enciende la lámpara para ponerla debajo de un celemín o debajo de la cama? ¿No se pone sobre un candelero?
22Pues no hay cosa escondida que no vaya a saberse, ni secreto que no acabe por hacerse público.
23Si alguno tiene oídos para oír, que oiga.
24Y les decía: —Prestad atención a lo que oís. Con la medida con que midáis se os medirá y hasta se os dará de más.
25Porque al que tiene se le dará; y al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará.
26Y decía: Parábolas de la semilla y del grano de mostaza (Mt 13,31-33; Lc 13,18-19) —El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra,
27y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo.
28Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga.
29Y en cuanto está a punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega.
30Y decía: —¿A qué se parecerá el Reino de Dios?, o ¿con qué parábola lo compararemos?
31Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra;
32pero, una vez sembrado, crece y llega a hacerse mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, hasta el punto de que los pájaros del cielo pueden anidar bajo su sombra. Conclusión del discurso de las parábolas
Mt 13,34
33Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender;
34y no les solía hablar nada sin parábolas. Pero a solas, les explicaba todo a sus discípulos. (Mt 8,23-27; Lc 8,22-25)
IV. MILAGROS Y ACTIVIDAD DE JESÚS EN GALILEA (4,35-6,6)
La tempestad calmada (4,35-41)
35Aquel día, llegada la tarde, les dice: —Crucemos a la otra orilla.
36Y, despidiendo a la muchedumbre, le llevaron en la barca tal como estaba. Y le acompañaban otras barcas.
37Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, hasta el punto de que la barca ya se inundaba.
38Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal. Entonces le despiertan, y le dicen: —Maestro, ¿no te importa que perezcamos?
39Y, puesto en pie, increpó al viento y dijo al mar: —¡Calla, enmudece! Y se calmó el viento y sobrevino una gran calma.
40Entonces les dijo: —¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?
41Y se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: —¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen? (Mt 8,28-34; Lc 8,26-39)
Notas de la Facultad de Teología (5)
1,14-8,30El Evangelio de Marcos es semejante en su estructura a la primera predicación de los Apóstoles: «Vosotros sabéis lo ocurrido por toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan: cómo a Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y poder, y cómo pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,37-38). En esta primera parte (1,14-8,30) el evangelista nos va describiendo la actividad docente y curativa de Jesús por Galilea y regiones vecinas. Ante sus milagros y sus palabras, las gentes se preguntan: «¿Quién es éste?», (cfr 1,27; 2,7.12; 3,32; 4,41; 6,2.14-16, etc.) y no aciertan a descubrirlo. Sólo San Pedro (cfr 8,29) sabrá hacerlo confesando que Jesús es el Mesías. Pero, aun entonces, Jesús pide a sus discípulos que no lo proclamen porque su mesianismo debe pasar por la cruz.
4,1-34En este discurso recogido por San Marcos se distinguen tres tipos de parábolas: la del sembrador (vv. 3-20), las de la lámpara y la medida (vv. 21-25) y las de la semilla y la mostaza (vv. 26-32). Todas aluden al Reino de Dios, aunque desde perspectivas distintas (cfr nota a Mt 13,1-52). En los inicios su predicación, Cristo anuncia la llegada del Reino de Dios (1, 15). Sin embargo, como muestra la parábola del sembrador, este Reino no se presenta grandioso y avasallador según suponían muchos contemporáneos de Jesús. Nace con la persona y la predicación de Jesús, pero sus frutos dependen de las disposiciones y de la acogida de los hombres (vv. 14-20). Es necesario que los hombres tengamos una actitud vigilante (vv. 23-25), que no dejemos de ser testigos de la palabra de Dios (vv. 21-22) y que no juzguemos el Reino por la pequeñez de los comienzos porque, sin que sepamos cómo, dará fruto (vv. 26-29), un fruto que supera las previsiones que humanamente cabría esperar (vv. 30-32).
4,10-12El Reino de Dios es un misterio. Si los Doce y los otros discípulos lo han conocido y entendido (cfr Mt 13,51) ha sido por un don de Dios (v. 11; cfr Mt 13,11). Los discípulos se distinguen de los que «están fuera», expresión con la que se designaba a los gentiles, pero que aquí se aplica a los mismos judíos que no quieren comprender las señales que Jesús realiza (cfr Lc 12,41). En ellos se cumplen las palabras del profeta Isaías (Is 6,9-10). En las palabras de Jesús que introducen el texto de Isaías, la expresión «de modo que» (v. 12) puede desconcertar a primera vista. El Señor hace uso de un giro frecuente en los textos bíblicos (cfr Ex 4,21; 7,3.13.22; etc.) según el cual se atribuyen a Dios las acciones de los hombres. Es la manera de indicar el misterio de la gracia de Dios y de la cooperación humana en las acciones salvíficas. También Dios, a quienes le buscan con sinceridad, les «abre el corazón para comprender» sus palabras (cfr Hch 16,14).
4,35-6,6Tras la enseñanza en parábolas, Marcos narra una serie de milagros. La sección se abre y se cierra con dos pasajes en los que se plantea la pregunta central del evangelio: «¿Quién es éste?» (cfr 4,41; 6,2-3). Los discípulos van madurando una respuesta que expresará después San Pedro (cfr 8,29). Entretanto, con la admiración cada vez mayor de los discípulos y de las gentes (cfr 4,41; 5,20.42; 6,2), la confesión de los demonios no aceptada por Jesús (cfr 5,7) y el escándalo de sus paisanos (cfr 6,3), los lectores somos invitados continuamente a ratificar nuestra fe en Jesucristo.
4,35-41El mar, en muchos lugares de la Biblia, representa el lugar de las fuerzas antagónicas que sólo Dios puede dominar (cfr Sal 65,8; 93,4; 107,23-30). Al doblegarlo con el imperio de su voz (v. 39), Jesús se presenta con el poder de Dios; de ahí la pregunta de sus discípulos (v. 41). La escena ha sido entendida como un paradigma de la acción de Jesús en su Iglesia. En ocasiones, también nos parece que Jesús duerme, pero nuestra oración le «despierta», acude en nuestra ayuda y vuelve la calma.
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
