Capítulo 10
Misión de los setenta y dos discípulos (10,1-12)
1Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir.
2Y les decía: —La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.
3Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos.
4No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino.
5En la casa en que entréis decid primero: «Paz a esta casa».
6Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros.
7Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis de casa en casa.
8Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan;
9curad a los enfermos que haya en ella y decidles: «El Reino de Dios está cerca de vosotros».
10Pero en la ciudad donde entréis y no os acojan, salid a sus plazas y decid:
11«Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto: el Reino de Dios está cerca».
12Os digo que en aquel día Sodoma será tratada con menos rigor que aquella ciudad.
Jesús increpa a las ciudades incrédulas (10,13-16)
Mt 11,20-24
13»¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón hubieran sido realizados los milagros que se han obrado en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia sentados en saco y ceniza.
14Sin embargo, en el Juicio Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que vosotras.
15»Y tú, Cafarnaún, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? ¡Hasta los infiernos vas a descender!
16»Quien a vosotros os oye, a mí me oye; quien a vosotros os desprecia, a mí me desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado.
Regreso de la misión (10,17-20)
17Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo: —Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.
18Él les dijo: —Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo.
19Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre cualquier poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño.
20Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo.
Acción de gracias de Jesús (10,21-24)
Mt 11,25-30
21En aquel mismo momento se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: —Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
22Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.
23Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte: —Bienaventurados los ojos que ven lo que estáis viendo.
24Pues os aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron; y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron. (Mt 22,34-40; Mc 12,28-34)
VII. AMPLIACIÓN DE LAS ENSEÑANZAS (10,25-11,54)
Parábola del buen samaritano (10,25-37)
25Entonces un doctor de la Ley se levantó y dijo para tentarle: —Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?
26Él le contestó: —¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú?
27Y éste le respondió: —Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mism o.
28Y le dijo: —Has respondido bien: haz esto y vivirás.
29Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús: —¿Y quién es mi prójimo?
30Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo: —Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto.
31Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo.
32Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo.
33Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión.
34Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó.
35Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta».
36¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?
37Él le dijo: —El que tuvo misericordia con él. —Pues anda –le dijo Jesús–, y haz tú lo mismo.
Marta y María acogen a Jesús (10,38-42)
38Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa.
39Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
40Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.
41Pero el Señor le respondió: —Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas.
Mt 6,9-13
42Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.
Notas de la Facultad de Teología (9)
9,51-19,27Los tres sinópticos mencionan el viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén. Sin embargo, la narración de San Lucas es mucho más extensa –casi diez capítulos– y recoge muchas enseñanzas del Señor que no están presentes en los otros evangelios: la parábola del buen samaritano (10,25-37), las parábolas de la misericordia (15,1-32), la del fariseo y el publicano (18,9-14), la conversión de Zaqueo (19,1-10), etc. Estos pasajes reflejan con claridad los rasgos característicos del tercer evangelio: la misericordia de Dios, la universalidad de la salvación predicada por Jesús, la alegría de la conversión, etc. Al dedicarle tanta extensión a esta subida a Jerusalén Lucas señala de una manera gráfica la importancia de la Ciudad Santa en la historia de la salvación. En efecto, los comienzos de la actividad pública del Señor se realizan en Galilea (4,14-9-50); de ahí va el Señor a Jerusalén a través de Samaría (9,51-19,27), y en Jerusalén se consuma nuestra salvación (19,28-24,53). De modo inverso procederá en su segundo libro, los Hechos de los Apóstoles. Allí contemplamos como germina la Iglesia en Jerusalén (Hch 1,1-7,60 y se expande después a Samaría (8,1-25), y hasta el fin de la tierra (8,26-28,31).
9,51-10,24La marcha de Jesús hacia Jerusalén rememora acontecimientos que ya se habían dado en la misión de Jesús en Galilea. El rechazo de los samaritanos (9,53) recuerda el rechazo que sufrió Jesús en Nazaret (4,28-30); la misión de los setenta y dos (10,1-12.17-20) evoca la de los Doce (9,1-6.10); finalmente, los reproches a las ciudades incrédulas (10,13-16) son un eco de los dirigidos contra la incredulidad de los hombres de su generación (7,31-35).
10,1-12Jesús envía ahora a otros setenta y dos discípulos a «toda ciudad y lugar» (v. 1) con instrucciones muy semejantes a las que había dado a los Doce (cfr 9,1-5). El número 72 tal vez aluda a los descendientes de Noé (cfr Gn 10) que formaban las naciones antes de la dispersión de Babel (cfr Gn 10,32). En todo caso parece que señala la universalidad de la misión de Cristo. Junto a la universalidad de la misión, las palabras de Jesús apuntan también a la urgencia de evangelizar. Dos notas que estarán presentes en la acción misionera de la Iglesia: «Hoy se pide a todos los cristianos, a las iglesias particulares y a la Iglesia universal la misma valentía que movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad para escuchar la voz del Espíritu. (Juan Pablo II, Redemp. miss. 30).
10,13-16Cfr nota a Mt 11,20-24.
10,17-20Los discípulos han experimentado la alegría de compartir la misión de Cristo y de comprobar el poder que se deriva de ella (v. 17). El Señor, sin embargo, completa sus motivos de alegría con lo que está en la raíz de todo bien: su elección por parte de Dios. «No lo dudes: tu vocación es la gracia mayor que el Señor ha podido hacerte. –Agradécesela» (S. Josemaría Escrivá, Camino 913).
10,21-24A este pasaje, también presente en San Mateo (cfr Mt 11,25-27), se le ha llamado tradicionalmente el «himno de júbilo» del Señor. Es uno de los momentos en que Jesús manifiesta su alegría al ver cómo los humildes entienden y aceptan la palabra de Dios: «Los niños no reflexionan sobre el alcance de sus padres. Sin embargo, sus padres cuando ocupan un trono y poseen inmensas riquezas, no vacilan en satisfacer los deseos de sus pequeñuelos (...). No son las riquezas ni la gloria (ni siquiera la gloria del cielo lo que reclama el corazón del niñito (...). Lo que pide es el amor... No puede hacer más que una cosa: ¡amarte, oh Jesús!» (S. Teresa de Lisieux, Manuscr. autobiogr. 9).
10,25-11,54Esta sección se compone de un conjunto de pasajes en los que el acontecimiento relatado es mínimo, prácticamente es sólo una ocasión para presentar las enseñanzas del Señor. Por eso el conjunto de doctrinas es un tanto heterogéneo: la misericordia, la oración, las señales de Jesús, etc.
10,25-37Jesús alaba y acepta el resumen de la Ley que hace el escriba judío. La contestación es una composición de dos textos del Pentateuco (Dt 6,5; Lv 19,18). Sin embargo, Cristo, con la parábola del buen samaritano, agranda los horizontes de ese amor que se había empequeñecido en un ambiente legalista: el prójimo no es sólo aquél con el que tenemos alguna afinidad –sea de parentesco, de raza, de religión etc.– sino todo aquel que está cerca de nosotros y necesita nuestra ayuda. Con la mención del sacerdote y el levita es posible que el Señor quisiera precisar el alcance de las normas legales. En efecto, según la Ley de Moisés (cfr Lv 21,1-4.11-12; Nm 19,11-22) el contacto con un cadáver hacía contraer la impureza legal. Con la parábola Jesús muestra –y el escriba así lo reconoce– que el cumplimiento de las normas legales nunca puede ahogar la misericordia. Con todo, en el trasfondo de la parábola –no hay que olvidar que Jesús contesta de manera muy distinta a como el doctor de la ley podía esperar– se puede ver que el verdadero prójimo es Jesús mismo que tiene misericordia de nosotros (cfr vv. 36-37).
10,38-42El evangelio nos habla en varias ocasiones (cfr Jn 11,1-45; 12,1-9) de estos tres hermanos –Lázaro, Marta y María– con los que Jesús tenía un trato de amistad. Las palabras de Jesús no son tanto un reproche a Marta como un elogio encendido de la actitud de María que escucha la palabra del Señor: «Aquélla se agitaba, ésta se alimentaba, aquélla disponía muchas cosas, ésta sólo atendía a una. Ambas ocupaciones eran buenas» (S. Agustín, Serm. 103,3). Las palabras de Cristo son así una invitación a ser almas contemplativas en las cosas de cada día: «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de nosotros descubrir (...). No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca» (S. Josemaría Escrivá, Convers. 114).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
