Capítulo 5
III. EL DISCURSO DE LA MONTAÑA (5,1-7,29)
Las Bienaventuranzas (5,1-12)
1Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos;
2y abriendo su boca les enseñaba diciendo:
3—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.
4»Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
5»Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
6»Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.
7»Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
8»Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
9»Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.
10»Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.
11»Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa.
12Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros. (Mc 4,21; Lc 11,33; 14,34-35)
Sal de la tierra. Luz del mundo (5,13-16)
13»Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.
14»Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte;
15ni se enciende una luz para ponerla debajo de un º celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa.
16Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos.
Jesús y su doctrina, plenitud de la Ley (5,17-48)
Lc 6,27-36; 12,58-59; 16,17-18
17»No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud.
18En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla.
19Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.
20Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
21»Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matará s, y el que mate será reo de juicio.
22Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno.
23Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti,
24deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda.
25Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel.
26Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.
27»Habéis oído que se dijo: No cometerás adulteri o.
28Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón.
29Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.
30Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.
31»Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudi o.
32Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer –excepto en el caso de fornicación– la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
33»También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en van o, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Seño r.
34Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el ciel o, porque es el trono de Dio s;
35ni por la tierr a, porque es el estrado de sus pie s; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Re y.
36Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello.
37Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno.
38»Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por dient e.
39Pero yo os digo: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra.
40Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto.
41A quien te fuerce a andar una º milla, vete con él dos.
42A quien te pida, dale; y no rehuyas al que quiera de ti algo prestado.
43»Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.
44Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan,
45para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores.
46Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos?
47Y Si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?
Lc 11,1-4
48Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.
Notas de la Facultad de Teología (5)
4,11-16,20Comienza el ministerio en Galilea. Jesús proclama, con palabras y obras, que el Reino de Dios ha llegado. En primer lugar, llama a sus discípulos y convoca al nuevo Pueblo de Dios (4,12-25). A continuación, como supremo Maestro, Legislador y Profeta, promulga la Nueva Ley del Reino en el Discurso de la Montaña (5,1-7,29). Su enseñanza queda avalada por «las obras del Mesías», los milagros que confirman su autoridad (8,1-9,38). El envío de los Apóstoles (10,1-42) y las acciones (11,1-12,50) y palabras (13,1-52) de Jesús señalan que es más que un Maestro: es el Mesías de Israel. Los dirigentes religiosos del pueblo escogido (11,16-12,45) se obstinan en rechazarlo, pero los signos son tan evidentes (14,13-15,39) que San Pedro le confiesa como lo que verdaderamente es: el Mesías, Hijo de Dios (1 6,13-20).
5,1-7,29El Discurso de la Montaña es el primero de los cinco grandes discursos en los que San Mateo reúne las enseñanzas de Jesús sobre el Reino de Dios. En este primero aparece una síntesis de quiénes son los que pertenecen al Reino (5,1-12) y qué actitudes deben guardar con respecto a la Ley (5,17-48; 6,16-18), a Dios (6,25-34), al prójimo (6,1-4; 7,1-5), y en la oración (6,7-14; 7,7-11).
5,1-12Las bienaventuranzas forman el pórtico del Discurso de la Montaña. En ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abrahán; pero les da una orientación nueva ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los Cielos. «Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos» (CCE 1717).
5,13-16Las imágenes de la sal y de la luz reflejan la condición de quien vive las bienaventuranzas, es decir, del discípulo de Jesús, y señalan la importancia de las buenas obras (v. 16). La sal preserva de la corrupción a los alimentos. En los sacrificios de la Antigua Ley simbolizaba la inviolabilidad y permanencia de la Alianza (cfr Lv 2,13). El Señor manifiesta que sus discípulos son la sal de la tierra, es decir, los que dan sabor divino a todo lo humano, y los que preservan al mundo de la corrupción, manteniendo viva la Alianza con Dios. «Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo» (Epist. ad Diognet. 6,1). Además ellos deben ser, como el mismo Jesús, luz para los que yacen en tinieblas (cfr 4,16; Is 8,23-9,1). «Me parece que esta antorcha representa la caridad que debe iluminar y alegrar no sólo a aquellos que más quiero, sino a todos los que están en la casa» (S. Teresa de Lisieux, Manuscr. autobiogr. 9).
5,17-48En la atmósfera de expectación mesiánica de los tiempos de Jesús comúnmente se atribuía al Mesías la función de intérprete definitivo de la Ley. San Mateo, al mismo tiempo que evoca el paralelismo con Moisés, muestra que Jesús desborda esa función de intérprete al situarse en el mismo nivel que Dios, por encima de la Ley. Jesús enseña el verdadero valor de la Ley que Dios había dado al pueblo hebreo a través de Moisés y la perfecciona aportando, con autoridad divina, su interpretación definitiva. Jesús añade a lo que «fue dicho» (por Dios), lo que Él ahora establece. No anula los preceptos de la Antigua Ley, sino que los interioriza, los lleva a la perfección de su contenido, proponiendo lo que ya estaba implícito en ellos, aunque los hombres no lo hubieran entendido en profundidad. En los vv. 31-32 el Señor aborda la cuestión del divorcio. La Ley de Moisés (Dt 24,1-4) lo había tolerado por la dureza de corazón de los hebreos. Jesús restablece la originaria indisolubilidad del matrimonio tal como Dios lo había instituido (Gn 1,27; 2,24; cfr Mt 19,4-6; Ef 5,31; 1 Co 7,10). La frase «excepto en el caso de fornicación» no puede tomarse como una excepción del principio de la indisolubilidad del matrimonio que Jesús acaba de restablecer. Casi con toda seguridad, la mencionada cláusula se refiere a uniones admitidas como matrimonio entre algunos pueblos paganos, pero prohibidas, por incestuosas, en la Ley mosaica (cfr Lv 18) y en la tradición rabínica. Se trata, pues, de uniones inválidas desde su raíz por algún impedimento. El v. 48 resume la enseñanza de todo el capítulo. El Señor lleva la Ley a su plenitud proponiendo la imitación de la perfección de nuestro Padre que está en los Cielos. El fin del cumplimiento de la Ley es llegar a la perfección o santidad de Dios. La criatura en sentido estricto no puede alcanzarla, pero la santidad de Dios es el modelo al que ha de tender. «Está claro que todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad favorece, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano» (C. Vat. II, Lum. gent. 40).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
