Mateo

Capítulo 8

IV. LOS MILAGROS DEL MESÍAS (8,1-9,38)

Curación de un leproso (8,1-4)

1Al bajar del monte le seguía una gran multitud.

2En esto, se le acercó un leproso, se postró ante él y dijo: —Señor, si quieres, puedes limpiarme.

3Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: —Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra.

4Entonces le dijo Jesús: —Mira, no lo digas a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio. (Lc 7,1-10; Jn 4,46-54)

La fe del centurión (8,5-13)

5AI entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó:

6—Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes.

7Jesús le dijo: —Yo iré y le curaré.

8Pero el centurión le respondió: —Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.

9Pues también yo soy un hombre que se encuentra bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes. Le digo a uno: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi siervo: «Haz esto», y lo hace.

10Al oírlo Jesús se admiró y les dijo a los que le seguían: —En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande.

11Y os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos,

12mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas de afuera: allí habrá llanto y rechinar de dientes.

13Y le dijo Jesús al centurión: —Vete y que se haga conforme has creído. Y en aquel momento quedó sano el criado. (Mc 1,29-31; Lc 4,38-39)

Curación de la suegra de Pedro (8,14-17)

14Al llegar Jesús a casa de Pedro vio a la suegra de éste en cama, con fiebre.

15La tomó de la mano y le desapareció la fiebre; entonces ella se levantó y se puso a servirle. Otras curaciones (Mc 1,32-34; Lc 4,40-41)

16Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; expulsó a los espíritus con su palabra y curó a todos los enfermos,

17para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedade s.

Exigencias para el que sigue a Jesús (8,18-22)

Lc 9,57-62

18Al ver Jesús a la multitud que estaba a su alrededor, ordenó marchar a la otra orilla.

19Y se le acercó un escriba: —Maestro, te seguiré adonde vayas –le dijo.

20Jesús le contestó: —Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.

21Otro de sus discípulos le dijo: —Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.

22—Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos –le respondió Jesús. (Mc 4,35-41; Lc 8,22-25)

La tempestad calmada (8,23-27)

23Se subió después a una barca, y le siguieron sus discípulos.

24De repente se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía.

25Se le acercaron para despertarle diciendo: —¡Señor, sálvanos, que perecemos!

26Jesús les respondió: —¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe? Entonces, puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma.

27Los hombres se asombraron y dijeron: —¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen? (Mc 5,1-20; Lc 8,26-39)

Los endemoniados de Gadara (8,28-34)

28Al llegar a la orilla opuesta, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados, que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie podía transitar por aquel camino.

29Y en esto, se pusieron a gritar diciendo: —¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos?

30Había no lejos de ellos una gran piara de cerdos paciendo.

31Los demonios le suplicaban: —Si nos expulsas, envíanos a la piara de cerdos.

32Les respondió: —Id. Y ellos salieron y entraron en los cerdos. Entonces toda la piara se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua.

33Los porqueros huyeron y, al llegar a la ciudad, contaron todas estas cosas, y lo sucedido a los endemoniados.

34Así que toda la ciudad vino al encuentro de Jesús y, cuando le vieron, le rogaron que se alejara de su región. (Mc 2,1-12; Lc 5,17-26)

Notas de la Facultad de Teología (8)

4,11-16,20Comienza el ministerio en Galilea. Jesús proclama, con palabras y obras, que el Reino de Dios ha llegado. En primer lugar, llama a sus discípulos y convoca al nuevo Pueblo de Dios (4,12-25). A continuación, como supremo Maestro, Legislador y Profeta, promulga la Nueva Ley del Reino en el Discurso de la Montaña (5,1-7,29). Su enseñanza queda avalada por «las obras del Mesías», los milagros que confirman su autoridad (8,1-9,38). El envío de los Apóstoles (10,1-42) y las acciones (11,1-12,50) y palabras (13,1-52) de Jesús señalan que es más que un Maestro: es el Mesías de Israel. Los dirigentes religiosos del pueblo escogido (11,16-12,45) se obstinan en rechazarlo, pero los signos son tan evidentes (14,13-15,39) que San Pedro le confiesa como lo que verdaderamente es: el Mesías, Hijo de Dios (1 6,13-20).

8,1-9,38En la anterior sección (5,1-7,29) Jesús aparecía como supremo legislador y doctor. Ahora se presenta dotado también de poder divino sobre las enfermedades, la muerte, los elementos de la naturaleza y los malos espíritus. Tales milagros obrados por Jesús acreditan la autoridad divina de su enseñanza y su divinidad.

8,1-4El evangelio subraya, por tercera vez (cfr 4,23; 5,1), el seguimiento de las gentes a Jesús. Así queda constancia de la popularidad que había alcanzado. En esta curación destaca la fe del leproso en el poder de Jesús y cómo Jesús no busca su propia fama. Queda manifiesto que el Señor respeta lo establecido por la Ley: si un leproso se curaba de su enfermedad debía presentarse ante el sacerdote, quien constataba la curación y extendía el certificado para que el anteriormente enfermo pudiera reintegrarse a la vida civil y religiosa de Israel (cfr Lv 14).

8,5-13El que un judío entrara en casa de un gentil llevaba consigo contraer impureza legal (cfr Jn 18,28; Hch 11,2-3 [Mishna]). De ahí la delicadeza y la fe del centurión en su ruego al Señor (vv. 8-10). Jesús aprovecha este encuentro con un creyente gentil para hacer la solemne profecía del destino universal del Evangelio. «Cuanto más cerca está de Dios el apóstol, se siente más universal: se agranda el corazón para que quepan todos y todo en los deseos de poner el universo a los pies de Jesús» (S. Josemaría Escrivá, Camino 764).

8,14-17San Mateo ofrece aquí la verdadera interpretación de los milagros de Jesús a la luz de la profecía de Isaías. «Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8,17; cfr Is 53,4). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua» (CCE 1505).

8,18-22Jesús, que actúa con poder curando las enfermedades, es al mismo tiempo el Mesías humilde, desechado por los de su propio pueblo. Quien quiera estar con Él tiene que «seguirle». Seguir a Jesús es ser su discípulo (cfr 19,21). Ocasionalmente las multitudes «le siguen» (4,25; 8,1; 20,29, etc.). Pero los verdaderos discípulos son «los que le siguen» de modo permanente, siempre. Este seguimiento conlleva las exigencias de desprendimiento y entrega que vivió el Señor.

8,23-27Jesús tiene poder no sólo sobre las enfermedades, sino sobre los elementos de la naturaleza. Es el Hijo de Dios. En el «evangelio eclesiástico», como a veces se denomina al Evangelio de Mateo, la barca es imagen de la Iglesia. La fe que nace de los discípulos al ver el milagro continúa en la Iglesia. La Iglesia, en la que está presente Cristo, es instrumento universal de salvación. «Las olas baten contra ella, pero se mantiene firme y, aunque con frecuencia los elementos de este mundo choquen con gran fragor, ella ofrece a los agobiados el seguro puerto de salvación» (S. Ambrosio, Epist. 2,1).

8,28-34Jesús tiene potestad sobre los demonios y fuerzas diabólicas. Éstos pueden actuar en el hombre, y también, si Dios así lo permite, en otras criaturas que llevan al hombre a oponerse a Dios. Los judíos consideraban a los cerdos animales impuros –el hecho ocurre en tierras de gentiles– cuya carne no podía comerse (cfr Dt 14,8), por lo que, en este pasaje la sanación del poseso y la muerte de los cerdos expresan la victoria completa de Jesús sobre el demonio.

Sagrada Biblia, traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra — © Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA).

Mateo 8 — Parroquia Jesús Obrero