Capítulo 17
La Transfiguración (17,1-13)
1Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos.
2Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz.
3En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él.
4Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús: —Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
5Todavía estaba hablando, cuando una nube de luz los cubrió y una voz desde la nube dijo: —Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle.
6Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor.
7Entonces se acercó Jesús y los tocó y les dijo: —Levantaos y no tengáis miedo.
8Al alzar sus ojos no vieron a nadie: sólo a Jesús.
9Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: —No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos.
10Sus discípulos le preguntaron: —¿Por qué entonces dicen los escribas que Elías debe venir primero?
11Él les respondió: —Elías ciertamente vendrá y restablecerá todas las cosas.
12Pero yo os digo que Elías ya ha venido y no lo han reconocido, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del Hombre va a padecer a manos de ellos.
13Entonces comprendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista. (Mc 9,14-29; Lc 9,37-43)
Curación del muchacho lunático (17,14-20)
14Al llegar donde la multitud, se acercó a él un hombre, se puso de rodillas
15y le suplicó: —Señor, ten compasión de mi hijo, porque está lunático y sufre mucho; muchas veces se cae al fuego y otras al agua.
16Lo he traído a tus discípulos y no lo han podido curar.
17Jesús contestó: —¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo aquí.
18Le increpó Jesús y salió de él el demonio, y quedó curado el muchacho desde aquel momento.
19Luego los discípulos se acercaron a solas a Jesús y le dijeron: —¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo?
20—Por vuestra poca fe –les dijo–. Porque os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este monte: «Trasládate de aquí allá», y se trasladaría, y nada os sería imposible. (
21) (Mc 9,30-32; Lc 9,43-45)
Segundo anuncio de la Pasión. Tributo al Templo (17,22-27)
22Cuando estaban en Galilea les dijo Jesús: —El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres,
23y lo matarán, pero al tercer día resucitará. Y se pusieron muy tristes.
24Al llegar a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los recaudadores del tributo y le dijeron: —¿No va a pagar vuestro Maestro el tributo?
25—Sí –respondió. Al entrar en la casa se anticipó Jesús y le dijo: —¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes reciben tributo o censo los reyes de la tierra: de sus hijos o de los extraños?
26Al responderle que de los extraños, le dijo Jesús: —Luego los hijos están exentos;
27pero para no escandalizarlos, vete al mar, echa el anzuelo y el primer pez que pique sujétalo, ábrele la boca y encontrarás un estáter; lo tomas y lo das por mí y por ti. Los «pequeños» y el Reino (Mc 9,33-50; Lc 9,46-50; 17,1-3; 15,4-7)
Notas de la Facultad de Teología (4)
16,21-17,27Con la enseñanza de Jesús sobre su pasión, muerte y resurrección (16,21) y la posterior reprensión de Jesús a Pedro (16,23), el evangelio señala decididamente el «camino de la cruz». Los dos anuncios de la pasión (16,21; 17,22-23) y el sentido de la Transfiguración (17,9.12) preparan al lector para lo que va a acontecer. El Señor sabe que debe ser entregado y acepta su misión. Pero sabe también que la última palabra no es la muerte sino la resurrección y la glorificación. Y así se lo enseña a sus discípulos.
17,1-13En la Transfiguración, Jesús muestra anticipadamente a los discípulos la gloria que merecerá por su pasión (cfr nota a Lc 9,28-36). Los discípulos, sin embargo, reaccionan con temor (vv. 6-7) y no acaban de entender este significado (cfr nota a Mc 9,2-13). Pero el episodio es también una descripción de la personalidad de Jesús: es Señor (v. 4), Hijo de Dios, en quien Dios se complace (v. 5; cfr Is 42,1), a quien debemos escuchar porque es el revelador de Dios: «Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera, diciendo: "Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en Él, porque en Él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en Él aún más de lo que pides y deseas (...); oídle a Él, porque yo no tengo más fe que revelar, ni más cosas que manifestar"» (S. Juan de la Cruz, Sub. Mont. Carm. 2,22,5).
17,14-20Con la curación de este muchacho, Jesús nos enseña la importancia de la fe en la oración. La fuerza de la comparación del Señor (v. 20) estriba en que la simiente de la mostaza es un granito sumamente pequeño que, sin embargo, produce una gran planta que puede alcanzar más de tres metros de altura. Así, el acto más mínimo de fe verdadera puede producir efectos sorprendentes. Muchos manuscritos añaden (v. 21): «Esta raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración y el ayuno», que también se encuentra en Mc 9,29.
17,22-27Desde la confesión de Pedro, Jesús va adoctrinando a sus discípulos acerca de los acontecimientos salvíficos –pasión y resurrección– y de la futura vida de la Iglesia. Con el episodio del pago del tributo al Templo Jesús quiere dejar claras dos cosas: su condición de Hijo de Dios y Señor del Templo, y la asociación de Pedro en su responsabilidad con la Iglesia.
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
