Capítulo 12
Cuestión sobre el sábado (12,1-14)
1En aquel tiempo pasaba Jesús un sábado por entre unos sembrados; sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas y a comer.
2Los fariseos, al verlo, le dijeron: —Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer el sábado.
3Pero él les respondió: —¿No habéis leído lo que hizo David y los que le acompañaban cuando tuvieron hambre?
4¿Cómo entró en la Casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que le acompañaban, sino sólo a los sacerdotes?
5¿Y no habéis leído en la Ley que, los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan?
6Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo.
7Si hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrifici o, no habríais condenado a los inocentes.
8Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado. Curación del hombre de la mano seca (Mc 3,1-6; Lc 6,6-11)
9Cuando salió de allí, entró en su sinagoga
10donde había un hombre que tenía una mano seca. Y le interrogaban para acusarle: —¿Es lícito curar en sábado?
11Él les respondió: —¿Quién de vosotros, si tiene una oveja, y el sábado se le cae dentro de un hoyo, no la agarra y la saca?
12Pues cuánto más vale un hombre que una oveja. Por tanto, es lícito hacer el bien en sábado.
13Entonces le dijo al hombre: —Extiende tu mano. Y la extendió y quedó sana como la otra.
14Al salir, los fariseos se pusieron de acuerdo contra él, para ver cómo perderle.
Jesús, Siervo de Dios (12,15-21)
15Jesús, sabiéndolo, se alejó de allí, y le siguieron muchos y los curó a todos,
16y les ordenó que no le descubriesen,
17para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
18Aquí está mi Siervo, a quien eleg í, mi amado, en quien se complace mi alm a. Pondré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las nacione s.
19No disputará ni gritar á, nadie oirá su voz en las plaza s.
20No quebrará la caña cascad a, ni apagará la mecha humeant e, hasta que haga triunfar la justici a.
21Y en su nombre pondrán su esperanza las nacione s. Calumnia de los fariseos (Mc 3,22-30; Lc 6,43-45; 11,14-26)
Pecado contra el Espíritu Santo (12,22-37)
22Entonces le trajeron un endemoniado ciego y mudo. Y lo curó, de manera que el mudo hablaba y veía.
23Y toda la multitud se asombraba y decía: —¿No será éste el Hijo de David?
24Pero los fariseos, al oírlo, dijeron: —Éste no expulsa los demonios sino por Beelzebul, el príncipe de los demonios.
25Jesús, que conocía sus pensamientos, les replicó: —Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no se sostendrá.
26Si Satanás expulsa a Satanás, está dividido contra sí mismo. ¿Cómo entonces se sostendrá su reino?
27Y si yo expulso los demonios por Beelzebul, vuestros hijos ¿por quién los expulsan? Por eso, ellos serán vuestros jueces.
28Pero si yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.
29¿Cómo puede alguien entrar en la casa de uno que es fuerte y arrebatarle sus bienes, si antes no ata al que es fuerte? Sólo entonces podrá arrebatarle su casa.
30El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.
31»Por lo tanto, os digo que todo pecado y blasfemia se les perdonará a los hombres; pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada.
32A cualquiera que diga una palabra contra el Hijo del Hombre se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero.
33»O hacéis bueno el árbol y bueno su fruto, o hacéis malo el árbol y malo su fruto; porque por el fruto se conoce el árbol.
34Raza de víboras, ¿cómo podéis decir cosas buenas, siendo malos? Pues de la abundancia del corazón habla la boca.
35El hombre bueno saca del buen tesoro cosas buenas, pero el hombre malo saca del tesoro malo cosas malas.
36Os digo que de toda palabra vana que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio.
37Por tus palabras, pues, serás justificado, y por tus palabras serás condenado.
La señal de Jonás (12,38-45)
Lc 11,24-26.29-32
38Entonces algunos escribas y fariseos se dirigieron a él: —Maestro, queremos ver de ti una señal.
39Él les respondió: —Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le dará otra señal que la del profeta Jonás.
40Igual que estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noche s, así estará el Hijo del Hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches.
41Los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la condenarán: porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás.
42La reina del Sur se levantará contra esta generación en el Juicio y la condenará: porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Salomón.
43»Cuando el espíritu impuro ha salido de un hombre, vaga por lugares áridos en busca de descanso, pero no lo encuentra.
44Entonces dice: «Volveré a mi casa, de donde salí». Y al llegar la encuentra desocupada, bien barrida y en orden.
45Entonces va, toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrando se instalan allí, con lo que la situación final de aquel hombre resulta peor que la primera. Lo mismo le ocurrirá a esta generación perversa. (Mc 3,31-35; Lc 8,19-21)
El verdadero parentesco con Jesús (12,46-50)
46Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él.
47Alguien le dijo entonces: —Mira, tu madre y tus hermanos están ahí fuera intentando hablar contigo.
48Pero él respondió al que se lo decía: —¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?
49Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: —Éstos son mi madre y mis hermanos.
50Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre. (Mc 4,1-20; Lc 8,4-15)
Notas de la Facultad de Teología (7)
4,11-16,20Comienza el ministerio en Galilea. Jesús proclama, con palabras y obras, que el Reino de Dios ha llegado. En primer lugar, llama a sus discípulos y convoca al nuevo Pueblo de Dios (4,12-25). A continuación, como supremo Maestro, Legislador y Profeta, promulga la Nueva Ley del Reino en el Discurso de la Montaña (5,1-7,29). Su enseñanza queda avalada por «las obras del Mesías», los milagros que confirman su autoridad (8,1-9,38). El envío de los Apóstoles (10,1-42) y las acciones (11,1-12,50) y palabras (13,1-52) de Jesús señalan que es más que un Maestro: es el Mesías de Israel. Los dirigentes religiosos del pueblo escogido (11,16-12,45) se obstinan en rechazarlo, pero los signos son tan evidentes (14,13-15,39) que San Pedro le confiesa como lo que verdaderamente es: el Mesías, Hijo de Dios (1 6,13-20).
10,1-12,50En esta sección el evangelista presenta la confrontación que se da entre Jesús y los discípulos de un lado, y los judíos incrédulos de otro. Es el paso del antiguo al nuevo Pueblo de Dios. Comienza con el segundo de los cinco grandes discursos del Señor que se contienen en el evangelio, y que se suele denominar Discurso de la Misión (10,1-42). Jesús prepara a sus Doce Apóstoles y les instruye para su misión, labor que será continuada por la Iglesia a lo largo de los tiempos. Pero frente a la proclamación de Jesús como Mesías, los dirigentes religiosos del pueblo escogido se obstinan, cada vez más, en rechazarlo (11,16-12,50).
12,1-14Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos de los fariseos que no recibían su doctrina a pesar de estar garantizada por los milagros que la acompañaban. Esto ocurre respecto del sábado. Dios lo instituyó, y mandó que el pueblo judío se abstuviera de ciertos trabajos en ese día para poder dedicarse con más holgura a honrar a Dios. Con el paso del tiempo se fue complicando el precepto divino hasta el punto de que en la época de Jesús existía una clasificación de 39 especies de trabajos prohibidos. Jesús enseña frecuentemente que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio a Dios o al prójimo, y rebate la acusación de los fariseos con cuatro razones: el ejemplo de David, el de los sacerdotes, el sentido de la misericordia divina y el señorío del propio Jesús sobre el sábado. Finalmente, con el milagro corrobora su enseñanza.
12,15-21Con la cita del profeta Isaías (vv. 18-21) el evangelista da la clave doctrinal de los capítulos 11 y 12, en los que aparece el endurecimiento y rechazo de los dirigentes de Israel: en Jesús se cumple la profecía del Siervo doliente, cuyo magisterio amable y discreto había de traer al mundo la luz de la verdad. La misión de Jesús como Siervo doliente, que había comenzado con el Bautismo en el Jordán (3,17), vuelve a mostrarla San Mateo al narrar la oposición que Jesús encuentra entre los fariseos, y volverá a señalarla de manera especial en su pasión y muerte (cfr 27,30).
12,22-37Jesús rechaza la acusación de los fariseos malintencionados (v. 24) señalando que las expulsiones de demonios que realiza son prueba de que ha comenzado el Reino de Dios y de que Satanás va siendo arrojado de sus dominios. Las palabras del v. 30 resumen toda su argumentación: o se está con Él o se está con el demonio. Una exigencia tan absoluta sólo puede mostrar la identidad divina de su persona. El pecado contra el Espíritu Santo (v. 32) «no consiste en el hecho de ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, por el contrario, en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz (...); la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el hombre, que reivindica un pretendido «derecho a perseverar en el mal» –en cualquier pecado– y rechaza así la Redención» (Juan Pablo II, Dom. et Viv. 46). En este sentido se dice que es irremisible.
12,38-45A raíz de la señal que le piden, quizá un milagro u otra acción prodigiosa para confirmar su poder, Jesús contesta anunciando su muerte y resurrección, comparándose con el profeta Jonás. Con este parangón muestra que Él mismo es la «señal» por excelencia, la prueba decisiva del carácter divino de su persona, de su misión y de su doctrina. Los ninivitas hicieron penitencia porque reconocieron al profeta Jonás y aceptaron su mensaje. Jesús es más que Jonás. Y también es más que Salomón en quien la tradición de Israel veía al hombre sabio por excelencia. La reina del Sur, la Reina de Saba, al sur de Arabia, visitó a Salomón (1 R 10,1-13) y quedó maravillada de la sabiduría que Dios le había infundido. Tanto los ninivitas como la reina pagana afrentarán a los judíos que no se convierten ni buscan la verdad. El rechazo de Jesús por parte de aquellos judíos da pie a una advertencia grave: si siguen rechazando la luz, su último estado será peor que el primero.
12,46-50Quienes aceptan a Jesús y hacen la voluntad de Dios Padre son considerados por Él como de su propia familia. «Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir» (CCE 2233). La expresión «hermanos» de Jesús se refiere a sus parientes. En los idiomas antiguos, hebreo, arameo, árabe, etc., era normal que se utilizara este término para indicar a los pertenecientes a una misma familia, clan, o incluso tribu. Siempre la Iglesia ha profesado con plena certeza que Jesucristo no ha tenido hermanos de sangre en sentido propio: es el dogma de la perpetua virginidad de María (cfr ibid. 500).
Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).
