Capítulo 4
La filiación divina (4,1-11)
1Ahora bien, mientras el heredero es menor de edad, aunque sea dueño de todo, no se diferencia en nada de un siervo,
2sino que está sometido a tutores y administradores hasta el momento señalado por su padre.
3También nosotros cuando éramos menores de edad estábamos sujetos como esclavos a los elementos del mundo.
4Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley,
5para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.
6Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abbá, Padre!»
7De manera que ya no eres siervo, sino hijo; y como eres hijo, también heredero por gracia de Dios.
8Pero en otro tiempo, cuando no conocíais a Dios, servisteis a los que realmente no son dioses.
9Ahora, en cambio, que habéis conocido a Dios, mejor dicho, que habéis sido conocidos por Dios, ¿cómo es que volvéis otra vez a esos elementos sin fuerza y sin valor, a los que queréis servir de nuevo como antes?
10¡Seguís observando cuidadosamente los días, los meses, las estaciones y los años!
11Temo haberme esforzado por vosotros inútilmente.
Advertencias paternales de San Pablo (4,12-20)
12Os ruego, hermanos, que seáis como yo, pues también yo me he hecho como vosotros. En nada me habéis agraviado;
13bien sabéis que cuando os prediqué el Evangelio la primera vez, por culpa de una enfermedad,
14a pesar de que esa situación era una prueba para vosotros, no me despreciasteis ni me rechazasteis, sino que me recibisteis como a un ángel de Dios, como al mismo Cristo Jesús.
15¿Entonces, dónde está aquella alegría que manifestabais? Puedo atestiguar de vosotros que, de ser posible, os habríais arrancado los ojos para dármelos.
16¿Es que me he convertido en vuestro enemigo por deciros la verdad?
17El interés que muestran por vosotros no es bueno, sino que quieren separarnos de nosotros, para que os entreguéis a ellos.
18En cambio lo que es bueno es mostrar siempre interés por el bien, y no sólo cuando estoy presente entre vosotros,
19hijos míos, por quienes padezco otra vez dolores de parto, hasta que Cristo esté formado en vosotros.
20Desearía estar presente ahora entre vosotros, y cambiar el tono de mi voz, porque no sé qué hacer con vosotros.
Alegoría de los dos Testamentos: Agar y Sara (4,21-31)
21Decidme, los que queréis estar sujetos a la Ley: ¿no habéis oído la Ley?
22Pues está escrito que Abrahán tuvo dos hijos, uno de la esclava y otro de la libre.
23Pero el de la esclava nació según la carne; en cambio, el de la libre, en virtud de la promesa.
24Todo esto tiene un sentido alegórico, porque estas mujeres representan los dos testamentos: uno, el del Monte Sinaí, que engendra esclavos, es Agar.
25La palabra «Agar» en Arabia designa el monte Sinaí y corresponde a la Jerusalén actual, que es, en efecto, esclava junto con sus hijos.
26En cambio, la Jerusalén de arriba es libre, y es nuestra madre;
27pues está escrito: Alégrate, estéril, que no das a luz; rompe en gritos de júbilo, tú que no sufres dolores de parto, porque son muchos los hijos de la abandonada, más que los de la que tiene marid o.
28Vosotros, hermanos, como Isaac, sois hijos de la promesa.
29Pero al igual que entonces el que había nacido según la carne perseguía al nacido según el espíritu, así sucede también ahora.
30Pero ¿qué dice la Escritura? Expulsa a la esclava y a su hijo, pues no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre.
SEGUNDA PARTE
31Por tanto, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre.
Notas de la Facultad de Teología (5)
1,11-4,31El Evangelio que San Pablo predicaba a los gentiles no les exigía hacerse primero judíos y someterse a todas las prescripciones de la Ley. Esto levantó la oposición de algunos espíritus cerrados, incapaces de reconocer la novedad del ofrecimiento gratuito de salvación hecho por Jesucristo. Frente a ellos, Pablo, por una parte, apela a su condición de Apóstol y a su comunión con los demás Apóstoles (1,11-2,21) y, por otra, muestra, apoyándose en la Escritura, que sólo Cristo, y no la Ley de Moisés, puede salvar al hombre (3,1-4,31).
3,1-4,31La parte doctrinal de la carta aborda el lema de la justificación por la fe en Jesucristo y no por las obras de la Ley mosaica, que fue dada para preparar la ley de Cristo. En Cristo se cumplen las promesas hechas a Abrahán (3,1-29). En consecuencia, el cristiano, hijo de Dios, libre y no esclavo, recibe la herencia de su Padre (4,1-31).
4,1-11San Pablo presenta una síntesis de la historia de la humanidad y de cada hombre bajo el punto de vista de la salvación otorgada por Dios. Incluye tanto a los judíos, sometidos a la Ley, como a los paganos esclavizados por los ídolos de este mundo. Pero la situación ha cambiado radicalmente con la venida de Cristo. La historia ha llegado a su momento culminante en el que ha quedado definitivamente orientada hacia Dios. Cristo, nacido como verdadero hombre, y como judío, con su obra redentora ha liberado a los judíos del yugo de la Ley, y a los gentiles de la esclavitud de la idolatría. En Cristo, Dios ofrece a todos por igual la posibilidad de llegar a ser hijos suyos, y a todos envía el Espíritu de su Hijo (v. 6). «La generación de Cristo es el comienzo del pueblo cristiano, y el nacimiento de la cabeza lo es al mismo tiempo del cuerpo. (...) Cualquier hombre que cree (...) ya no pertenece a la ascendencia de su padre carnal, sino a la simiente del Salvador, que se hizo precisamente Hijo del hombre, para que nosotros pudiésemos llegar a ser hijos de Dios» (S. León Magno, Serm. 6 in Nativ. 2). Pablo, junto a la afirmación de la preexistencia de Cristo como Hijo de Dios, subraya ahora su verdadera humanidad como «nacido de mujer» (v. 4).
4,12-20Recuerda a los gálatas el momento en que se convirtieron a Cristo, con el fin de atraerlos de nuevo al Evangelio. Su preocupación es que se identifiquen con Cristo. Para que lo entiendan les pide que imiten la forma de vida que han visto en él. Los discípulos de Cristo tienen que esforzarse en asemejarse a Él hasta que Él crezca y se forme en ellos. «Por eso somos integrados en los misterios de su vida: con Él estamos identificados, muertos y resucitados hasta que reinemos con Él. (...) Nos unimos a sus sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con Él para ser glorificados con Él» (C. Vat. II, Lum. gent. 7).
4,21-31Vuelve al tema de Abrahán para explicar la libertad ganada por Cristo. Sara, la esposa de Abrahán era estéril, por lo que el patriarca, siguiendo las costumbres de su época, tuvo un hijo de la esclava Agar: Ismael. Pero Dios le prometió un hijo de Sara y cumplió su promesa: siendo Abrahán ya anciano y sin vigor, Sara dio a luz a Isaac (Gn 15,4; 17,19). Pablo ve un sentido alegórico en las dos esposas de Abrahán: la esclava representa al pueblo judío sometido a la Ley; la esposa libre, a la Iglesia, fruto de la promesa divina, porque los cristianos se parecen a Isaac: existen en virtud de la promesa de Dios, no por la Ley. Las palabras del v. 29 glosan la escena narrada en Gn 21,9 conforme a una tradición rabínica según la cual Ismael maltrataba en los juegos a Isaac (Talmud, Sota 6,6 glosa de Rabí Ismael † 1/2 s II a Gn 21,9). San Pablo señala que los que han sido liberados de la Ley por la muerte de Cristo sufren opresión por parte de los que quieren permanecer sujetos a la Ley, los judíos. También en esa persecución ve una señal de que las promesas se han cumplido en Jesucristo.
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
