Romanos

Capítulo 8

La vida en el Espíritu (8,1-13)

1Así pues, no hay ya ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús.

2Porque la ley del Espíritu de la vida que está en Cristo Jesús te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte.

3Pues lo que era imposible para la Ley, al estar debilitada a causa de la carne, lo hizo Dios enviando a su propio Hijo en una carne semejante a la carne pecadora; y por causa del pecado, condenó al pecado en la carne,

4para que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros, que no caminamos según la carne sino según el Espíritu.

5Los que viven según la carne sienten las cosas de la carne, en cambio los que viven según el Espíritu sienten las cosas del Espíritu.

6Porque la tendencia de la carne es la muerte; mientras que la tendencia del Espíritu, la vida y la paz.

7Puesto que la tendencia de la carne es enemiga de Dios, ya que no se somete –y ni siquiera puede– a la Ley de Dios.

8Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.

9Ahora bien, vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de él.

10Pero si Cristo está en vosotros, ciertamente el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu tiene vida a causa de la justicia.

11Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en vosotros.

12Así pues, hermanos, no somos deudores de la carne de modo que vivamos según la carne.

13Porque si vivís según la carne, moriréis; pero, si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis.

La filiación divina del cristiano (8,14-30)

14Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.

15Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abbá, Padre!»

16Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

17Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados.

18Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros.

19En efecto, la espera ansiosa de la creación anhela la manifestación de los hijos de Dios.

20Porque la creación se ve sujeta a la vanidad, no por su voluntad, sino por quien la sometió, con la esperanza

21de que también la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

22Pues sabemos que la creación entera gime y sufre con dolores de parto hasta el momento presente.

23Y no sólo ella, sino que nosotros, que poseemos ya los primeros frutos del Espíritu, también gemimos en nuestro interior aguardando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo.

24Porque hemos sido salvados por la esperanza. Ahora bien, una esperanza que se ve no es esperanza; pues ¿acaso uno espera lo que ve?

25Por eso, si esperamos lo que no vemos, lo aguardamos mediante la paciencia.

26Asimismo también el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.

27Pero el que sondea los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, porque intercede según Dios en favor de los santos.

28Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio.

29Porque a los que de antemano eligió también predestinó para que lleguen a ser conformes a la imagen de su Hijo, a fin de que él sea primogénito entre muchos hermanos.

30Y a los que predestinó también los llamó, y a los que llamó también los justificó, y a los que justificó también los glorificó.

La confianza en Dios (8,31-38)

31¿Qué diremos a esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?

32El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas?

33¿Quién presentará acusación contra los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica?

34¿Quién condenará? ¿Cristo Jesús, el que murió, más aún, el que fue resucitado, el que además está a la derecha de Dios, el que está intercediendo por nosotros?

35¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada?

36Como dice la Escritura: Por tu causa somos llevados a la muerte todo el día, somos considerados como ovejas destinadas al matader o.

37Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó.

38Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades,

39ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Notas de la Facultad de Teología (5)

1,18-11,36La parte doctrinal de la carta está centrada en el significado, naturaleza y consecuencias de la justificación que Cristo nos ha ganado. Tras afirmar que únicamente por medio de Cristo, y por la fe en Él, el hombre puede llegar a ser justo delante de Dios (1,18-4,25), San Pablo explica cómo, mediante el Bautismo, entramos a participar en la reconciliación con Dios obtenida por el sacrificio de Cristo, y las consecuencias que conlleva: libertad, vida en el Espíritu, filiación divina (5,1-8,39). Finalmente, muestra cuál ha sido, y sigue siendo, el papel de Israel en la manifestación definitiva de la acción justificadora de Dios (9,1-11,36).

5,1-8,39En esta parte de la carta San Pablo explica los efectos de la justificación. Cristo nos reconcilia con el Padre por medio del sacrificio de su sangre, y su resurrección es fundamento de nuestra esperanza (5,1-11); nos libera del pecado y de la muerte, devolviéndonos la vida de la gracia y la vida eterna que el pecado del primer hombre nos había quitado (5,12-21); nos comunica esa vida a través del Bautismo (6,1-11). Cristo nos da también la posibilidad de liberarnos de los pecados personales (6,12-23) y de la esclavitud de la Ley, otorgándonos la libertad frente a ella (7,1-6) y frente a la concupiscencia (7,7-13). Por eso, el cristiano debe seguir luchando contra la ley de la carne en la que anida la concupiscencia (7,14-25). Con todo, lo más importante de la justificación es la vida nueva que el Espíritu concede (8,1-13). Por la acción del Espíritu, los cristianos somos verdaderamente hijos de Dios (8,14-30) y estamos llenos de confianza y esperanza aun en medio de las contradicciones (8,31-39).

8,1-13El Apóstol especifica dos maneras en las que puede vivir el hombre en este mundo tras el pecado original. La primera es la vida según el espíritu, según la cual busca a Dios por encima de todas las cosas y lucha, con su gracia, contra las inclinaciones de la propia concupiscencia; la segunda es la vida según la carne, por la que el hombre se deja vencer y guiar por las pasiones desordenadas de la carne. «Con el Espíritu se pertenece a Cristo, se le posee, se compite en honor con los ángeles. Con el Espíritu se crucifica la carne, se gusta el encanto de una vida inmortal» (S. Juan Crisóstomo, Hom. in Rm. 13,8).

8,14-30La vida del cristiano es una participación en la vida de Cristo, Hijo de Dios por naturaleza. Al ser, por adopción, verdaderamente hijo de Dios, el cristiano tiene –por decirlo así– un derecho a participar también en su herencia: la vida gloriosa en el Cielo (vv. 14-18). Esta vida divina, iniciada en el Bautismo por la regeneración en el Espíritu Santo, se desarrolla y crece bajo la dirección de este Espíritu, que hace al bautizado cada vez más conforme a la imagen de Cristo (vv. 14,26-27). Así, la filiación adoptiva del cristiano es ya ahora una realidad –posee ya las primicias del Espíritu (v. 23)–; pero sólo al final de los tiempos, con la resurrección gloriosa del cuerpo, la redención llegará a su plenitud (vv. 23-25). «La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo» (S. Josemaría Escrivá, Hom. 1. 65). Mientras tanto estamos en una situación de espera –no carente de padecimientos (v. 18), gemidos (v. 23) y flaquezas (v. 26)–, caracterizada por una cierta tensión entre lo que ya poseemos y somos, y lo que aún anhelamos. En este afán de la humanidad redimida participa la creación entera, que se ve sujeta a la «vanidad» (v. 20), es decir, a la corrupción y a la muerte, y sobre todo al desorden introducido por el pecado. El destino de la creación está, según el querer de Dios, íntimamente ligado al del hombre, esperando ella también su transformación al final del mundo (vv. 19-22).

8,31-38La fuerza omnipotente de Aquel que ama a la criatura humana hasta el punto de entregar a la muerte a su mismo Hijo Unigénito para su salvación hará que salgamos victoriosos de todos los ataques, peligros y padecimientos. Los cristianos, con tal de que queramos recibir los beneficios divinos, podemos tener la seguridad de alcanzar la salvación porque Dios no dejará de darnos las gracias necesarias para que así suceda. Nada de lo que nos pueda ocurrir podrá apartarnos del Señor. Con la enumeración de fuerzas poderosas superiores a los hombres (vv. 38-39), San Pablo quiere expresar que nada ni nadie, ninguna criatura, es más fuerte que el amor de Dios por la humanidad.

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Romanos 8 — Parroquia Jesús Obrero