Capítulo 18
Perseverancia en la oración. Parábola del juez injusto (18,1-8)
1Les proponía una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer,
2diciendo: —Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres.
3También había en aquella ciudad una viuda, que acudía a él diciendo: «Hazme justicia ante mi adversario».
4Y durante mucho tiempo no quiso. Sin embargo, al final se dijo a sí mismo: «Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres,
5como esta viuda está molestándome, le haré justicia, para que no siga viniendo a importunarme».
6Concluyó el Señor: —Prestad atención a lo que dice el juez injusto.
7¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar?
8Os aseguro que les hará justicia sin tardanza. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?
Parábola del fariseo y el publicano (18,9-14)
9Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás:
10—Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano.
11El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano.
12Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo».
13Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador».
14Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado. (Mt 19,13-15; Mc 10,13-16)
Jesús bendice a los niños (18,15-17)
15Le llevaban también niños para que los tomara en sus brazos. Al verlo los discípulos les reñían.
16Pero Jesús llamó a los niños y dijo: —Dejad que los niños vengan conmigo y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios.
17En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él. (Mt 19,16-30; Mc 10,17-31)
El joven rico. Pobreza y entrega cristianas (18,18-30)
18Cierto personaje distinguido le preguntó: —Maestro bueno, ¿qué puedo hacer para heredar la vida eterna?
19Le respondió Jesús: —¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios.
20Ya conoces los mandamientos: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madr e.
21—Todo esto lo he guardado desde la adolescencia –respondió él.
22Después de oírlo le dijo Jesús: —Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme.
23Pero al oír estas cosas se puso triste, porque era muy rico.
24Viéndole entristecerse, dijo Jesús: —¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!
25Porque es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.
26Los que escuchaban dijeron: —¿Entonces quién puede salvarse?
27El respondió: —Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.
28Entonces dijo Pedro: —Ya ves que nosotros hemos dejado nuestras cosas y te hemos seguido.
29Y Jesús les respondió: —Os aseguro que no hay nadie que haya dejado casa, o mujer, o hermanos, o padres, o hijos por causa del Reino de Dios,
30que no reciba mucho más en este mundo y, en el siglo venidero, la vida eterna. (Mt 20,17-19; Mc 10,32-34) 30 Tomando consigo a los doce, les dijo: —Mirad, subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas que han sido escritas por medio de los Profetas acerca del Hijo del Hombre:
Tercer anuncio dela Pasión (18,31-34)
31Después tomando Jesús aparte a los doce apóstoles, les dijo: Ya veis que subimos a Jerusalén, donde se cumplirán todas las cosas que fueron escritas por los profetas acerca del Hijo del hombre; — Torres Amat (1823)
32será entregado a los gentiles y se burlarán de él, será insultado y escupido,
33y, después de azotarlo, lo matarán, y al tercer día resucitará.
34Pero ellos no comprendieron nada de esto: era éste un lenguaje que les resultaba incomprensible, y no entendían las cosas que decía. (Mt 20,29-34; Mc 10,46-52)
Curación del ciego de Jericó (18,35-43)
35Cuando se acercaban a Jericó, un ciego estaba sentado al lado del camino mendigando.
36Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué era aquello.
37Le contestaron: —Es Jesús Nazareno, que pasa.
38Y gritó diciendo: —¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!
39Y los que iban delante le reprendían para que se estuviera callado. Pero él gritaba mucho más: —¡Hijo de David, ten piedad de mí!
40Jesús, parándose, mandó que lo trajeran ante él. Y cuando se acercó, le preguntó:
41—¿Qué quieres que te haga? —Señor, que vea –respondió él.
42Y Jesús le dijo: —Recobra la vista, tu fe te ha salvado.
43Y al instante recobró la vista, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al presenciarlo, alabó a Dios.
18,31 no llegó en el archivo de esta edición y se repone desde Torres Amat (1823).
Notas de la Facultad de Teología (8)
9,51-19,27Los tres sinópticos mencionan el viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén. Sin embargo, la narración de San Lucas es mucho más extensa –casi diez capítulos– y recoge muchas enseñanzas del Señor que no están presentes en los otros evangelios: la parábola del buen samaritano (10,25-37), las parábolas de la misericordia (15,1-32), la del fariseo y el publicano (18,9-14), la conversión de Zaqueo (19,1-10), etc. Estos pasajes reflejan con claridad los rasgos característicos del tercer evangelio: la misericordia de Dios, la universalidad de la salvación predicada por Jesús, la alegría de la conversión, etc. Al dedicarle tanta extensión a esta subida a Jerusalén Lucas señala de una manera gráfica la importancia de la Ciudad Santa en la historia de la salvación. En efecto, los comienzos de la actividad pública del Señor se realizan en Galilea (4,14-9-50); de ahí va el Señor a Jerusalén a través de Samaría (9,51-19,27), y en Jerusalén se consuma nuestra salvación (19,28-24,53). De modo inverso procederá en su segundo libro, los Hechos de los Apóstoles. Allí contemplamos como germina la Iglesia en Jerusalén (Hch 1,1-7,60 y se expande después a Samaría (8,1-25), y hasta el fin de la tierra (8,26-28,31).
16,1-19,27En esta sección aparece de nuevo la heterogeneidad de contenidos propia de la segunda parte del Evangelio de Lucas. El relato sigue con otras parábolas del Señor (16,1-31), aunque ahora su enseñanza versa sobre el sentido y el peligro de las riquezas. Más tarde (18,18-30) Jesús volverá a exponer este motivo con ocasión de la vocación fallida del joven rico y, en sentido positivo, con la conversión de Zaqueo (19,1-10). Otras parábolas (18,1-14) sobre la oración o la humildad tienen su complemento en las sentencias de la mitad de la sección (17,1-10). Finalmente, el anuncio escatológico está presente tanto en el discurso directo del Señor (17,20-37) como en la parábola de las minas (19,11-27). Al final de la sección, el tercer anuncio de la pasión (18,31-34) y la confesión mesiánica del ciego de Jericó (18,38) nos preparan a los lectores para los acontecimientos que enseguida contemplaremos en Jerusalén.
18,1-8La parábola del juez injusto contiene una enseñanza muy expresiva sobre la necesidad y la eficacia de la perseverancia en la oración. Pero el Señor vincula también la eficacia de la oración perseverante a la fe (cfr v. 8): «Creamos, pues, para poder orar. Y para que no decaiga la fe mediante la cual oramos, oremos. De la fe fluye la oración; y la oración que fluye suplica firmeza para la misma fe» (S. Agustín, Serm. 115,1).
18,9-14La oración, el trato con Dios, además de ser perseverante, tiene que ser humilde. Es lo que Jesús nos enseña con esta parábola: «¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde «lo más profundo» (Sal 130,1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla será ensalzado. La humildad es la base de la oración. «Nosotros no sabemos pedir como conviene» (Rm 8,26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios» (CCE 2559).
18,15-17El episodio nos informa de dos cosas: del aprecio de Jesús por los niños (v. 16) y de la necesidad de imitar las disposiciones de éstos para entrar en el Reino de Dios (v. 17): «¿Por qué dice, pues, que los niños son aptos para el Reino de los Cielos? Quizá porque de ordinario no tienen malicia, ni saben engañar, ni se atreven a vengarse; desconocen la lujuria, no apetecen las riquezas y desconocen la ambición. Pero la virtud de todo esto no consiste en el desconocimiento de mal, sino en su repulsa; no consiste en la imposibilidad de pecar sino en no consentir el pecado. Por tanto, el Señor no se refiere a la niñez como tal, sino a la inocencia que tienen los niños en su sencillez» (S. Ambrosio, Exp. Ev. sec. Lc. in loc.).
18,18-30Los tres evangelios sinópticos recuerdan esta doble escena del Señor con aquel hombre rico y con sus discípulos. Lucas es el más sobrio de los tres evangelistas en su narración, pero el que acaba por resaltar los aspectos más significativos de la enseñanza de Cristo. En la frase final de Jesús dirigida a Pedro (vv. 29-30) se encuentra el núcleo de esa enseñanza: quien deja todo por el Reino de Dios recibirá mucho más. De este modo, «la llamada de Jesús, dirigida al joven rico, de seguirle en la obediencia del discípulo, y en la observancia de los preceptos, es relacionada con el llamamiento a la pobreza y a la castidad» (CCE 2053).
18,31-34Éste es el tercer anuncio de Jesús sobre su pasión y resurrección, común a los tres evangelios sinópticos. Lucas es quien ha recogido más anuncios de Jesús (cfr 9,22.44; 12,50; 13,32; 17,25), y es también quien señala la gran dificultad de los discípulos para entender aquellas palabras del Señor (v. 34). No nos puede extrañar la falta de comprensión de los discípulos. El dolor sólo se entiende a la luz de Cristo, que «padeciendo por nosotros, no sólo nos dio ejemplo para que sigamos sus huellas, sino que también instauró el camino con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido» (C. Vat. II. Gaud. et sp. 22).
18,35-43Lucas parece que esté evocando el relato del mismo ciego. En efecto, éste percibe el movimiento de la gente y pregunta qué pasa (v. 36). Cuando oye que es Jesús, su plegaria se vuelve acuciante (vv. 37-39): «Temo que Jesús pase y no vuelva» (cfr S. Agustín, Serm. 88,13). Pero con su fe consigue su curación y provoca la alabanza a Dios de todo el pueblo (v. 43).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
