Romanos

Capítulo 2

Los judíos también son culpables (2,1-24)

1Por eso, tú que juzgas, quienquiera que seas, eres inexcusable; porque en lo que juzgas a otro te condenas a ti mismo, ya que tú, el que juzgas, haces lo mismo.

2Pues sabemos que Dios condena según la verdad a los que hacen esas cosas.

3¿Y tú, hombre que juzgas a los que hacen las mismas cosas que tú, piensas que escaparás al juicio de Dios?

4¿O es que desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, y no sabes que la bondad de Dios te lleva a la penitencia?

5Tú, sin embargo, con tu dureza y con tu corazón que no se quiere arrepentir, atesoras contra ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios,

6el cual retribuirá a cada uno según sus obras:

7la vida eterna para quienes, mediante la perseverancia en el buen obrar, buscan gloria, honor e incorrupción;

8la ira y la indignación, en cambio, para quienes, con contumacia, no sólo se rebelan contra la verdad, sino que obedecen a la injusticia.

9Tribulación y angustia para todo hombre que obra el mal, primero para el judío y luego para el griego.

10Gloria, en cambio, honor y paz a todo el que obra el bien, primero para el judío, luego para el griego;

11porque delante de Dios no hay acepción de personas.

12Porque todos los que pecaron sin estar sujetos a la Ley, también sin Ley perecerán; y los que pecaron sujetos a la Ley, serán juzgados por la Ley.

13Pues no son justos ante Dios los que oyen la Ley, sino los que cumplen la Ley: éstos son los que serán justificados.

14En efecto, cuando los gentiles, que no tienen la Ley, siguiendo la naturaleza, cumplen los preceptos de la Ley, ellos, sin tener la Ley, son ley para sí mismos.

15Con esto muestran que tienen grabado en sus corazones lo que la Ley prescribe, como se lo atestigua su propia conciencia y según los acusan o los excusan los razonamientos que se hacen unos a otros,

16y así se verá el día en que, según mi evangelio, Dios juzgue las cosas secretas de los hombres, por medio de Jesucristo.

17Pero tú, que te precias de llamarte judío y confías en la Ley y te glorías en Dios

18y conoces su voluntad y, formado por la Ley, disciernes lo que es mejor,

19y te has convencido a ti mismo de que eres guía de ciegos, luz de los que están en tinieblas,

20educador de ignorantes, maestro de niños, que en la Ley tienes el modelo de la ciencia y de la verdad,

21¿cómo es que enseñas a otros y no te enseñas a ti mismo?, ¿cómo es que predicas que no se debe robar y robas?,

22¿cómo es que dices que no se debe cometer adulterio y lo cometes?, ¿cómo es que abominas de los ídolos y saqueas los templos?

23Tú, que te glorías en la Ley, deshonras a Dios al quebrantar la Ley.

24Pues, como dice la Escritura: Por culpa vuestra es blasfemado el nombre de Dios entre los gentile s.

La circuncisión del corazón (2,25-3,8)

25Ciertamente, si guardas la Ley, la circuncisión es útil; pero si eres transgresor de la Ley, tu circuncisión se ha convertido en no circuncisión.

26Por el contrario, si los que no están circuncidados guardan los mandamientos de la Ley, ¿acaso su falta de circuncisión no será tenida como circuncisión?

27Y el que no está circuncidado en su cuerpo y guarda la ley te juzgará a ti que, con Ley y circuncisión, eres transgresor de la Ley.

28Porque no es judío el que lo parece por fuera, ni es circuncisión la que se puede ver en la carne,

29sino que es judío el que lo es en su interior, y es circuncisión la del corazón, según el espíritu, no según la letra. Su alabanza no proviene de los hombres sino de Dios.

Notas de la Facultad de Teología (4)

1,18-11,36La parte doctrinal de la carta está centrada en el significado, naturaleza y consecuencias de la justificación que Cristo nos ha ganado. Tras afirmar que únicamente por medio de Cristo, y por la fe en Él, el hombre puede llegar a ser justo delante de Dios (1,18-4,25), San Pablo explica cómo, mediante el Bautismo, entramos a participar en la reconciliación con Dios obtenida por el sacrificio de Cristo, y las consecuencias que conlleva: libertad, vida en el Espíritu, filiación divina (5,1-8,39). Finalmente, muestra cuál ha sido, y sigue siendo, el papel de Israel en la manifestación definitiva de la acción justificadora de Dios (9,1-11,36).

1,18-4,25En estos capítulos San Pablo va a exponer que la justificación por la fe es el único camino de salvación para todos los hombres, pues todos son pecadores: los paganos por su idolatría y sus perversiones (1,18-32), los judíos por sus pecados y transgresiones de la Ley (2,1-24). Por tanto, todos, los judíos, a pesar de la circuncisión y de las promesas (cfr 2,25-3,8), y los gentiles, son pecadores delante de Dios (3,9-20) y necesitan ser justificados por su gracia que concede a quienes creen en Cristo (3,21-31). De manera semejante Dios concedió las promesas a Abrahán, no por las obras, sino por la fe (4,1-25).

2,1-24San Pablo se refiere ahora a los judíos que juzgaban a los gentiles y los condenaban globalmente como pecadores. Les recuerda que sólo Dios es quien juzga a cada hombre según la conducta que haya seguido de acuerdo con su conciencia: atesorar «ira para el día de la ira» (v. 5) significa preparar con una conducta pecadora un juicio final condenatorio. Los judíos debían reconocer que también ellos eran pecadores: señal de esta condición eran las obras de penitencia que podían practicar gracias a la bondad divina que otorgaba el perdón. Los judíos recibieron la Ley para orientar su conducta moral, pero todos recibimos, con la naturaleza racional, los principios de la ley moral natural (cfr vv. 14-15), aquella que «está escrita y grabada en la mente de cada uno de los hombres, por ser la misma razón humana mandando obrar bien y prohibiendo pecar» (León XIII, Libertas praestantissimum 8). «En lo profundo de su conciencia, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello» (C. Vat II, Gaud. et sp. 16).

2,25-3,8El argumento sobre la necesidad que tienen los judíos de ser justificados por la gracia se centra ahora en la circuncisión (2,25-29) y en las promesas que ellos recibieron (3,1-8). En cuanto a la circuncisión, Pablo afirma que la verdadera no es la de la carne, sino la «circuncisión del corazón», es decir, el cumplimiento obediente de la ley de Dios. Y, puesto que también los gentiles pueden cumplir esta ley sin tenerla escrita y sin estar circuncidados, entonces la circuncisión en la carne, en cuanto tal rito, no sirve para hacer justo al hombre. En cuanto a las promesas de salvación, el Apóstol defiende la especial condición del pueblo judío, ya que sólo a él se las había confiado Dios (v. 2). Si hay judíos en los que por su infidelidad no se han cumplido esas promesas, ya que no han llegado a creer en Cristo, no es porque Dios no haya sido fiel a ellas, sino porque ellos se han cerrado a la fe. Dios lo permite así para mostrar que el hombre sólo es justificado por la fe en Jesucristo. Ante este argumento parece que algunos judíos intentaban responder, no sin cierta ironía, que entonces su propia infidelidad o increencia era conveniente para que Dios mostrase su justicia o voluntad salvífica. San Pablo lo niega, pues tal afirmación es merecedora de la condena eterna (vv. 7-8). Dios no es injusto cuando condena al que no quiere aceptar su salvación en Cristo, pues la promesa de hacer justo al pecador tiene como condición que éste acepte la gracia voluntariamente.

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

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