Capítulo 9
III. EL PLAN DE DIOS SOBRE EL PUEBLO ELEGIDO (9,1-11,36)
Privilegios de Israel y fidelidad de Dios (9,1-13)
1Os digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo:
2siento una pena muy grande y un continuo dolor en mi corazón.
3Pues le pediría a Dios ser yo mismo anatema de Cristo en favor de mis hermanos, los que son de mi mismo linaje según la carne.
4Ésos son los israelitas: a ellos pertenece la adopción de hijos y la gloria y la alianza y la legislación y el culto y las promesas,
5de ellos son los patriarcas y de ellos según la carne desciende Cristo, el cual es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos. Amén.
6No es que la palabra de Dios haya quedado incumplida. Porque no todos los descendientes de Israel son Israel,
7ni todos son hijos por ser descendientes de Abrahán según la carne, sino que: En Isaac será escogida tu descendenci a.
8Es decir, no son hijos de Dios los que son hijos de la carne, sino que son considerados descendencia los hijos de la promesa.
9Pues ésta es la palabra de la promesa: Volveré por este mismo tiempo y Sara tendrá un hij o.
10Pero no sólo esto: también Rebeca concibió dos hijos de un hombre solo, Isaac nuestro padre.
11Y cuando aún no habían nacido ni habían hecho nada bueno o malo, para que el designio de Dios permaneciese según la elección,
12y no en virtud de las obras sino del que llama, se le dijo: El mayor servirá al meno r;
13conforme está escrito: Amé a Jacob y odié a Esa ú.
La vocación de Israel (9,14-33)
14¿Entonces, qué diremos? ¿Es que existe injusticia en Dios? ¡De ninguna manera!
15Pues a Moisés le dice: Tendré misericordia de quien tenga misericordia, y me apiadaré de quien me apiad e.
16Por lo tanto, no depende de que uno quiera o de que se esfuerce, sino de Dios, que tiene misericordia.
17Pues le dice la Escritura al Faraón: Para esto mismo te he exaltado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierr a.
18Así pues, tiene misericordia de quien quiere, y endurece a quien quiere.
19Pero me dirás: «¿Entonces, por qué reprende? ¿Es que alguien ha podido resistir a su voluntad?»
20¡Hombre, quién eres tú para contradecir a Dios! ¿Acaso le dice la vasija al que la ha moldeado: «Por qué me hiciste así»?
21¿Es que el alfarero no tiene poder sobre el barro para hacer de una misma masa una vasija, bien sea para usos nobles, bien para usos viles?
22¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia las vasijas de ira preparadas para la perdición
23y –para mostrar la riqueza de su gloria sobre las vasijas de misericordia, que de antemano preparó para la gloria–
24también nos llamó a nosotros, no sólo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles?
25Como dice en Oseas: Llamaré pueblo mío al que no es pueblo mío, y amada mía a la que no es amada,
26y sucederá que en el lugar donde se les dijo: «No sois pueblo mío», allí serán llamados hijos del Dios viv o.
27Isaías, por su parte, clama en favor de Israel: Aunque el número de los hijos de Israel sea como las arenas del mar, un resto se salvará;
28porque el Señor dará cumplimiento pronta y perfectamente a su palabra sobre la tierr a.
29Y como predijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiese dejado una semilla, habríamos llegado a ser como Sodoma, nos habríamos quedado como Gomorr a.
30¿Entonces, qué diremos? Que los gentiles, que no buscaban la justicia, encontraron la justicia, la justicia que viene de la fe.
31En cambio, Israel, que buscaba la ley de la justicia, no alcanzó esa ley.
32¿Por qué? Porque la buscaban no en la fe, sino como fruto de las obras. Tropezaron en la piedra de escándalo,
33conforme está escrito: Mira, pongo en Sión una piedra de tropiezo y una roca de escándalo, y el que cree en él no quedará confundid o.
Notas de la Facultad de Teología (4)
1,18-11,36La parte doctrinal de la carta está centrada en el significado, naturaleza y consecuencias de la justificación que Cristo nos ha ganado. Tras afirmar que únicamente por medio de Cristo, y por la fe en Él, el hombre puede llegar a ser justo delante de Dios (1,18-4,25), San Pablo explica cómo, mediante el Bautismo, entramos a participar en la reconciliación con Dios obtenida por el sacrificio de Cristo, y las consecuencias que conlleva: libertad, vida en el Espíritu, filiación divina (5,1-8,39). Finalmente, muestra cuál ha sido, y sigue siendo, el papel de Israel en la manifestación definitiva de la acción justificadora de Dios (9,1-11,36).
9,1-11,36Retomando lo enunciado en 3,1-2, San Pablo trata de manera extensa el privilegio del pueblo hebreo al ser destinatario de la revelación divina. El ejemplo de la elección gratuita de Jacob como heredero de la promesa, frente al rechazo de Esaú (9,1-13), lleva consigo la revelación del misterio de la predestinación divina que no contradice la libertad humana (9,14-33). Por otro lado, el antiguo pueblo elegido ha sido infiel a su vocación y ha causado así que la misericordia divina se haya desbordado sobre los gentiles (10, 1-21). Pero la reprobación de Israel no será total: un resto se salvará (11,1-12). Cerrando la sección se presenta la contemplación de la antítesis entre el nuevo pueblo elegido y el antiguo (11,13-24), para anunciar que, en los tiempos finales, la Sabiduría divina ha dispuesto ya la conversión de Israel y la unión de todos los fieles (11,25-36).
9,1-13La condición de ser descendientes de Jacob (Israel) era el fundamento de los privilegios que Dios había concedido a los israelitas a lo largo de la historia. Sin embargo, la gran dignidad del pueblo elegido se pone de manifiesto en que el mismo Dios quiso asumir una naturaleza humana con todo lo que era característico de la raza israelita. Jesucristo, como verdadero hombre, desciende de los israelitas «según la carne», y es a la vez verdadero Dios porque es «sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos» (v. 5). Esta afirmación, que aparece en forma de doxología o glorificación de Dios, era un modo muy solemne de ensalzar al Señor en el Antiguo Testamento (cfr Sal 41,14; 72,19, etc.). Aplicada a Jesucristo constituye una de las maneras más explícitas y expresivas de afirmar su divinidad. El hecho de que Dios escogiera a Isaac, el hijo de la promesa, y sobre todo a Jacob por encima del que tenía los derechos de primogenitura (Esaú), le sirve a Pablo para explicar que la llamada a los gentiles no es sorprendente, pues Dios elige conforme a la promesa y no según la carne. El verdadero Israel no es por tanto el que desciende de Abrahán «según la carne», sino el constituido por los lazos del Espíritu.
9,14-33San Pablo confirma con pruebas de la Escritura lo dicho hasta ahora. A partir de la vocación de Israel, explica la existencia de un misterio profundo: la predestinación. La elección del pueblo de Israel entre todos los pueblos, el endurecimiento y castigo del Faraón (vv. 16-18), la salvación o reprobación individual representadas en la alegoría de la vasija de barro (vv. 20-26), son otros tantos ejemplos que manifiestan este misterio. Dios, todopoderoso y omnisciente, no sólo conoce todos los acontecimientos futuros, sino que con su infalible voluntad los dispone para la consecución del fin establecido: la Sabiduría divina, dice la Escritura, «se despliega vigorosamente de un confín al otro del mundo y gobierna todo el universo con suavidad» (Sb 8,1). A la mente humana se le escapa cómo se compaginan la infalibilidad del designio divino y la libertad humana. En esto consiste el misterio, en el que se incluyen tres verdades: la absoluta libertad y generosidad de Dios al concedernos su gracia; la voluntad salvífica universal de Dios por la muerte de Cristo en la cruz; la libre correspondencia del hombre con la que Dios cuenta, y a la que mueve y previene con su gracia. «Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto, establece su designio eterno de «predestinación» incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia» (CCE 600).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
