Mateo

Capítulo 10

V. DEL ANTIGUO AL NUEVO PUEBLO DE DIOS (10,1-12,50)

Elección de los Doce Apóstoles (10,1-4)

1Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias.

2Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan;

3Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo;

4Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó. (Mc 6,6-13; Lc 9,1-6)

Primera misión de los Apóstoles (10,5-15)

5A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones: —No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos;

6sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

7Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca».

8Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.

9No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras bolsas,

10ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento.

11»En cualquier ciudad o aldea en que entréis, informaos sobre quién hay en ella que sea digno; y quedaos allí hasta que os vayáis.

12Al entrar en una casa dadle vuestro saludo.

13Si la casa fuera digna, venga vuestra paz sobre ella; pero si no fuera digna, que vuestra paz vuelva a vosotros.

14Si alguien no os acoge ni escucha vuestras palabras, al salir de aquella casa o ciudad, sacudíos el polvo de los pies.

15En verdad os digo que en el día del Juicio la tierra de Sodoma y Gomorra será tratada con menos rigor que esa ciudad. (Mc 13,9-13; Lc 12,1-12.49-53; 21,12-17)

Instrucciones de Jesús para la misión apostólica (10,16-42)

16»Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Por eso, sed sagaces como las serpientes y sencillos como las palomas.

17Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas,

18y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles.

19Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué debéis decir; porque en aquel momento se os comunicará lo que vais a decir.

20Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino que será el Espíritu de vuestro Padre quien hable en vosotros.

21Entonces el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres para hacerles morir.

22Y todos os odiarán a causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése se salvará.

23Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra; en verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del Hombre.

24»No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su señor.

25Al discípulo le basta llegar a ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al amo de la casa le han llamado Beelzebul, cuánto más a los de su misma casa.

26No les tengáis miedo, porque nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse.

27Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; y lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde los terrados.

28No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno.

29¿No se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre.

30En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados.

31Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.

32»A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.

33Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

34»No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada.

35Porque he venido a enfrentar al hombre contra su padr e, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegr a.

36Y los enemigos del hombre serán los de su misma cas a.

37»Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

38Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

39Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará.

40»Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

41Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo.

Lc 7,18-30

42Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por el hecho de ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.

Notas de la Facultad de Teología (5)

4,11-16,20Comienza el ministerio en Galilea. Jesús proclama, con palabras y obras, que el Reino de Dios ha llegado. En primer lugar, llama a sus discípulos y convoca al nuevo Pueblo de Dios (4,12-25). A continuación, como supremo Maestro, Legislador y Profeta, promulga la Nueva Ley del Reino en el Discurso de la Montaña (5,1-7,29). Su enseñanza queda avalada por «las obras del Mesías», los milagros que confirman su autoridad (8,1-9,38). El envío de los Apóstoles (10,1-42) y las acciones (11,1-12,50) y palabras (13,1-52) de Jesús señalan que es más que un Maestro: es el Mesías de Israel. Los dirigentes religiosos del pueblo escogido (11,16-12,45) se obstinan en rechazarlo, pero los signos son tan evidentes (14,13-15,39) que San Pedro le confiesa como lo que verdaderamente es: el Mesías, Hijo de Dios (1 6,13-20).

10,1-12,50En esta sección el evangelista presenta la confrontación que se da entre Jesús y los discípulos de un lado, y los judíos incrédulos de otro. Es el paso del antiguo al nuevo Pueblo de Dios. Comienza con el segundo de los cinco grandes discursos del Señor que se contienen en el evangelio, y que se suele denominar Discurso de la Misión (10,1-42). Jesús prepara a sus Doce Apóstoles y les instruye para su misión, labor que será continuada por la Iglesia a lo largo de los tiempos. Pero frente a la proclamación de Jesús como Mesías, los dirigentes religiosos del pueblo escogido se obstinan, cada vez más, en rechazarlo (11,16-12,50).

10,1-4Jesús, para llevar adelante en el futuro el Reino de Dios que inaugura, funda un nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, y para ello elige, da poderes e instruye a los Doce Apóstoles, que suceden y sustituyen a los antiguos doce patriarcas de las doce tribus de Israel y que son el germen de su Iglesia. «Los envió, en primer lugar, a los hijos de Israel y luego a todos los pueblos para que, participando de su potestad, hicieran a todos los pueblos sus discípulos, los santificaran y los gobernaran, y así extendieran la Iglesia y estuvieran al servicio de ella como pastores bajo la dirección del Señor, todos los días hasta el fin del mundo» (C. Vat. II, Lum. gent. 19).

10,5-15Según el designio divino de salvación, al pueblo hebreo fueron hechas las promesas, conferida la Alianza, dada la Ley y enviados los Profetas. De este pueblo, según la carne, nacería el Mesías. Se comprende que el Mesías y el Reino de Dios debían ser anunciados en primer lugar a la casa de Israel y sólo después a los no judíos, ya que el pueblo de Israel era el medio por el que todos los demás podrían encontrarse de nuevo con Dios. Los poderes mencionados en el v. 8 son precisamente la señal anunciada por los Profetas acerca del Reino de Dios o reino mesiánico. Primeramente (8,1-9,38) estos poderes los ejerce Jesucristo; ahora se los da a sus discípulos para mostrar que esa misión es divina (cfr Is 35,5-6; 40,9; 52,7;61,1). La paz que deben llevar los Apóstoles (vv. 11-15) es la manifestación de la bendición de Dios que los discípulos de Jesús, como enviados suyos, derraman sobre quienes les acogen.

10,16-42Se recopilan aquí un conjunto de instrucciones y advertencias sobre el modo de llevar a cabo la propagación del Evangelio. Estas palabras se refieren no sólo a los Apóstoles, sino a todos los discípulos de Cristo que en el desempeño de su misión habrán de sufrir contradicciones y persecuciones como Él mismo las padeció, pues «no está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su señor» (v. 24). Jesús se designó a sí mismo como Hijo del Hombre (v. 23) indicando que Él es el juez que, al final del mundo, juzgará a todas las criaturas humanas (cfr 25,31). Es probable que la venida a la que aquí se refiere el evangelio esté aludiendo a la destrucción de Jerusalén y del Templo en el año 70, considerando estos acontecimientos como un signo anticipado de lo que será el castigo final para quienes rechacen a Cristo y a su Evangelio. En cualquier caso, el texto afirma que la tarea de predicar el Evangelio durará mientras dure la historia. En los vv. 28-31, de nuevo Jesucristo enseña la paternal Providencia de Dios, de la que habló extensamente en el Discurso de la Montaña (cfr 6,19-34). Ahora lo hace en el contexto de las persecuciones que esperan a sus discípulos, pero a las que no hemos de temer. «Si los pajarillos que son de tan bajo precio, no dejan de estar bajo providencia y cuidado de Dios, ¿cómo vosotros, que por la naturaleza de vuestra alma sois eternos, podréis temer que no os mire con particular cuidado Aquél a quien respetáis como a vuestro Padre?. (S. Jerónimo, en Cat. aurea in loc.). Finalmente, añade dos normas claves de la conducta cristiana: radicalidad, esto es, exigencias en el seguimiento (vv. 37-39), e identificación del discípulo con el maestro (vv. 40-42).

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Mateo 10 — Parroquia Jesús Obrero