Capítulo 9
Curación de un paralítico (9,1-8)
1Subió a una barca, cruzó de nuevo el mar y llegó a su ciudad.
2Entonces, le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: —Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.
3Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: «Éste blasfema».
4Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo: —¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?
5¿Qué es más fácil decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate, y anda»?
6Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados –se dirigió entonces al paralítico–, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
7Él se levantó y se fue a su casa.
8Al ver esto, la gente se atemorizó y glorificó a Dios por haber dado tal potestad a los hombres. (Mc 2,13-17; Lc 5,27-32)
9Al marchar Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo: —Sígueme. Él se levantó y le siguió.
10Ya en la casa, estando a la mesa, vinieron muchos publicanos y pecadores y se sentaron también con Jesús y sus discípulos.
11Los fariseos, al ver esto, empezaron a decir a sus discípulos: —¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?
12Pero él lo oyó y dijo: —No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.
13Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrifici o; porque no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. (Mc 2,18-22; Lc 5,33-39)
Cuestión sobre el ayuno (9,14-17)
14Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle: —¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan?
15Jesús les respondió: —¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán.
16»Nadie pone un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo, porque lo añadido tira del vestido y se produce un desgarrón peor.
17Ni se echa vino nuevo en odres viejos; porque entonces los odres revientan, y el vino se derrama, y los odres se pierden. El vino nuevo lo echan en odres nuevos y así los dos se conservan. (Mc 5,21-43; Lc 8,40-56)
Resurrección de la hija de Jairo y curación de la hemorroísa (9,18-26)
18Mientras les decía estas cosas, un hombre importante se acercó, se postró ante él y le dijo: —Mi hija se acaba de morir, pero ven, pon la mano sobre ella y vivirá.
19Jesús se levantó y le siguió con sus discípulos.
20En esto, una mujer que padecía flujo de sangre hacía doce años, acercándose por detrás, tocó el borde de su manto,
21porque se decía a sí misma: «Con sólo tocar su manto me curaré».
22Jesús se volvió y mirándola le dijo: —Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado. Y desde ese mismo momento quedó curada la mujer.
23Cuando llegó Jesús a la casa de aquel hombre y vio a los músicos fúnebres y a la gente alterada, comenzó a decir:
24—Retiraos; la niña no ha muerto, sino que duerme. Pero se reían de él.
25Y, cuando echaron de allí a la gente, entró, la tomó de la mano y la niña se levantó. Curación de dos ciegos
26Y se divulgó el suceso por todo aquel país. — Torres Amat (1823)
El demonio mudo (9,27-34)
Lc 11,14-15
27Al marcharse Jesús de allí, le siguieron dos ciegos diciendo a gritos: —¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!
28Cuando llegó a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo: —¿Creéis que puedo hacer eso? —Sí, Señor –le respondieron.
29Entonces les tocó los ojos diciendo: —Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe.
30Y se les abrieron los ojos. Pero Jesús les ordenó severamente: —Mirad que nadie lo sepa.
31Ellos, en cambio, en cuanto salieron divulgaron la noticia por toda aquella comarca.
32Nada más irse, le trajeron un endemoniado mudo.
33Después de expulsar al demonio habló el mudo. Y la multitud se quedó admirada diciendo: —Jamás se ha visto cosa igual en Israel.
34Pero los fariseos decían: —Expulsa los demonios por el príncipe de los demonios. (Mc 6,34; Lc 10,2)
Necesidad de buenos pastores (9,35-38)
35Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
36Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pasto r.
37Entonces les dijo a sus discípulos: —La mies es mucha, pero los obreros pocos.
38Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. (Mc 3,13-19; Lc 6,12-16)
9,26 no llegó en el archivo de esta edición y se repone desde Torres Amat (1823).
Notas de la Facultad de Teología (8)
4,11-16,20Comienza el ministerio en Galilea. Jesús proclama, con palabras y obras, que el Reino de Dios ha llegado. En primer lugar, llama a sus discípulos y convoca al nuevo Pueblo de Dios (4,12-25). A continuación, como supremo Maestro, Legislador y Profeta, promulga la Nueva Ley del Reino en el Discurso de la Montaña (5,1-7,29). Su enseñanza queda avalada por «las obras del Mesías», los milagros que confirman su autoridad (8,1-9,38). El envío de los Apóstoles (10,1-42) y las acciones (11,1-12,50) y palabras (13,1-52) de Jesús señalan que es más que un Maestro: es el Mesías de Israel. Los dirigentes religiosos del pueblo escogido (11,16-12,45) se obstinan en rechazarlo, pero los signos son tan evidentes (14,13-15,39) que San Pedro le confiesa como lo que verdaderamente es: el Mesías, Hijo de Dios (1 6,13-20).
8,1-9,38En la anterior sección (5,1-7,29) Jesús aparecía como supremo legislador y doctor. Ahora se presenta dotado también de poder divino sobre las enfermedades, la muerte, los elementos de la naturaleza y los malos espíritus. Tales milagros obrados por Jesús acreditan la autoridad divina de su enseñanza y su divinidad.
9,1-8Al curar al paralítico con sólo su palabra, Jesús hace ver a los que murmuraban que, puesto que él tiene potestad para curar los efectos del pecado (la enfermedad), tiene también poder para curar la causa, esto es, el pecado, y que por consiguiente tiene potestad divina. De esa potestad hizo el Señor partícipes a sus Apóstoles y a sus sucesores, es decir, a los obispos y a sus colaboradores, los presbíteros (cfr Jn 20,22).
9,9-13Jesús llama a los que quiere sin tener en cuenta las distinciones que hacían los fariseos. Ahora llama a un publicano, el mismo que Marcos y Lucas denominan Leví (cfr Mc 2,14; Lc 5,27) y que la tradición identifica con el autor de este primer evangelio. Esta actitud de Jesús fue causa de escándalo para muchos (Lc 5,22). Pero Jesús, por medio de las palabras del profeta Oseas, identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo hacia ellos.
9,14-17La enseñanza de estos versículos ilumina el gesto de Jesús de llamar a los pecadores. Jesús trae un modo nuevo de relación con Dios que implica una regeneración total. Su espíritu es demasiado nuevo y pujante para ser amoldado a las viejas formas, cuya vigencia caducaba.
9,18-26En estos dos milagros se muestra, una vez más, la necesidad de la fe para recibir las acciones salvadoras de Jesús: en el caso de la mujer, una fe que vence los obstáculos, aunque se expresa tímidamente; en el caso de aquel hombre relevante en la ciudad, humillándose visiblemente ante Jesús, y pidiéndole abiertamente su intervención.
9,27-34La fe de aquellos ciegos les lleva a seguir a Jesús a pesar de la incapacidad que sufrían. Y esa fe operativa obtiene su recompensa. El evangelista deja ya constancia de cómo se dividen las opiniones ante Jesús: quienes con sencillez de corazón reconocen su poder único, y quienes con argumentos retorcidos malinterpretan los signos que realiza.
9,35-38Con la narración del Discurso de la Montaña y de los milagros de Jesús, el evangelista ha mostrado cómo, en efecto, Jesús realizó el programa que se condensa en el v. 35 y que se anunciaba en 4,23. Un programa que se desarrollará en ámbito universal y a lo largo de la historia, mediante los Apóstoles enviados a trabajar en el campo del Señor. Jesús se conmueve al ver al pueblo; en la situación de su tiempo ve cumplida la profecía de Ez 34, en la que Dios, por medio del profeta, increpa a los malos pastores de Israel, en sustitución de los cuales enviará al Mesías. Las palabras del evangelista dejan entrever la profundidad de los sentimientos del corazón de Jesús: «Este Corazón divino es abismo que atesora todo bien; y se precisa que en él vacíen los pobres todas sus necesidades. Es abismo de gozo en que sumergir todos nuestros pesares; es abismo de humildad, remedio de nuestro engreimiento. Es abismo de misericordia para los desgraciados y abismo de amor en que sumergir nuestra pobreza» (S. Margarita María de Alacoque, Epist. en Lit. Horas, Of. lect. 16-X).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
