Capítulo 1
Prólogo (1,1-18)
1En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
2Él estaba en el principio junto a Dios.
3todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.
4En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
5Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.
6Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
7Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.
8No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.
9El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo.
10En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció.
11Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron.
12Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre,
13que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.
14Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
15Juan da testimonio de él y clama: «Éste era de quien yo dije: «El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo»».
16Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia.
17Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.
PRIMERA PARTE
LA MANIFESTACIÓN DE JESÚS
18A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer. (Mt 3,1-12; Mc 1,1-8; Lc 3,1-18)
COMO EL MESÍAS, MEDIANTE SUS SIGNOS Y PALABRAS (§ 1,19-12,50)
I. INTRODUCCIÓN (1,19-51)
Testimonio del Bautista (1,19-34)
19Éste es el testimonio de Juan, cuando desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: «¿Tú quién eres?».
20Entonces él confesó la verdad y no la negó, y declaró: —Yo no soy el Cristo.
21Y le preguntaron: —¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías? Y dijo: —No lo soy. —¿Eres tú el Profeta? —No –respondió.
22Por último le dijeron: —¿Quién eres, para que demos una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?
23Contestó: —Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Haced recto el camino del Señor », como dijo el profeta Isaías.
24Los enviados eran de los fariseos.
25Le preguntaron: —¿Pues por qué bautizas si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?
26Juan les respondió: —Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis.
27Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia.
28Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.
29Al día siguiente vio a Jesús venir hacia él y dijo: —Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
30Éste es de quien yo dije: «Después de mí viene un hombre que ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo».
31Yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.
32Y Juan dio testimonio diciendo: —He visto el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él.
33Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: «Sobre el que veas que desciende el Espíritu y permanece sobre él, ése es quien bautiza en el Espíritu Santo».
34Y yo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios. (Mt 4,18-25; Mc 1,16-20; Lc 5,1-11)
Vocación de los primeros discípulos (1,35-51)
35Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos
36y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: —Éste es el Cordero de Dios.
37Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús.
38Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: —¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: —Rabbí –que significa: «Maestro»–, ¿dónde vives?
39Les respondió: —Venid y veréis. Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima.
40Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús.
41Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: —Hemos encontrado al Mesías –que significa: «Cristo».
42Y lo llevó a Jesús. Jesús le miró y le dijo: —Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas –que significa: «Piedra».
43Al día siguiente determinó encaminarse hacia Galilea y encontró a Felipe. Y le dijo Jesús: —Sígueme.
44Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro.
45Felipe encontró a Natanael y le dijo: —Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José.
46Entonces le dijo Natanael: —¿De Nazaret puede salir algo bueno? —Ven y verás –le respondió Felipe.
47Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él: —Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez.
48Le contestó Natanael: —¿De qué me conoces? Respondió Jesús y le dijo: —Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.
49Respondió Natanael: —Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.
50Contestó Jesús: —¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás.
51Y añadió: —En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre. Bodas de Caná
Notas de la Facultad de Teología (5)
1,1-18El prólogo al evangelio es, al mismo tiempo, un himno a Jesucristo. Como prólogo incluye los grandes temas que se desarrollarán a lo largo de la narración evangélica: Jesús es la Palabra (el Verbo) eterna de Dios y, por tanto, al hablar a los hombres, les comunica la luz, la verdad y la vida (vv 1-10). Conviviendo con ellos, les ha manifestado su gloria divina (vv. 15-18). Menciona también a quienes han sido testigos de su vida terrena –Juan el Bautista (vv. 6-7.15) y los discípulos que han creído en Él (v.16)– y a quienes lo han rechazado (v. 11). Como himno a Jesucristo, proclama la divinidad y eternidad del Verbo (v. 1), su participación en la obra creadora (v. 3), su encarnación (v. 14) y su ofrecimiento de salvación a todos los hombres, otorgando la filiación divina a cuantos creen en Él (vv. 9.12). En resumen, el evangelista, como hace San Pablo en otros lugares (cfr Col 1,15-20; Flp 2,6-11), nos anuncia quién es realmente Jesucristo, de dónde procede, cómo ha venido al mundo y qué ha hecho en favor de los hombres. El contenido y algunas expresiones del Prólogo recuerdan especialmente el cap. 1 del Génesis: 1) Ambos coinciden en las primeras palabras «En el principio...», aunque en el evangelio se refieren al principio absoluto, esto es, a la eternidad; 2) En ambos es similar la función creadora que desempeña la Palabra de Dios (el Verbo); 3) En el Génesis la obra creadora de Dios culmina con la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios; en el evangelio, la obra del Verbo Encarnado culmina en la elevación del hombre –como una nueva creación– a la dignidad de hijo de Dios.
1,19-12,50Juan presenta a Jesús que se manifiesta progresivamente mediante sus milagros –signos de su divinidad– y mediante sus palabras, en las que se declara Mesías, Hijo de Dios e igual al Padre. Todo esto se desarrolla en un crescendo dramático hasta llegar a la «hora» de Jesús, que culmina en su muerte y resurrección, objeto de la segunda parte del evangelio. Teniendo cuenta estos contenidos, la primera parte del Evangelio de Juan ha sido llamada con razón «el libro de los signos».
1,19-51Como introducción a esta primera parte aparece el testimonio del Bautista (1,19-34; cfr. 3,22-36) y la llamada de los primeros discípulos (1,35-51).
1,19-34El Bautismo de Jesús significa aquí la Inauguración de su misión de Siervo doliente, el anticipo del «Bautismo» de su muerte sangrienta por la que redime al mundo del pecado. El testimonio del Bautista es presentado por el evangelista como modelo del testimonio que hemos de dar los cristianos de lo que hemos visto y experimentado al creer en Él. «Todos los cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo del que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación, de tal manera que todos los demás, al contemplar sus buenas obras, glorifiquen al Padre y perciban con mayor plenitud el sentido auténtico de la vida humana y el vínculo universal de comunión de los hombres» (C. Vat. II, Ad gent. 11). Al llamar a Jesús Cordero de Dios (v. 29), Juan alude al sacrificio redentor de Cristo. Isaías había comparado los sufrimientos del Siervo doliente, el Mesías, con el sacrificio de un cordero (cfr Is 53,7); también la sangre del cordero pascual, rociada sobre las puertas de las casas, había servido para librar de la muerte a los primogénitos de los israelitas en Egipto (cfr Ex 12,6). Tras la muerte y resurrección de Jesús, sus discípulos testimoniamos que Él es el verdadero Cordero pascual. Lo hacemos antes de recibir a Cristo en la Sagrada Comunión, es decir, a la hora de participar en la «cena de las bodas del Cordero» (Ap 19,9). Además, el testimonio de Juan sobre el Bautismo de Jesús manifiesta la condición divina de Jesucristo y revela el misterio de la Santísima Trinidad (cfr vv. 32-34).
1,35-51Al narrar el encuentro de los primeros discípulos y Jesús se señalan varios de sus títulos: Rabbí (Maestro), Mesías (Cristo), Hijo de Dios, Rey de Israel, Hijo del Hombre. El conjunto de todos ellos manifiesta que Jesús es el Mesías prometido en el Antiguo Testamento y reconocido por la Iglesia. El evangelista destaca cómo el encuentro de algunos discípulos con Jesús se produce por la mediación de quienes ya le siguen. Éste es el apostolado cristiano: «De eso se trata; de llevar a las almas a que se sitúen frente a Jesús y le pregunten: Domine, quid me vis facere?, Señor, ¿qué quieres que yo haga?» (S. Josemaría Escrivá, Hom 1. 149). «Te llamarás Cefas» (v. 42): Poner el nombre equivalía a tomar posesión de lo nombrado (cfr Gn 17,5; 32,29). «Cefas» es transcripción griega de una palabra aramea que quiere decir piedra, roca y, a partir de este momento, Pedro. De aquí que, escribiendo en griego, el evangelista haya explicado el significado del término empleado por Jesús. Cefas no era nombre propio, Pero Jesús lo impone al Apóstol para indicar la función de Vicario suyo, que le será revelada más adelante (cfr Mt 16,16-18). Las cosas aún mayores (vv. 50-51) hacen pensar en la glorificación de Jesucristo. Evocando el sueño de Jacob, en el que el patriarca ve una escala que unía el cielo y la tierra por la que bajaban los ángeles de Dios (Gn 28,12), y la figura del Hijo del Hombre del libro de Daniel (Dn 7,13), se nos revela cómo la glorificación de Cristo se llevará a cabo mediante su muerte en la cruz. Se manifiesta así que Jesús con su muerte es juez que juzgará al mundo (Hijo del Hombre), y camino de salvación por el que los hombres podemos llegar al Cielo (escala).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
