Capítulo 12
VIII. ANUNCIO ESCATOLÓGICO (12,1-14,35)
Varias enseñanzas de Jesús (12,1-12)
1En esto, habiéndose reunido una muchedumbre de miles de personas, hasta atropellarse unos a otros, comenzó a decir sobre todo a sus discípulos: —Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.
2Nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no llegue a saberse.
3Porque cuanto hayáis dicho en la oscuridad será escuchado a la luz; cuanto hayáis hablado al oído bajo techo será pregonado sobre los terrados.
4»A vosotros, amigos míos, os digo: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo y después de esto no pueden hacer nada más.
5Os enseñaré a quién tenéis que temer: temed al que después de dar muerte tiene potestad para arrojar en el infierno. Sí, os digo: temed a éste.
6¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno solo de ellos queda olvidado ante Dios.
7Aún más, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No tengáis miedo: valéis más que muchos pajarillos.
8»Os digo, pues: a todo el que me confiese delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios.
9Pero el que me niegue ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios.
10»A todo el que diga una palabra contra el Hijo del Hombre se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
11»Cuando os lleven a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo defenderos, o qué tenéis que decir,
12porque el Espíritu Santo os enseñará en aquella hora qué es lo que hay que decir.
La parábola del rico insensato (12,13-21)
13Uno de entre la multitud le dijo: —Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.
14Pero él le respondió: —Hombre, ¿quién me ha constituido juez o encargado de repartir entre vosotros?
15Y añadió: —Estad alerta y guardaos de toda avaricia; porque aunque alguien tenga abundancia de bienes, su vida no depende de lo que posee.
16Y les propuso una parábola diciendo: —Las tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto.
17Y se puso a pensar para sus adentros: «¿Qué puedo hacer, ya que no tengo dónde guardar mi cosecha?»
18Y se dijo: «Esto haré: voy a destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes.
19Entonces le diré a mi alma: «Alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien»».
20Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado, ¿para quién será?»
21Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios.
Abandono en la Providencia de Dios (12,22-34)
Mt 6,19-34
22Les dijo a sus discípulos: —Por eso os digo: no estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir.
23Porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido.
24Fijaos en los cuervos: no siembran ni siegan; no tienen despensa ni granero, pero Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que los pájaros!
25¿Quién de vosotros por mucho que cavile puede añadir un codo a su estatura?
26Si no podéis ni lo más pequeño, ¿por qué os preocupáis por las demás cosas?
27Contemplad los lirios, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos.
28Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe!
29Así, vosotros no andéis buscando qué comer o qué beber, y no estéis inquietos.
30Por todas esas cosas se afanan las gentes del mundo. Bien sabe vuestro Padre que estáis necesitados de ellas.
31Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os añadirán.
32»No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino.
33Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde el ladrón no llega ni la polilla corroe.
34Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.
Exhortación a la vigilancia y parábola del administrador (12,35-48)
Mt 24,42-51
35«Tened ceñidas vuestras cinturas y encendidas las lámparas,
36y estad como quienes aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias, para abrirle al instante en cuanto venga y llame.
37Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá.
38Y si viniese en la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos.
39Sabed esto: si el dueño de la casa conociera a qué hora va a llegar el ladrón, no permitiría que se horadase su casa.
40Vosotros estad también preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.
41Y le preguntó Pedro: —Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?
42El Señor respondió: —¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida?
43Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así.
44En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda.
45Pero si ese siervo dijera en sus adentros: «Mi amo tarda en venir», y comenzase a golpear a los criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse,
46llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles.
47El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, recibirá muchos azotes;
48en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, recibirá pocos azotes. A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán.
Jesús como signo de contradicción (12,49-53)
Mt 10,34-36
49»Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?
50Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo!
51¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os digo, sino división.
52Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres,
53se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padr e, la madre contra la hija y la hija contra la madr e, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegr a.
Saber discernir (12,54-59)
Mt 5,25-26; 16,2-3
54Decía a las multitudes: —Cuando veis que sale una nube por el poniente, enseguida decís: «Va a llover», y así sucede.
55Y cuando sopla el sur, decís: «Viene bochorno», y también sucede.
56¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra: entonces, ¿cómo es que no sabéis interpretar este tiempo?
57¿Por qué no sabéis descubrir por vosotros mismos lo que es justo?
58»Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura ponerte de acuerdo con él en el camino, no sea que te obligue a ir al juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel.
59Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo.
Notas de la Facultad de Teología (8)
9,51-19,27Los tres sinópticos mencionan el viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén. Sin embargo, la narración de San Lucas es mucho más extensa –casi diez capítulos– y recoge muchas enseñanzas del Señor que no están presentes en los otros evangelios: la parábola del buen samaritano (10,25-37), las parábolas de la misericordia (15,1-32), la del fariseo y el publicano (18,9-14), la conversión de Zaqueo (19,1-10), etc. Estos pasajes reflejan con claridad los rasgos característicos del tercer evangelio: la misericordia de Dios, la universalidad de la salvación predicada por Jesús, la alegría de la conversión, etc. Al dedicarle tanta extensión a esta subida a Jerusalén Lucas señala de una manera gráfica la importancia de la Ciudad Santa en la historia de la salvación. En efecto, los comienzos de la actividad pública del Señor se realizan en Galilea (4,14-9-50); de ahí va el Señor a Jerusalén a través de Samaría (9,51-19,27), y en Jerusalén se consuma nuestra salvación (19,28-24,53). De modo inverso procederá en su segundo libro, los Hechos de los Apóstoles. Allí contemplamos como germina la Iglesia en Jerusalén (Hch 1,1-7,60 y se expande después a Samaría (8,1-25), y hasta el fin de la tierra (8,26-28,31).
12,1-14,35Esta nueva sección sigue estando presidida por las enseñanzas de Jesús. Sin embargo, ahora el tema principal es el escatológico: las palabras de Cristo son una invitación a la vigilancia y a mirar al reino futuro (12,1-13,9; 13,22-30; 14,15-24). Junto con este motivo aparecen otros muy queridos por San Lucas: la pobreza auténtica, la humildad, etc.
12,1-12El evangelista recoge algunas instrucciones del Señor. Aunque por su contenido parecen dirigidas a los discípulos de Cristo, Lucas advierte que sus oyentes eran «una muchedumbre de miles de personas» (v. 1). Es evidente, por tanto, que las palabras de Jesús se refieren a todos los cristianos sin excepción. El episodio anterior ha concluido con la decisión de los enemigos de Jesús de «acosarle, atacarle y acecharle» (cfr 11,53-54). Cristo previene a sus discípulos diciéndoles que no serán ajenos a una persecución semejante. Por eso les exhorta a ser valientes, apreciando el juicio de Dios y no el de los hombres.
12,13-21En el mismo marco de doctrina que el discurso anterior –valorar las cosas de la tierra con los ojos puestos en el Cielo– Jesús explica ahora el peligro de fijar los horizontes de la vida en las riquezas: «El tener más, lo mismo para los pueblos que para las personas, no es el fin último. Todo crecimiento es ambivalente. Necesario para permitir que el hombre sea más hombre, lo encierra como en una prisión desde el momento en que se convierte en el bien supremo que le impide mirar más allá. (Pablo VI, Popul. progr. 19).
12,22-34Continúa la enseñanza de Jesús acerca de las riquezas y el uso de los bienes del mundo. La clave, la radicalidad de su enseñanza, se concentra en el último versículo: cada uno de nosotros ponemos nuestros afectos, nuestras ilusiones, nuestros impulsos más hondos, nuestro corazón en lo que consideramos nuestro bien más preciado, nuestro tesoro. Por eso, frente al rico insensato del que ha hablado poco antes, que atesoró en vano (cfr 12,20-21), Jesús nos invita a los discípulos a atesorar en el Cielo (v. 33) siendo generosos en la tierra. Del mismo modo nos exhorta a no poner las ilusiones y las preocupaciones en los bienes de la subsistencia, la comida, el vestido, la salud, etc., (vv. 22-30), sino en la consecución del Reino de Dios (v. 31). Esta radicalidad es la misma que la Iglesia hace resonar en su llamada a la santidad: «Todos los cristianos, por tanto, están llamados y obligados a tender a la santidad y a la perfección de su propio estado de vida. Todos, pues, han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto» (C. Vat. II, Lum. gent. 42). Cfr nota a Mt 5,17-48.
12,35-48Ahora Jesús, con dos imágenes, incita a tener una actitud de vigilancia: la cintura ceñida y la lámpara encendida (v. 35). Las amplias vestiduras que usaban los judíos se ceñían a la cintura para realizar algunos trabajos, para viajar, etc., por lo que «tener las cinturas ceñidas» indica un gesto de disponibilidad y de rechazo a cualquier relajamiento (cfr Jr 1,17; Ef 6,14; 1 P 1,13). Del mismo modo, «tener las lámparas encendidas» indica la actitud propia de quien vigila o espera la venida de alguien. Después, el Señor acude a dos comparaciones (vv. 36-40) para señalar cómo debe ser esa espera vigilante ante su venida segura: como el criado espera a su amo, o como el dueño espera al ladrón; ambos saben que el «otro», va a venir y que en ese encuentro se decide su existencia. Ante la pregunta de San Pedro, Jesús introduce la cuestión de la responsabilidad de quienes ocupan algún cargo (vv. 41-48a) y, en general, de todos (v. 48b). El Señor acude incluso a cierta casuística, especificando que no será igual la suerte del fiel (vv. 43-44) que la del cínico (vv. 45-46), ni la del débil (v. 47) será como la del ignorante (v. 48).
12,49-53El fuego expresa frecuentemente en la Biblia (cfr p. ej. Dt 4,24) el amor ardiente de Dios por los hombres. Con esta imagen y con la del Bautismo (cfr nota a Mt 10,16-42) Jesús revela las ansias incontenibles de dar su vida por amor a los hombres y que a ejemplo suyo debemos seguir los cristianos: «¡Oh Jesús..., fortalece nuestras almas, allana el camino y, sobre todo, embriáganos de Amor!: haznos así hogueras vivas, que enciendan la tierra con el divino fuego que Tú trajiste» (S. Josemaría Escrivá, Forja 31). Sin embargo, Jesús sabe que Dios lo ha constituido «signo de contradicción» (cfr 2,34-35) y que esa contradicción afectará asimismo a sus discípulos.
12,54-59En su queja Jesús juega con dos sentidos de la palabra «tiempo»: el meteorológico y el de las etapas de la salvación. Parece como si quienes le conocieron hubieran utilizado un doble tipo de razonamiento: uno, con lógica, para juzgar las cosas terrenas y otro, ilógico, para juzgarle a Él. Los signos que ha mostrado –los milagros, su vida y su doctrina– serían suficientes para confesarle como Mesías. Sin embargo, aquellas gentes no han sabido corresponder.
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
