Juan

Capítulo 7

V. JESÚS ES LA LUZ DEL MUNDO (7,1-10,21)

Jesús en Jerusalén durante la fiesta de los Tabernáculos (7,1-30)

1Después de esto caminaba Jesús por Galilea, pues no quería andar por Judea, ya que los judíos le buscaban para matarle.

2Pronto iba a ser la fiesta judía de los Tabernáculos.

3Entonces le dijeron sus hermanos: —Márchate de aquí y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces,

4porque nadie hace algo a escondidas si quiere ser conocido. Puesto que haces estas cosas, muéstrate al mundo.

5Ni siquiera sus hermanos creían en él.

6Entonces, Jesús les dijo: —Mi tiempo aún no ha llegado, pero vuestro tiempo siempre está a punto.

7El mundo no puede odiaros, pero a mí me odia porque doy testimonio de él, de que sus obras son malas.

8Vosotros subid a la fiesta; yo no subo a esta fiesta porque mi tiempo aún no se ha cumplido.

9Él dijo eso y se quedó en Galilea.

10Pero una vez que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces él también subió, no públicamente sino como a escondidas.

11Los judíos le buscaban durante la fiesta y decían: —¿Dónde está ése?

12Y la gente hacía muchos comentarios sobre él. Unos decían: —Es bueno. Otros, en cambio: —No, engaña a la gente.

13Sin embargo, nadie hablaba abiertamente de él por miedo a los judíos.

14Mediada ya la fiesta, subió Jesús al Templo y se puso a enseñar.

15Los judíos quedaron admirados y comentaban: —¿Cómo sabe éste de letras sin haber estudiado?

16Entonces Jesús les respondió y dijo: —Mi doctrina no es mía sino del que me ha enviado.

17Si alguno quiere hacer su voluntad conocerá si mi doctrina es de Dios, o si yo hablo por mí mismo.

18El que habla por sí mismo busca su propia gloria; pero el que busca la gloria del que le envió, ése es veraz y no hay injusticia en él.

19¿No os dio Moisés la Ley? Sin embargo, ninguno de vosotros la cumple. ¿Por qué queréis matarme?

20Respondió la multitud: —Estás endemoniado; ¿quién te quiere matar?

21Jesús les contestó: —Yo hice una sola obra y todos os habéis extrañado.

22Puesto que os dio Moisés la circuncisión –aunque no es de Moisés sino de los Patriarcas–, incluso el sábado circuncidáis a un hombre.

23Si un hombre recibe la circuncisión en sábado para no quebrantar la Ley de Moisés, ¿os indignáis contra mí porque he curado por completo a un hombre en sábado?

24No juzguéis por las apariencias, sino juzgad con recto juicio.

25Entonces, algunos de Jerusalén decían: —¿No es éste al que intentan matar?

26Pues mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Acaso habrán reconocido las autoridades que éste es el Cristo?

27Sin embargo sabemos de dónde es éste, mientras que cuando venga el Cristo nadie conocerá de dónde es.

28Jesús enseñando en el Templo clamó: —Me conocéis y sabéis de dónde soy; en cambio, yo no he venido de mí mismo, pero el que me ha enviado, a quien vosotros no conocéis, es veraz.

29Yo le conozco, porque de Él vengo y Él mismo me ha enviado.

30Intentaban detenerle, pero nadie le puso las manos encima porque aún no había llegado su hora.

Diversos pareceres sobre Jesús (7,31-53)

31Muchos de la multitud creyeron en él y decían: —Cuando venga el Cristo, ¿hará más signos que los que hace éste?

32Al oír los fariseos que la multitud comentaba esto de él, los príncipes de los sacerdotes y los fariseos enviaron alguaciles para prenderle.

33Entonces Jesús les dijo: —Aún estaré entre vosotros un poco de tiempo, luego me iré al que me ha enviado.

34Me buscaréis y no me encontraréis, porque donde yo estoy vosotros no podéis venir.

35Se dijeron los judíos: —¿A dónde se irá éste que no podamos encontrarle? ¿Se irá tal vez a los dispersos entre los griegos y enseñará a los griegos?

36¿Qué significan estas palabras que ha dicho: «Me buscaréis y no me encontraréis», y «donde yo estoy vosotros no podéis venir»?

37En el último día, el más solemne de la fiesta, estaba allí Jesús y clamó: —Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba

38quien cree en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva.

39Se refirió con esto al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él, pues todavía no había sido dado el Espíritu, ya que Jesús aún no había sido glorificado.

40De entre la multitud que escuchaba estas palabras, unos decían: —Éste es verdaderamente el profeta.

41Otros: —Éste es el Cristo. En cambio, otros replicaban: —¿Acaso el Cristo viene de Galilea?

42¿No dice la Escritura que el Cristo viene de la descendencia de David y de Belé n, la aldea de donde era David?

43Se produjo entonces un desacuerdo entre la multitud por su causa.

44Algunos de ellos querían prenderle, pero nadie puso las manos sobre él.

45Volvieron los alguaciles a los príncipes de los sacerdotes y fariseos, y éstos les dijeron: —¿Por qué no lo habéis traído?

46Respondieron los alguaciles: —Jamás habló así hombre alguno.

47Les replicaron entonces los fariseos: —¿También vosotros habéis sido engañados?

48¿Acaso alguien de las autoridades o de los fariseos ha creído en él?

49Pero esta gente, que desconoce la Ley, son unos malditos.

50Nicodemo, aquel que ya había ido antes adonde Jesús y que era uno de ellos, les dijo:

51¿Es que nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle oído antes y conocer lo que ha hecho?

52Le respondieron: —¿También tú eres de Galilea? Investiga y te darás cuenta de que ningún profeta surge de Galilea.

53Y se volvió cada uno a su casa.

Notas de la Facultad de Teología (4)

1,19-12,50Juan presenta a Jesús que se manifiesta progresivamente mediante sus milagros –signos de su divinidad– y mediante sus palabras, en las que se declara Mesías, Hijo de Dios e igual al Padre. Todo esto se desarrolla en un crescendo dramático hasta llegar a la «hora» de Jesús, que culmina en su muerte y resurrección, objeto de la segunda parte del evangelio. Teniendo cuenta estos contenidos, la primera parte del Evangelio de Juan ha sido llamada con razón «el libro de los signos».

7,1-10,21La quinta sección del evangelio comprende casi cuatro capítulos. En ellos se recoge la actividad de Jesús en Jerusalén durante la celebración de la fiesta de los Tabernáculos, cuando sube de nuevo a la Ciudad Santa. En contraste con el significado que esa fiesta tenía para los judíos, Jesús es presentado como el Mesías que instaura un nuevo orden salvífico centrado en la gracia, superior al que existía entre los israelitas centrado en la Ley (cfr 1,17). Se reafirma que Jesús ha sido enviado por el Padre y se habla del envío del Espíritu Santo (cap. 7). Jesús es Juez que perdona a la mujer adúltera (cap. 8), y Luz del mundo que devuelve la vista al ciego de nacimiento, pero que condena, en cambio, a los que no quieren ver (cap. 9). Él es la Puerta por la que se entra a la Vida Eterna y el Buen Pastor que da su vida por todos los hombres (10,1-21).

7,1-30Juan presenta la falta de fe en Jesús por parte de sus parientes y la negativa del Señor a buscar un triunfo humano y temporal (vv. 1-13). Los parientes de Jesús reconocen que Él es capaz de realizar obras maravillosas, y, sin embargo, no creen. No entienden el verdadero significado que entrañan esos signos. Esto enseña que los milagros no bastan por sí solos para creer. (Sobre los «hermanos» de Jesús, cfr nota a Mt 12,46-50; sobre el término «mundo», ver Jn 17,1-26). Jesús posee la dignidad y la potestad de ser el revelador del Padre (vv. 16-24). Los judíos, que no habían visto a Jesús en las escuelas de los maestros de la Ley, se maravillan y se plantean una pregunta con malicia disimulada: «¿Cómo sabe éste de letras sin haber estudiado?» (v. 15). Le acusan de ser un falso profeta. Jesús aprovecha la ocasión para afirmar que su doctrina es divina. Para discernir el origen divino de la doctrina de Jesús se requiere rectitud de intención. Los que no creen en Él, a pesar de sus milagros, es porque no tienen las disposiciones interiores adecuadas; se dejan arrastrar del apasionamiento y atribuyen las obras de Jesús al príncipe de los demonios (cfr v. 20). Jesús pide que juzguen rectamente y descubran su poder salvador, que intenten comprender el sentido profundo de sus obras (vv. 25-30). Es el primer paso para llegar a creer en su condición divina. Aceptar a Jesús lleva consigo las exigencias de una conversión moral y mental: «El que quiera, pues, entender plenamente y saborear las palabras de Cristo, ha de procurar conformar con Él toda su vida» (Tomás de Kempis, Imit. Crist. 1,1).

7,31-53Jesús habla de su glorificación junto al Padre y del envío del Espíritu Santo. La fiesta de los Tabernáculos, en otoño, era una fiesta de alegría y acción de gracias. Se conmemoraba la protección que los israelitas habían recibido de Dios a lo largo de los cuarenta años del Éxodo. Por coincidir con la terminación de las cosechas, se llamaba también fiesta de la Recolección. Cada uno de los ocho días que duraba la fiesta el sumo sacerdote se dirigía a la fuente de Siloé y, en una copa de oro, traía al Templo agua con la que rociaba el altar, recordando el agua que prodigiosamente manó en el desierto y pidiendo a Dios abundantes lluvias (cfr Ex 17,1-7). Mientras tanto, se cantaba un pasaje del profeta Isaías (Is 12,3) que anunciaba la venida del Salvador y, con Él, la efusión de los dones celestiales. También se leía Ez 47que habla de los torrentes de agua viva que brotarán del Templo. Con Jesús aquel tiempo venturoso ha llegado ya: «Si alguno tiene sed venga a mí y beba ... » (v. 37). Esta invitación evoca también la Sabiduría divina, que dice: «Venid a mí los que me deseáis y saciaos» (Si 24,19; cfr Pr 9,4-5) y recuerda de algún modo aquellas palabras de San Agustín: «Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Conf. 1,1,1). En la expresión «ríos de agua viva» (v. 38) que brotarán del seno de Jesús, hay probablemente una referencia a la profecía de Ez 36,25 ss., en la que se anuncia que en los tiempos mesiánicos el pueblo será purificado con agua pura, recibirá un Espíritu nuevo y se les cambiará el corazón de piedra por un corazón de carne. Esa agua viva es símbolo del Espíritu Santo, que aquí está prometido, y en 19,34 entregado bajo el símbolo del agua que brota del costado de Cristo. El titulo «el profeta» (v. 40) alude a Dt 18,18, que predice la venida de un profeta en los últimos tiempos al que todos deberán escuchar (cfr 1,21; 6,14). El Cristo («el Mesías») era el título más corriente en el Antiguo Testamento para designar al futuro Salvador enviado por Dios.

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Juan 7 — Parroquia Jesús Obrero