Capítulo 26
XII. PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESÚS (26,1-28,20)
Último anuncio de la Pasión y conspiración contra Jesús (26,1-16)
1Cuando terminó Jesús todos estos discursos, les dijo a sus discípulos:
2—Sabéis que dentro de dos días será la Pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para que lo crucifiquen.
3Entonces se reunieron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote, que se llamaba Caifás,
4y acordaron apoderarse de Jesús con engaño y darle muerte.
5Pero decían: —Que no sea durante la fiesta, para que no se produzca alboroto entre el pueblo. Unción en Betania y traición de Judas Iscariote (Mc 14,3-11; Lc 22,3-6; Jn 12,1-11)
6Se encontraba Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso,
7cuando se acercó a él una mujer que llevaba un frasco de alabastro con perfume de gran valor y, mientras estaba recostado a la mesa, se lo derramó por la cabeza.
8Al ver esto, los discípulos se indignaron y dijeron: —¿A qué viene este despilfarro?
9Se podía haber vendido por mucho dinero y darlo a los pobres.
10Pero Jesús, que se dio cuenta, les dijo: —¿Por qué molestáis a esta mujer? Ha hecho una obra buena conmigo,
11porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis.
12Al derramar ella sobre mi cuerpo este perfume, lo ha hecho para preparar mi sepultura.
13En verdad os digo: dondequiera que se predique este Evangelio, en todo el mundo, también lo que ella ha hecho se contará en memoria suya.
14Entonces, uno de los doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes
15a decirles: —¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plat a.
16Desde entonces buscaba la ocasión propicia para entregárselo. (Mc 14,12-21; Lc, 22,7-13; Jn 13,21-32)
Preparación de la última Cena y anuncio de la traición de Judas (26,17-25)
17El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron: —¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
18Jesús respondió: —Id a la ciudad, a casa de tal persona, y comunicadle: «El Maestro dice: «Mi tiempo está cerca; voy a celebrar en tu casa la Pascua con mis discípulos»».
19Los discípulos lo hicieron tal y como les había mandado Jesús, y prepararon la Pascua.
20Al anochecer se sentó a la mesa con los doce.
21Y cuando estaban cenando, dijo: —En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar.
22Y muy entristecidos, comenzaron a decirle cada uno: —¿Acaso soy yo, Señor?
23Pero él respondió: —El que moja la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar.
24Ciertamente el Hijo del Hombre se va, según está escrito sobre él; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado el Hijo del Hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido.
25Tomando la palabra Judas, el que iba a entregarlo, dijo: —¿Acaso soy yo, Rabbí? —Tú lo has dicho –le respondió. (Mc 14,22-25; Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26)
Institución de la Sagrada Eucaristía (26,26-29)
26Mientras cenaban, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, se lo dio a sus discípulos y dijo: —Tomad y comed, esto es mi cuerpo.
27Y tomando el cáliz y habiendo dado gracias, se lo dio diciendo: —Bebed todos de él;
28porque ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados.
29Os aseguro que desde ahora no beberé de ese fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba con vosotros de nuevo, en el Reino de mi Padre. (Mc 14,26-31; Lc 22,31-34; Jn 13,36-38)
Predicción del abandono de sus discípulos (26,30-35)
30Después de recitar el himno, salieron hacia el Monte de los Olivos.
31Entonces les dijo Jesús: —Todos vosotros os escandalizaréis esta noche por mi causa, pues escrito está: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebañ o.
32»Pero, después de que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea.
33Pedro le respondió: —Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo nunca me escandalizaré.
34Jesús le replicó: —En verdad te digo que esta misma noche, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces.
35Pedro contestó: —Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré. Todos los discípulos dijeron lo mismo. (Mc 14,32-42; Lc 22,39-46)
Oración y agonía de Jesús en el huerto (26,36-46)
36Entonces llega Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní, y les dice a los discípulos: —Sentaos aquí mientras me voy allí a orar.
37Y se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a entristecerse y a sentir angustia.
38Entonces les dice: —Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo.
39Y adelantándose un poco, se postró rostro en tierra mientras oraba diciendo: —Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz; pero que no sea tal como yo quiero, sino como quieres tú.
40Vuelve junto a sus discípulos y los encuentra dormidos; entonces le dice a Pedro: —¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo?
41Velad y orad para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil.
42De nuevo se apartó, por segunda vez, y oró diciendo: —Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.
43Al volver los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados de sueño.
44Y, dejándolos, se apartó una vez más, y oró por tercera vez repitiendo las mismas palabras.
45Finalmente, va junto a sus discípulos y les dice: —Ya podéis dormir y descansar... Mirad, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
46Levantaos, vamos; ya llega el que me va a entregar. (Mc 14,43-52; Lc 22,47-53; Jn 18,1-12)
Prendimiento de Jesús (26,47-56)
47Todavía estaba hablando, cuando llegó Judas, uno de los doce, acompañado de un gran tropel de gente con espadas y palos, enviados por los príncipes de los sacerdotes y por los ancianos del pueblo.
48El que le entregó les había dado esta señal: «Al que yo bese, ése es: prendedlo».
49Y enseguida se acercó a Jesús y le dijo: —Salve, Rabbí –y le besó.
50Pero Jesús le dijo: —Amigo, ¡haz lo que has venido a hacer! Entonces, se acercaron, echaron mano a Jesús y lo apresaron.
51De pronto, uno de los que estaban con Jesús se llevó la mano a la espada, la desenvainó, e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja.
52Entonces le dijo Jesús: —Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que recurren a la espada, a espada perecerán.
53¿O piensas que no puedo acudir a mi Padre y al instante pondría a mi disposición más de doce legiones de ángeles?
54Entonces, ¿cómo se van a cumplir las Escrituras, según las cuales tiene que suceder así?
55En aquel momento le dijo Jesús a la gente: —¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos a prenderme? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y no me prendisteis.
56Todo esto sucedió para que se cumplieran las Escrituras de los Profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. (Mc 14,53-65; Lc 22,66-71; Jn 18,13-24)
Interrogatorio ante los príncipes de los sacerdotes (26,57-75)
57Los que habían prendido a Jesús le condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos.
58Pedro, por su parte, le seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote; y, una vez dentro, se sentó con los sirvientes para ver el desenlace.
59Los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para darle muerte;
60pero no lo encontraron a pesar de los muchos falsos testigos presentados. Por último, se presentaron dos
61que declararon: —Éste ha dicho: «Yo puedo destruir el Templo de Dios y edificarlo de nuevo en tres días».
62Y el sumo sacerdote se puso de pie para decirle: —¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos testifican contra ti?
63Pero Jesús permanecía en silencio. Entonces el sumo sacerdote le dijo: —Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.
64—Tú lo has dicho –le respondió Jesús–. Además os digo que en adelante veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del ciel o.
65Entonces el sumo sacerdote se rasgó las vestiduras diciendo: —¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ya lo veis, acabáis de oír la blasfemia.
66¿Qué os parece? —Es reo de muerte –respondieron ellos.
67Entonces comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas. Los que le abofeteaban
68decían: —Profetízanos, Cristo, ¿quién es el que te ha pegado? Las negaciones de San Pedro (Mc 14,66-72; Lc 22,54-62; Jn 18,15-18.25-27)
69Pedro estaba sentado fuera, en el atrio; se le acercó una sirvienta y le dijo: —Tú también estabas con Jesús el Galileo.
70Pero él lo negó delante de todos: —No sé de qué hablas.
71Al salir al portal le vio otra, y les dijo a los que había allí: —Éste estaba con Jesús el Nazareno.
72De nuevo lo negó con juramento: —No conozco a ese hombre.
73Un poco después se acercaron los que estaban allí y le dijeron a Pedro: —Desde luego tú también eres de ellos, porque tu acento lo manifiesta.
74Entonces comenzó a imprecar y a jurar: —¡No conozco a ese hombre! Y al momento cantó un gallo.
Mc 15,1
75Y Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había dicho: «Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y salió afuera y lloró amargamente. Conducen a Jesús ante Pilato
Notas de la Facultad de Teología (9)
21,8-28,20Los evangelios sinópticos presentan el mismo esquema y los mismos motivos al narrar las últimas jornadas de la vida terrena de Jesús. Comienza el relato con una manifestación mesiánica de Cristo y con la purificación del Templo (21,1-22). Las controversias con los judíos dan razón de los motivos por los que después Jesús será condenado (21,23-23,39), y el llamado Discurso Escatológico completa las enseñanzas (24,1-25,46). La narración cobra especial intensidad cuando se detiene en las últimas horas de la vida de Jesús: su ofrecimiento a la voluntad del Padre (26,26-46), su prendimiento, proceso y condena (26,47-27,31), su muerte (27,32-66) y su resurrección (28,1-20). En este marco, el relato de Mateo destaca algunas notas: la entrega serena del Señor a su misión de Siervo doliente, el rechazo de Israel a los planes de Dios, etc.
26,1-28,20Los sucesos de la pasión de Nuestro Señor quedaron muy grabados en la memoria de sus discípulos: así se percibe en los discursos de los Apóstoles en el libro de los Hechos y en la intensidad de la narración de los cuatro evangelios. San Mateo pone de relieve en especial dos cosas: la grandeza de Jesús ante la perfidia de sus acusadores, y el motivo por el cual sufrió todas esas afrentas: lo hizo porque Él es el Siervo doliente, anunciado por los profetas, que cargó sobre sí nuestros pecados. Los designios de Dios se cumplen en la muerte de Jesús, pero también en su resurrección. Con ella y con el mandato apostólico se inicia una nueva etapa: Jesús resucitado permanece en la Iglesia, las puertas del Cielo se han abierto y hemos de anunciar este mensaje de salvación a todos los hombres.
26,1-16Los tres primeros evangelios relatan de la misma manera el inicio del drama que va a acontecer: las autoridades de Israel buscaban el modo de prender a Jesús sin alboroto y encuentran un aliado inesperado en Judas, «uno de los doce» (v. 14). Sin embargo, cada evangelista subraya un aspecto peculiar. Mateo destaca el dominio de Jesús sobre lo que va a suceder. Los acontecimientos son parte del designio salvífico de Dios: hasta las treinta monedas que recibe Judas por su traición (v. 15) son cumplimiento del plan trazado por Dios en las Escrituras (cfr 27,9-10). Sobre la unción en Betania, cfr nota a Mc 14,1-11.
26,17-25Marcos y Lucas se detienen en una descripción pormenorizada de las acciones preparatorias de la cena pascual. Mateo, por su parte, recuerda que Jesús sabía (v. 25) que Judas le había traicionado, pero eso no le detiene en su misión: «Mi tiempo está cerca» dice al dueño de la casa (v. 18): «Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación» (CCE 607).
26,26-29Los gestos y las palabras de Jesús en la última Cena tuvieron especial densidad de significado. También en este relato de la institución de la Eucaristía, los evangelistas se fijaron en algún aspecto más que en otros (cfr notas a Mc 14,22-25 y Lc 22,7-20). San Mateo es el único en recordar las palabras de Jesús sobre el carácter de expiación por los pecados que tendrá su muerte (v. 28). Las palabras de Jesús vienen a dar plenitud al designio salvador de Dios. «Este designio divino de salvación a través de la muerte del «Siervo, el Justo» había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (...). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente» (CCE 601).
26,30-35Antes de la gran prueba, Jesús previene a sus discípulos, y en especial a Pedro: se escandalizarán (v. 31). Ellos han confesado que Jesús es el Mesías (16,13-20), pero no han sabido aceptar que su mesianismo es el del Siervo doliente (16,21-23). Ahora los hechos les van a forzar a hacerlo. Aun así se resisten a aceptarlo: «De ahí aprendemos una gran verdad, y es que no basta la voluntad del hombre, si no nos asiste la ayuda de lo alto» (S. Juan Crisóstomo, Hom. in Mt. 82,4).
26,36-46Los tres sinópticos contrastan la dramática oración de Jesús con la impotencia de sus discípulos para acompañarle. Marcos (cfr Mc 14,32-42 y nota) lo hace con rasgos más acentuados. Mateo prefiere recordar que mediante la oración Jesucristo conoce la voluntad de Dios y la abraza. En efecto, el comienzo de su oración (v. 39) señala lo costoso de la aceptación del trance; en cambio, avanzada la oración, su plegaria ya es un rendido abandono en la voluntad del Padre (vv. 42 y 44). «Toda la pretensión de quien comienza oración –y no se os olvide esto, que importa mucho– ha de ser trabajar y determinarse y disponerse con cuantas diligencias pueda hacer su voluntad conformar con la de Dios» (S. Teresa de Jesús, Morad. 2,8).
26,47-56La escena, rica en contrastes, manifiesta la grandeza del Señor. Judas, con un beso, signo de amistad y veneración, le traiciona (v. 49); en cambio, para Jesús, Judas es el amigo que no conoce siquiera su verdadera función en el drama (v. 50). Jesús es apresado a escondidas (v. 55), por un gran gentío armado (v. 47), aunque una sola petición suya al Padre echaría por tierra todos aquellos planes (v. 53). En el fondo, Jesús se entrega porque quiere, porque su decisión de cumplir las Escrituras (vv. 54 y 56) es irrevocable aunque sea con la entrega de su vida (cfr 26,42).
26,57-75Los cuatro evangelios relatan este episodio en el que se contrastan las actitudes de Jesús y de Pedro. San Mateo presenta un relato ordenado de las afrentas que sufre Jesús. Primero es acusado falsamente (v. 59) y después se le incrimina con una frase sacada de contexto (v. 61). Frente a estas acciones el Señor callaba (v. 63). Su confesión mesiánica le vale la inculpación de blasfemo (v. 65), la condena a muerte (v. 66) y las burlas de los criados (vv. 67-68). En esa progresión el perjurio de Pedro (vv. 72.74) lo entiende el lector como una última afrenta. Pero, como en tantas ocasiones, el evangelio es paradójico. La imagen que utiliza Jesús (v. 64) evoca el Juicio Final (cfr 24,30; 25,31); el que ahora es juzgado, será quien juzgará después.
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
